Historia de vida
“Si no me diste piernas para caminar regálame un alma para volar”
La historia de una inspiradora joven participante del programa El Futuro es de los Jóvenes, del Ministerio del Trabajo de Colombia y la OIT, quien luego de mucho empeño logró alcanzar sus sueños.
11 de octubre de 2022
Bogotá - No hace mucho tiempo atrás, Olga Lucía, siendo tan solo una pequeña niña de al menos cuatro años, se sentaba en el estrecho portón de su casa a observar como allá arriba, en lo alto, en aquel lejano e inmenso vacío azul del espacio, las aves del cielo lograban juguetear con tal naturalidad realizando giros extraordinarios, igual que bailarinas asombrosas, maestras en la confección del movimiento. El lindo espectáculo de figuras sutiles y arriesgados malabares le producía una indescriptible sensación de libertad, a su vez un imaginado deseo de querer ella ser un ave para poder volar.
Pero la realidad era distinta. En la calle, frente a su casa, ya no avistaba a las aves en lo alto, sino a otras niñas y niños de su misma edad que corrían y saltaban, reían y cantaban, mientras que ella, sentada en su silla con ruedas, se preguntaba el por qué no era igual a los demás. Por qué no podía correr y saltar, así como los otros pequeños lo hacían.
Olga Lucía Dorado Palmera, nació en enero de 2001, en la ciudad de Montería, capital del departamento de Córdoba. La condición con la que la pequeña bebé llegó al mundo asombró a sus padres, puesto que sus delicados pies estaban en una posición inversa a la corriente. Olga Lucía había nacido con pie equinovaro, pero el particular concepto emitido por los doctores fue que la niña jamás podría llegar a caminar de manera correcta. Pese al desesperanzador diagnóstico, la niña que contaba con apenas dos años, fue intervenida quirúrgicamente en dos ocasiones sin obtener un resultado prometedor. De esta manera siguió creciendo, en la medida que comprendía mejor el mundo, con la frustración de verse diferente y sin la posibilidad de cambiar la realidad. Pero justo al cumplir los seis años, sucedió lo impensable.
Un médico cirujano que estudió con criterio científico el caso, le propuso a los padres de Olga Lucía hacer un último intento quirúrgico. La expresión optimista que uso el galeno fue: La tercera es la vencida. Don Ágapo Dorado y doña Arledys Palmera, en busca de la curación de su hija, tomaron la difícil decisión de vender todo lo que tenían, incluyendo la casa, para costear los muchos gastos que acarrearía la cirugía. Dar un paso a ciegas y creer en la posibilidad de un milagro fue el desafío, y así, en esa dirección de fe, pronto llegó la respuesta.
Para su felicidad y en contestación a las muchas súplicas que según ellos dicen dirigieron al creador, el procedimiento obtuvo el éxito esperado. Pero no todo era color de rosa, ahora Olga Lucía debía iniciar otro camino, uno tortuoso como el ya transitado, pero esta vez con el triste componente emocional de ser blanco de las burlas de sus compañeros del colegio y amigos del barrio, quienes al verla utilizar los aparatos ortopédicos para la corrección postural de sus pies, se burlaban de ella sin mesura, porque así son los niños, desmedidos en sus planteamientos subjetivos. La Niña Robot le decían, al verla caminar sostenida por aquellos artilugios mecánicos.
Bajo la pena de que la vieran moverse y la frustración por el acoso psicológico, avanzaron esos siguientes dos años, al cabo de los cuales y gracias a su empeño y fortaleza, logró dejar los zapatos ortopédicos y caminar con la misma naturalidad de otras niñas de su edad. Algunas secuelas de pesadumbre emocional le quedaron en el progreso de sus años hacia la adolescencia, no se atrevía a usar faldas o cualquier otro tipo de prendas que dejaran ver las notorias cicatrices que dejaron las tres cirugías porque ello le causaba vergüenza.
Pero hoy Olga Lucía, a sus veintidós años y sus escasos 1.50 de estatura, es una persona distinta. Siente que de la pequeña niña de antes solo quedaron las cicatrices y los recuerdos. Pronto otro suceso mágico tocó su vida y este fue poder ingresar a El Futuro es de los Jóvenes; es este un programa de formación profesional liderado por el Ministerio del Trabajo y la Organización Internacional del Trabajo – OIT.
“El corazón es quien habla. La vida te cambia. Me asombra encontrarme haciendo lo que un día pensé que jamás podría hacer. Hoy no solo puedo caminar, también tengo un alma para volar.
Olga Lucía Dorado Palmera, participante de El Futuro es de los Jóvenes
Ella asumió con gran entusiasmo el reto de cursar el diplomado en Orientación Vocacional y Competencias Cognitivas y no Cognitivas, en modalidad virtual. Una experiencia que ella afirma, le devolvió la confianza para poder expresarse abiertamente y lograr contar su historia sin sentir vergüenza, sabiendo con claridad quién es y cuál es el propósito de su vida; como también entender que rendirse nunca será una opción.
Las herramientas adquiridas en el diplomado en mención, le han servido, además, para ponerlas en práctica en otra de sus actividades académicas, ya que se proyecta como Asistente Administrativa, y con ello cumplir otro de sus grandes sueños, el de ayudar a niños con discapacidad a salir adelante desde su propia fundación, la que desearía nombrar: Sacando una Sonrisa, porque sabe lo difícil que es poder sonreír cuando se sufre por algo. Tiene claro que su experiencia servirá de inspiración a otras personas que al igual que ella sufrieron por ser, en apariencia, diferentes. Por eso asume que la discapacidad no es una barrera, simplemente nos hace más capaces para superar el miedo.
Emplea sus ratos de ocio para hacer muchas cosas, pero sobre todo, para bailar con soltura y alegría caribe, cualquier ritmo que se le presente a sus pies: un porro, una cumbia o porque no, una buena champeta. Así, como otras chicas de su edad, se encanta de hacer presencia en las Redes Sociales. Sus Tik Toks son geniales. Le encanta mostrarle a los seguidores sus increíbles habilidades de movimiento
Olga Lucía, sentada en la casa donde hoy vive, acompañada de su hermana en el barrio El Recuerdo de Montería, le agradece infinitamente a sus padres por lo que hicieron por ella. Siente nostalgia porque ahora ellos están lejos en otra ciudad. Mira hacia atrás para recordar aquella mañana remota cuando viendo al cielo le pidió a Dios que si no le daba sus piernas para caminar, le regalara un alma para volar. Ella considera que le cumplió con su petición.
El corazón es quien habla. La vida te cambia. Me asombra encontrarme haciendo lo que un día pensé que jamás podría hacer. Hoy no solo puedo caminar, también tengo un alma para volar. Dice Olguita, como le llaman por cariño, llena de motivación y esperanza para vivir la vida y ser feliz.