Discurso del Director Virgilio Levaggi con motivo de "Latin HR Summit 2015"

13 de julio de 2015

Discurso del Señor Virgilio Levaggi
Director de la Oficina y del Equipo de Trabajo Decente de la OIT para América Central, Haití, Panamá y República Dominicana
En ocasión de “Latin HR Summit 2015”
Ciudad de Panamá, 28 de mayo de 2015.

1. Una de las razones por las que me interesó participar en este evento fue la oportunidad para reflexionar con profesionales en recursos humanos sobre la centralidad que la buena gestión de dichos recursos tiene no sólo para sus empresas sino también para las sociedades en que dichas empresas operan.

Sin lugar a dudas la adecuada gestión de los recursos humanos es crucial para conseguir mejores prácticas laborales; pero ¿cómo se logra esto en sociedades con alta informalidad? ¿Creando islas de formalidad? ¿Es esto posible? Todos sabemos que las fronteras entre economía formal e informalidad son muy porosas.

Cuestiones como la honestidad y la integridad de los trabajadores de una empresa son desafíos que se presentan en los países latinoamericanos, dado los niveles de corrupción pública y privada que tenemos y la amenaza de la infiltración del narcotráfico en realidades tan diversas como el poder judicial, para conseguir impunidad, o las empresas, para blanquear dinero.

A veces da la impresión que los profesionales en recursos humanos, no obstante estar obligados a ver fuera de sus empresas -para captar talento, por ejemplo- se tienen que concentrar en la mirada ad intra; no obstante la importancia que el empleo y los temas ligados a él tienen para la política, la economía y la sociedad.

Por ejemplo ¿cuál debe ser el tratamiento de trabajadores migrantes en países como los latinoamericanos que requieren mano de obra calificada para el desempeño de labores con la que no cuentan con suficientes nacionales? Hoy la migración, en las Américas tiene apellido: se trata de migración laboral. Los latinoamericanos nos vamos a otros países para conseguir las oportunidades de progreso que no encontramos en los nuestros. Esto es un serio déficit en el campo de vuestra experiencia profesional.

En la actualidad, a nivel mundial, las encuestas de opinión pública marcan dos preocupaciones principales para los entrevistados: la falta de trabajo y la inseguridad ciudadana. América Latina no es una excepción. Más aún ambas preocupaciones han sido las más importantes de nuestras sociedades desde hace, por lo menos, tres lustros.

2. Cuando vimos la película "Capitán Philipps" nos encontramos, de golpe, con que los piratas -que pensábamos una especie extinguida como los dinosaurios- existían y su actividad estaba muy vigente.

Ocurre lo mismo con los esclavos. Hombres y mujeres obligados a trabajar han sido encontrados en ciudades como Nueva York o Buenos Aires.

Hoy, los informativos nos muestran, casi a diario, personas que son víctimas de traficantes que les cobran por abandonar sus países de nacimiento y trasladarlos a otros para buscar oportunidades de progreso. Seguro Uds. están pensando en las aguas del Mediterráneo y en migrantes árabes o africanos. No es necesario ir tan lejos. Aquí cerca, en el Caribe, haitianos cruzan hacia República Dominicana para avanzar hacia América del Sur y llegar a Perú o Brasil, especialmente, e insertarse en industrias como la construcción. Ellos también son víctimas de traficantes de personas y pagan casi lo mismo que los que viajan en las pateras de la muerte en lo que fue el Mare Nostrum. Muchos de ellos terminan en trabajos forzosos.
La OIT apoya a Perú y Brasil en un proyecto conjunto para erradicar este tipo de trabajo. Situaciones similares, con otros colectivos nacionales, se viven en otros países americanos.

Todavía estamos en tiempos de piratas y esclavos. Estos últimos pueden llegar a más de 15 millones de personas en el mundo, incluidos niños.

3. Un rasgo de la América Latina del siglo XXI es la aceptación ciudadana mayoritaria de la democracia como régimen político predominante en el continente.

Un desafío crucial para la democracia es su gobernabilidad, es decir que el Estado responda adecuadamente a las necesidades de los ciudadanos. Eficacia, calidad y buena orientación de la intervención del Estado le proporcionan buena parte de su legitimidad. En contra de lo que decía un presidente militar peruano, hay que demostrar que la democracia sí se come.

En los contratos sociales que fundan nuestras democracias hay un componente esencial: el acceso al trabajo. Pero no a cualquier trabajo.

Trabajo decente es un concepto que busca expresar lo que debería ser, en el mundo globalizado, un buen trabajo o un empleo digno. El trabajo que dignifica y permite el desarrollo de las propias capacidades no es cualquier trabajo; no es decente el trabajo que se realiza sin respeto a los principios y derechos laborales fundamentales, ni el que no permite un ingreso justo y proporcional al esfuerzo realizado, sin discriminación de género o de cualquier otro tipo, ni el que se lleva a cabo sin protección social, ni aquel que excluye el diálogo social.

En 1999, Juan Somavia -primer Director General de la OIT proveniente del hemisferio sur, en 80 años- presentó su memoria "Trabajo Decente". En ella, recogiendo la experiencia latinoamericana de la segunda parte del siglo XX luchando por las libertades y la democracia, introdujo el mencionado concepto, caracterizado por cuatro objetivos estratégicos: los derechos en el trabajo, las oportunidades de empleo, la protección social y el diálogo social. Cada uno de ellos cumple, además, una función en el logro de metas más amplias como la inclusión social, la erradicación de la pobreza, el fortalecimiento de la democracia, el desarrollo integral y la realización personal.

