Los jóvenes y su socialización laboral.

Artículo | 30 de noviembre de 2010
El empleo juvenil es uno de los Objetivos de Desarrollo del Milenio de las Naciones Unidas (2000). Se trata de proporcionar a los/as jóvenes un trabajo digno y productivo, y de reducir la tasa de desempleo abierto juvenil urbano, que tiende a ser el doble o triple que la de los adultos, dependiendo de los países. Las oportunidades de empleo en general son escasas, y suelen estar relacionadas con puestos de poca calidad y reducidos niveles salariales. La población joven es la que tiene menos acceso a oportunidades laborales.

Si se analizan los programas o medidas puestas en marcha para promover el empleo juvenil en los países del área, es fácil advertir que aunque haya aspectos positivos en casi todos los casos, no cubren la variedad de circunstancias laborales que enfrentan, ni la alta fluctuación del empleo juvenil, ni la falta de adecuación entre educación y ocupaciones, ni su vertiente de socialización laboral y/u organizativa, ni su incorporación estructural al sistema de seguridad social. Esta es una de las señales de que no existe todavía una planificación sistémica del empleo juvenil, como política de Estado, y como parte de una solvente política nacional de empleo (que debería ser una política de integración permanente), la cual no se ha consolidado en la subregión.

El sistema de formación profesional puede presentar, según los países, lagunas como: no apuntar a metas de socialización laboral; no promover activamente el empleo con derechos y su vinculación a trayectorias de continuidad; no asegurar adecuada supervisión para garantizar aprendizajes de cara a la inserción; centrar el aprendizaje en competencias relacionadas con la demanda empresarial, pero soslayar la adquisición de capacidades y competencias sociales, también esenciales para la empleabilidad y el desarrollo profesional de la gente.

Es obvio que los/as jóvenes requieren tener las competencias para ejercer una profesión, adecuarse a las nuevas demandas laborales, o mejorar el desempeño; pero también es vital que simultáneamente el sistema formativo refuerce las competencias y capacidades para la comunicación social, la cooperación, la solidaridad, la interculturalidad y el ejercicio de la ciudadanía. Hay además otras competencias necesarias para salvaguardar o defender los derechos del trabajo, la salud ocupacional, el diálogo en la empresa, y el trabajo decente, que la formación profesional puede y debe abordar como parte del currículo. Aquí hay un vacío evidente. Una finalidad esencial de toda formación profesional es la de relevar el valor social y productivo del trabajo, ya que "el trabajo no es mercancía". Empleabilidad y sociabilidad deben ser conceptos fuertemente ligados.

Tener esa visión holística del valor social y productivo del trabajo, afecta directamente a un proceso de capital importancia: la socialización laboral de la juventud. Este proceso debe tratarse adecuadamente a la hora de los análisis, los debates y la valoración de las políticas de empleo (incluida la formación profesional). Dicha socialización es un proceso de integración personal y grupal al mundo del trabajo, a través de interacciones, relaciones, intercambios y adaptaciones de los/as jóvenes al medio circundante; éste proceso va a estar condicionado además por la cultura laboral y por las prácticas laborales imperantes en una sociedad o comunidad determinada.

Es frecuente ver que la problemática del empleo y la integración laboral de los/os jóvenes, se ciñe al manejo analítico de datos sobre la evolución de tasas de desempleo o subempleo, a proyecciones de empleabilidad inmediata, y a soluciones de capacitación coyuntural (como si la formación creara empleo por sí misma), dejando a un lado la consideración de la importancia que tiene la socialización laboral y lo que ésta significa para el desarrollo sicosociológico y profesional de la juventud. Además, se suele tratar la categoría “jóvenes” como si las diferencias individuales fueran superfluas.

La socialización es un proceso en que las personas aprenden e interiorizan un conjunto de normas, valores y formas de percibir la realidad, que las dotan de capacidades para desempeñarse satisfactoriamente en la interacción social, fruto de la cual desenvuelven habilidades intelectuales y emocionales. El propio autoconcepto y la construcción de la identidad individual son resultado de la socialización.

La socialización lleva a la toma de conciencia de la estructura social, y se realiza a través de los agentes sociales que transmiten y hacen asimilar valores y reglas colectivas. Los agentes socializadores más representativos son la familia y la escuela (socialización primaria), con entidades mediadoras como las iglesias en algunas culturas; dichos agentes tienen un papel principal en la constitución de la identidad en la infancia. Pero luego hay otros agentes sociales que a lo largo de la vida influyen en la forma de ser de los adultos (socialización secundaria), como son el trabajo, el grupo humano de pertenencia, rural o urbano, el partido político, los subgrupos varios de filiación, y otras instituciones “modeladoras” como puede a veces ser el ejército. Los efectos de la socialización secundaria no son menos duraderos o influyentes, y a través de los mecanismos de control social pueden interiorizarse tanto como los adquiridos en la infancia.

La socialización laboral es un proceso mediante el cual la persona asimila valores, normas, competencias, conductas esperables, y conocimientos para asumir un determinado rol laboral (personalidad laboral), y adopta las actitudes precisas para participar como miembro en las actividades de una organización (ambiente laboral). Este proceso va a estar muy influenciado por el ethos actual del trabajo, su forma de construcción social, su centralidad, y su valor para la satisfacción laboral y la autorrealización. La personalidad laboral que adquiere el/la joven estará en función del significado del trabajo que ha interiorizado: centralidad del trabajo, normas sociales que consideran el trabajo como derecho o como obligación, resultados valorados del trabajo, importancia de las metas laborales, percepción de libertad en el trabajo, etc. El ambiente laboral incorpora las principales influencias contextuales sobre el desarrollo humano consideradas en la sicología, la economía y la sociología del trabajo.

