Tres mujeres clasifican y registran granos de café en una planta de procesamiento de café.

OpEd

Cómo escapar de la trampa de los empleos con bajos salarios y baja productividad

El empleo informal puede absorber el excedente de mano de obra en los países en desarrollo, pero también puede debilitar las competencias y la resiliencia económica.

2 de octubre de 2026

Clasificadoras de granos de café en la fábrica KZNoir, Kigali, Rwanda. 9 de junio de 2015. © Xizi Luo
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    Sangheon Lee
    Economista jefe de la OIT

La ruptura del vínculo entre el crecimiento económico y el empleo está ya ampliamente reconocida. Con demasiada frecuencia, la transformación estructural no ha logrado crear suficiente empleo, especialmente para los jóvenes de países en desarrollo como Rwanda y Etiopía, que tienen dificultades para hacerse un hueco en el mercado laboral.

El problema no es solo que haya muy pocos empleos, sino que demasiados son de baja calidad: informales, sin protección, de baja productividad, mal remunerados y con escasas oportunidades para aprender o progresar. Unos 2.100 millones de trabajadores –alrededor del 58 % de la fuerza de trabajo mundial– siguen en el empleo informal. Más preocupante aún, las investigaciones indican que la reducción gradual del empleo informal asociada al crecimiento económico se ha estancado en los últimos años.

Existe la idea generalizada de que, cuando escasean los empleos, los países deben elegir entre crear más empleos o crear empleos mejores. Se argumenta que la calidad del empleo puede venir después. Pero esto supone confundir una necesidad a corto plazo con una estrategia.

Los empleos de baja calidad pueden absorber el excedente de mano de obra, pero también pueden debilitar las competencias, la productividad, la demanda y la resiliencia. Al hacerlo, reducen la capacidad fundamental necesaria para generar más y mejores empleos.

Esta dinámica, poco comprendida, resulta especialmente evidente en lo que respecta a la educación y la formación.

La transformación económica exige que los trabajadores mejoren continuamente sus capacidades. Pero es más probable que lo hagan cuando las nuevas competencias se ven recompensadas con mejores salarios, mayor seguridad o perspectivas de promoción. Cuando este vínculo es débil, los trabajadores tienen menos incentivos para invertir en formación, las empresas tienen menos presión para modernizarse y las economías corren el riesgo de quedar atrapadas en una competencia basada en la baja productividad.

Una vez más, este es un problema especialmente importante para los jóvenes, cuyos primeros empleos suelen determinar no solo sus ingresos, sino también sus expectativas, capacidades y confianza en el futuro. La IA y otras nuevas tecnologías hacen que esta cuestión sea aún más urgente. Sin mejores empleos que permitan a los trabajadores aprender, adaptarse y beneficiarse de los aumentos de productividad, los avances tecnológicos pueden acabar profundizando las divisiones existentes.

Del mismo modo, los trabajadores que cuentan con protección frente a los riesgos relacionados con la salud y los ingresos están en mejores condiciones de afrontar las crisis y permanecer en el mercado laboral.

Por tanto, existen sólidos argumentos económicos para invertir en la calidad del empleo mediante las competencias, la protección social y el apoyo a las pequeñas y medianas empresas productivas, como parte de estrategias destinadas a evitar la trampa de los bajos salarios, las bajas cualificaciones y la baja productividad.

Pero los empleos decentes también generan valor social y no financiero para los trabajadores, las familias y las comunidades. Influyen en la identidad personal, la estabilidad, la salud, la educación y la confianza. Por el contrario, los empleos de baja calidad pueden imponer una amplia gama de costes sociales ocultos. Los mercados no siempre reconocen todas las externalidades positivas que genera el empleo de calidad, por lo que corresponde a los responsables de las políticas públicas actuar.

Esto se hace eco de la idea del economista indio Amartya Sen de entender el desarrollo como la ampliación de las libertades reales y las capacidades de las personas. El trabajo importa porque puede ampliar –o restringir– la capacidad de las personas para hacer planes, aprender, participar y avanzar. Estas capacidades solo pueden desarrollarse mediante una inversión sistemática y sostenida en la calidad del empleo.

Por tanto, el renovado interés de las instituciones financieras mundiales por el empleo, como la agenda de empleo del Banco Mundial, constituye una verdadera oportunidad.

Pero no debería limitarse a contar empleos. La financiación para el desarrollo debe plantearse preguntas más precisas: si los empleos que apoya aumentan la productividad, mejoran los salarios y las perspectivas, desarrollan las competencias, refuerzan la voz de los trabajadores y, en última instancia, generan beneficios sociales.

Las políticas de desarrollo deben basarse en la posibilidad real de progresar, no en la desesperación. Seguir dependiendo de empleos de baja calidad acabará debilitando el propio proceso del que depende el crecimiento económico futuro.

Este artículo de opinión se publicó en el Financial Times el 1 de octubre de 2026.

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Referencias

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