Los miembros del Consejo Económico y Social de Naciones Unidas han señalado: "Estamos convencidos de la urgente necesidad de crear un entorno a escala nacional e internacional que propicie el logro del empleo pleno y productivo y el trabajo decente para todos como base del desarrollo sostenible. (…) Es fundamental que hombres y mujeres tengan oportunidad de conseguir un empleo productivo en condiciones de libertad, igualdad, seguridad y dignidad humana para lograr la erradicación del hambre y la pobreza, el mejoramiento del bienestar económico y social de todos, el crecimiento económico sostenido y el desarrollo sostenible de todas las naciones, así como una globalización plenamente incluyente y equitativa".

La centralidad del trabajo para la construcción social, económica y política en democracia es evidente.
El trabajo ha sido, es y -previsiblemente- será componente sustantivo que sustenta la gobernanza de las sociedades democráticas. Por ello, los cimientos de la paz mundial se refuerzan al crearse más oportunidades de trabajo decente.

Ese trabajo que contribuye con la democracia y con la paz es parte de vuestras responsabilidades; de ahí que me parezca importante que los profesionales en recursos humanos contextualicen su quehacer profesional cotidiano para comprender las implicaciones y potencialidades del mismo.

4. Otra forma de comprender la centralidad del trabajo es verlo en la perspectiva del ciclo de vida de cualquier persona.
En la niñez debe ser evitado para que desplieguen todos sus beneficios la educación y el juego. Los logros de América Latina en combatir el trabajo infantil, durante los últimos años, no son menores. Incluso países como Panamá y Costa Rica, con un poco de esfuerzo, podrían erradicar ese tipo de trabajo de sus sociedades, antes de terminar la presente década. En la OIT estamos contentos de nuestra contribución con esta tarea.

Un aspecto laboral importante es el tránsito de la escuela al primer trabajo. Lo ideal sería demorarlo lo más posible; pero ello no es viable para todos, pues la educación post escolar no está al alcance de las mayorías en nuestros países. En América Latina existe el gran desafío de generar trabajo decente para los 108 millones de hombres y mujeres jóvenes que constituyen el gran bono demográfico con que contamos. Además tenemos la generación de jóvenes mejor educada de nuestra historia, especialmente mujeres; pero tenemos un alto desempleo juvenil en nuestros países. De ahí la importancia de políticas como la educación dual o la capacitación para el trabajo y el emprendimiento. En este contexto la informalidad aparece como un verdadero desafío pues si alguien tiene su primer trabajo fuera de la formalidad le puede resultar muy difícil desarrollar un itinerario de trabajo decente.

Cuando ya se ha ingresado al mundo laboral la cuestión de trabajo formal o informal no es menor. En América Latina quien trabaja en la formalidad tiene posibilidad de progresar; la mayoría de quienes lo hacen en la informalidad sólo pueden aspirar a sobrevivir. La situación adquiere características particulares de acuerdo al género de quien trabaja: las mujeres están en seria desventaja y ello debe ser combatido con políticas de discriminación positiva.
En la época adulta es cuando más se acumulan ingresos y cuando, si se está en la formalidad, se accede a las prestaciones de la seguridad social cuya importancia es decisiva en la vida de toda persona.

Cuando llega el momento de dejar de trabajar es justamente el adecuado funcionamiento de la seguridad social y de las prestaciones adquiridas para la jubilación lo que puede marcar la mejor o peor vejez de un trabajador o de una trabajadora.

Como se puede apreciar desde el nacimiento hasta la niñez el trabajo ocupa un espacio importante en la existencia humana; pero, a veces, sólo es comprendido en sus partes y no en su totalidad integradora.

5. Creo que si se acepta la posibilidad de gerenciar el gran cambio en que vivimos y no solo ser sujetos pasivos del mismo, entonces se debe civilizar la globalización a partir de la humanización del mundo del trabajo.

Civilizar la globalización es dar un rostro humano al desarrollo mundial, a través de la efectiva puesta práctica de valores humanos esenciales como la no discriminación laboral, el respeto a la libertad de asociarse y formar sindicatos o la negociación colectiva por ejemplo.

Promover el trabajo decente contribuirá a estabilizar un modelo de desarrollo -en democracia- que ponga al centro a la persona humana y resulte, por ende, promotor de inclusión. Así crecerá el número de satisfechos con el régimen democrático que hoy caracteriza al Hemisferio.

El paradigma del trabajo decente busca poner a la gente primero poniendo en el corazón de las políticas públicas la generación de empleo de calidad y alentando que sea eje de las decisiones económicas privadas.

Estoy convencido que sólo habrá más y mejores empleos en nuestras sociedades si hay más y mejores empresas; y este tipo de empresas necesitan que sus profesionales de los recursos humanos sean conscientes no sólo de la dimensión ad intra empresarial del trabajo sino también de su dimensión ad extra: de su impacto en el mundo real, de las inquietudes y esperanzas que genera especialmente para los más pobres de nuestros compatriotas.
La democracia necesita de un trabajo en el que se cumplan los principios y derechos laborales fundamentales, que la generación de empleo sea el catalizador de las políticas públicas tanto sociales como económicas, que trabajar garantice acceso a una seguridad social comprehensiva y adecuadamente financiada así como lugares de trabajo donde se dialogue y también sociedades donde empleadores, trabajadores y gobiernos dialoguen para generar consensos que permitan el progreso común.

Ese tipo de trabajo es el que responde al paradigma del trabajo decente y que parece más coherente con el sistema democrático.

En Latinoamérica éste no es únicamente un imperativo socio económico o medioambiental; es un imperativo político, más aún democrático.

En setiembre de este año los Jefes de Estado y de Gobierno de los países miembros de las Naciones Unidas aprobarán los Objetivos de Desarrollo Sustentable que vincularán a toda la humanidad. Uno de ellos será: Promover el crecimiento económico sostenido, inclusivo y sostenible, el empleo pleno y productivo y el trabajo decente para todos.