Las elevadas tasas de desempleo, subempleo e informalidad, pueden tener claras repercusiones en la socialización laboral y organizacional de los/as jóvenes, amén de profundizar las brechas de género. La carencia de fuentes de trabajo se aprecia con mayor crudeza en los/as jóvenes que buscan su primer empleo. Así pues, si en el momento en que esos/as jóvenes están listos para incorporarse al trabajo, la situación del mercado laboral hace imposible o pospone dicha experiencia indefinidamente, cabe esperar que ello incida de manera riesgosa en su futura integración cívico-social.

A veces el/la joven experimenta en su medio socializaciones contradictorias (valores humanizadores inculcados en la escuela, frente a valores deshumanizadores vividos en el campo laboral). Este choque de realidades disonantes moldea la conciencia del/la joven, y la desajusta ante una serie de “enajenaciones” del entorno productivo (mercantilismo de la fuerza laboral, clientelismo, consumismo, precarización, informalización ocupacional, etc.), que pueden a su vez originar en ellos múltiples respuestas: apatías, rebeldías, autoestigmas (no autoestima), frustración, impotencia, inseguridad, indefensión, hastío, y esquemas conductuales de evasión, aislamiento, marginalidad o exclusión social. Estos riesgos pueden dificultar la autorrealización como forma de liberación, autonomía e independencia juvenil. El proceso de construcción de la identidad del/la joven puede verse bloqueado, desestructurado o truncado.

La socialización laboral que la juventud asimila durante y después de la transición de la vida laboral no activa a la activa, y la cultura productiva en que dicho proceso se desenvuelve, van a condicionar su identidad, comportamiento y participación “constructiva o no” en el mundo del trabajo. Si dicha socialización está cargada e influenciada por valores democráticos y de justicia social, los jóvenes estarán mejor dispuestos a vivir la igualdad, la equidad, la no discriminación, la solidaridad y la lucha colectiva por los derechos fundamentales. En cambio, la socialización laboral caracterizada por la precariedad, la arbitrariedad, la incertidumbre, la inestabilidad y las enajenaciones, va a impactar negativamente en la formación de la conciencia laboral de los jóvenes, en su manera de relacionarse, de organizarse, o de gestionar y defender sus derechos, valores e intereses en los centros de trabajo y en sus comunidades.

La transición de la escuela al trabajo, en una época de crisis económica y de escasez de empleo, puede retrasarse produciendo frustración en un buen número de jóvenes (y sus familias). Es importante que, como parte de la coherencia de políticas públicas de generación de empleo, se profundicen los estudios para clarificar esos procesos de transición, la determinación de los factores que los frenan o favorecen, los agentes y fuentes que intervienen, y la formulación de medidas que contrarresten las insuficiencias o disfunciones detectadas. Una transición que coloca al/la joven en ambientes de trabajo precario o deshumanizador, puede ser también una causa asociada de diversos problemas de desadaptación social.

En última instancia, la socialización profesional acaba siendo un reflejo de las formas más amplias y arraigadas de socialización de un país, desde las que caracterizan las relaciones humanas en la convivencia cotidiana, hasta las que caracterizan el sistema sociopolítico institucional.

Los aspectos propios de la socialización laboral de los/os jóvenes son muy poco tomados en cuenta por los planificadores de políticas de empleo juvenil. La OIT pondera todas las dimensiones de calidad de la vida laboral, y por ello promueve el trabajo decente como objetivo global. El enfoque del trabajo decente tiene implicaciones trascendentes para la socialización laboral de los/as jóvenes (futuros/as adultos/as), para humanizar la cultura productiva, para la sustentabilidad del desarrollo y de las empresas, y para la democratización presente y futura de las relaciones laborales.

La socialización laboral juvenil marca el futuro profesional, y es necesario articularla con el enfoque del trabajo decente. Tener y vivir un trabajo decente (trabajo con derechos y protección social), que pueda contribuir a la autorrealización personal y colectiva, es muy importante para que los/as jóvenes, desde los primeros empleos, conciban el trabajo como factor integrador, dignificador y socialmente enriquecedor. Un trabajo decente es para el/la joven un trabajo con sentido. Pero es común que el mundo del trabajo se torne intransitable para muchos/as jóvenes, quienes podrían permanecer largos periodos en el desempleo, o estancados en nichos de subempleo y ocupaciones precarias, desgastantes, y sin posibilidades de ascenso sociolaboral.

Por ello, el futuro del trabajo de los jóvenes hay que asegurarlo con un énfasis específico, pero en el marco global de políticas de empleo integradoras, con enfoque de género, capaces de crear un ecosistema laboral centrado en el trabajo decente, como fuente de equilibrio y cohesión social.

El trabajo de los/as jóvenes es algo que concierne a toda la sociedad. Inestabilidad en el trabajo es inestabilidad en la vida. No basta decirle a los/as jóvenes que aseguren su propia subsistencia, que se capaciten, hagan emprendimientos y sean creativos. Hay que ayudarlos a obtener los medios para hacerlo, a través de la revaloración de sus potencialidades y del compromiso para su auténtica acogida social (incluida su socialización laboral). El Estado tiene un papel clave y una obligación ineludible. De lo contrario muchos/as jóvenes seguirán pensando que vivimos en un mundo más incierto que nunca pero tan terrible como siempre.