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¿Cómo reducir las brechas laborales para las mujeres jóvenes?

Según la OIT, las mujeres jóvenes enfrentan barreras laborales importantes, por lo que es fundamental fortalecer la educación técnica, promover la igualdad salarial y aplicar políticas inclusivas para cerrar estas brechas.

26 de marzo de 2025

Promoting decent jobs for youth everywhere © Getty Images
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    Juan Jacobo Velasco
    Oficial Nacional de Información Laboral. OIT Cono Sur

La pandemia por COVID-19 impactó con fuerza a los y las trabajadoras de América Latina y el Caribe, sobre todo a los más jóvenes. Esta realidad, de la que la OIT ha dado cuenta en el reciente informe “Juventud en cambio: desafíos y oportunidades en el mercado laboral de América Latina y el Caribe”, ha implicado cambios en las condiciones del mercado laboral y en la transición a la postpandemia, evidenciando las brechas y vulnerabilidades que experimentan los jóvenes, en particular las mujeres. Un factor determinante en esta situación es la informalidad laboral, que afecta la calidad del empleo y limita las oportunidades de desarrollo profesional.

Las cifras son contundentes: en 2023, la tasa de desocupación de los jóvenes entre 15 y 24 años fue tres veces superior a la de los adultos, mientras que sus tasas de ocupación y participación son significativamente menores. Además, la tasa de informalidad de los jóvenes en la región ha sido 1,3 veces superior a la de adultos, lo que revela brechas de participación, ocupación e informalidad, junto con varias otras dimensiones de la calidad de empleo, que son permanentes y estructurales, pero que se exacerban durante las crisis.

Si analizamos estas cifras con perspectiva de género, el panorama es aún más preocupante: las tasas de participación y ocupación de los hombres jóvenes son 20 puntos porcentuales mayores que las de las mujeres jóvenes, mientras que las tasas de desocupación de las mujeres jóvenes son 1,6 veces mayores a las de los hombres jóvenes. Es decir, las brechas laborales entre hombres y mujeres, particularmente en la tasa de desocupación, se amplifican entre las personas jóvenes.

A su vez, las brechas también se evidencian entre jóvenes que no participan en el mercado laboral. Por cada tres jóvenes que trabajan, uno no estudia ni trabaja remuneradamente. Esta situación tiene un fuerte sesgo de género: más de dos tercios de jóvenes que no estudian ni trabajan remuneradamente son mujeres que, en su mayoría, se dedican a tareas de cuidado dentro de sus hogares, prácticamente sin posibilidad de acceder a un trabajo remunerado.

Detrás de estas cifras existen factores estructurales que afectan la calidad e inserción laboral de las mujeres jóvenes. La escasez de políticas dirigidas a su inclusión en el mercado de trabajo es un factor clave, en gran parte porque las personas jóvenes tienen pocas oportunidades de organización y representación. Esta falta de una voz organizada les impide influir en la elaboración de políticas públicas y en los cambios institucionales. Además, como muchos jóvenes de la región ingresan al mercado laboral de manera informal, suelen permanecer en esa condición a lo largo de su vida productiva, lo que implica menores ingresos y condiciones de trabajo precarias.

La transición demográfica también repercutirá en los sistemas y tiempos de cuidado, que tradicionalmente recaen en las mujeres. Sin embargo, el creciente reconocimiento de la necesidad de equilibrar el uso del tiempo entre hombres y mujeres podría cambiar esta dinámica. Además, la rápida evolución de las nuevas tecnologías plantea un desafío doble: pueden ser una herramienta clave para la inserción laboral de los jóvenes, pero también representan una amenaza si no se generan oportunidades para su capacitación y adaptación a los nuevos entornos laborales, pudiendo incluso ahondar más aún las situaciones de desigualdad.

En este contexto, es fundamental fortalecer la organización y representación de los jóvenes en el mundo laboral. Las organizaciones de trabajadores y empleadores pueden desempeñar un papel clave en darles una voz y promover políticas inclusivas. Así también, la inversión en las instituciones del trabajo y en políticas laborales, como son los sistemas de aprendizaje que faciliten e incentiven la inserción de las personas jóvenes al mercado laboral, deben incorporar un foco de género, para tener un creciente impacto positivo en las economías y sociedades de América Latina y el Caribe.

Finalmente, el diseño de los sistemas y políticas de cuidados será esencial para transformar la forma en que las personas jóvenes se vinculan con el mercado laboral, en particular para las mujeres jóvenes.

Un diálogo social permanente y participativo, que aborde desafíos como la creciente gravitación de las nuevas tecnologías y su impacto en el empleo, junto con la incidencia de otras transiciones, como la demográfica y la socioecológica, será indispensable para garantizar un futuro laboral inclusivo y con más trabajo decente para las nuevas generaciones.

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