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 86.reunión
Ginebra, junio de 1998


 

Alocución del Sr. Jean-Jacques Oechslin, Presidente de la 86.a reunión de la Conferencia Internacional del Trabajo
2 de junio de 1998

En primer lugar quisiera dar las gracias a la Conferencia por aceptar la propuesta de mis amigos del Grupo de los Empleadores, de presentar mi candidatura a la presidencia de la presente reunión de la Conferencia.

Doy las gracias a los demás Grupos, sin cuyo apoyo no hubiese sido posible mi elección, especialmente a los gobiernos africanos que, con gran amabilidad, dejaron pasar su turno y no presentaron candidato a la presente reunión. Considero esta decisión como un gesto significativo de respeto al tripartismo, pero también como un testimonio de amistad para un hombre cuya vida profesional y personal ha estado marcada por el continente africano.

Mis sentimientos de gratitud se dirigen también al Grupo de los Trabajadores, que no ha escatimado su apoyo a mi candidatura y con el que (trascendiendo las divergencias propias de nuestras respectivas responsabilidades) compartimos convicciones fundamentales sobre el papel de la OIT. Las relaciones cordiales -- y a menudo amistosas -- que existen entre los miembros de los distintos Grupos constituyen uno de los encantos de estas reuniones.

Permítanme también que dé expresamente las gracias a quienes acaban de hacer uso de la palabra en esta tribuna, en particular al Sr. El-Farhan, Presidente del Grupo Gubernamental, a Rolf Thüsing, Presidente del Grupo de los Empleadores y Bill Brett, Presidente del Grupo de los Trabajadores.

Esta elección es un honor, más allá de mi persona, para las organizaciones que represento, es decir, la Organización Internacional de Empleadores y el Consejo Nacional de Empleadores Franceses que, junto con la Confederación General de Pequeñas y Medianas Empresas, constituyen la delegación de los empleadores de mi país a la Conferencia. Esta elección supone, ante todo, una consagración del papel del Grupo de los Empleadores en esta institución. Recuerdo con emoción a mi maestro y amigo Pierre Waline, a Gulmar Bergenström y a tantas otras personalidades de nuestro Grupo que hicieron honor a esta Conferencia.

Si esta elección unánime es un gran honor para el Grupo de los Empleadores con el que he trabajado desde hace casi 38 años, quisiera sumar a él mi país, Francia, puesto que he sido sin interrupción miembro de su delegación a la Conferencia desde 1969. Quisiera rendir un homenaje particular a la memoria de Paul Ramadier, de Alexandre Parodi, Gabriel Ventejol, tres personalidades de renombre que la dirigieron durante ese período, y dirigir un saludo amistoso y agradecido al presidente Yvon Chotard.

Permitidme también expresar mi agradecimiento a mis colegas trabajadores franceses con los que las inevitables divergencias de opinión jamás han puesto en entredicho unas relaciones de mutuo respeto y amistad. En cuanto a mis amigos de la delegación patronal, bien saben lo que siento por ellos, y les estoy muy agradecido por haber soportado sin demasiadas quejas a un delegado demasiado absorto en sus responsabilidades de Grupo.

También quisiera dirigir un saludo a los representantes de las organizaciones internacionales invitadas. Su presencia no es un mero gesto protocolario, porque nuestras instituciones deben trabajar cada vez de consuno, y esta reunión de la Conferencia ilustrará sin duda dicha necesidad. Quisiera saludar, con el mayor agrado, a las autoridades suizas, cuyo apoyo a nuestra Organización ha sido en todo momento generoso y constructivo. Permitidme que en este momento recuerde a mis antepasados, ciudadanos de este país, algunos de cuyos rasgos se reflejan probablemente en mi personalidad.

En 1941, en horas sombrías de la historia del mundo y de nuestra Organización, se convocó una Conferencia de la OIT en Estados Unidos. Sir John Forbes-Watson, predecesor mío al frente del Grupo de los Empleadores, que fue elegido para la vicepresidencia de dicha asamblea extraordinaria, dijo: «durante 21 años me he dedicado a criticar la política de la Organización; pero nunca he criticado los principios en que se funda: en primer lugar el derecho que asiste a todos los hombres para crear asociaciones y de decir con franqueza lo que piensan».

Dentro de un momento volveré a referirme a la libertad de expresión. Los colegas que ustedes van a elegir y yo, tendremos el deber de hacerla respetar, pero primero quisiera insistir en los valores que nos unen más allá de las oposiciones legítimas y de los intereses inmediatos que representamos.

Uno de los puntos principales que figuran en el orden del día de esta reunión de la Conferencia es la formulación en una Declaración de sus valores fundamentales. Espero que podremos cumplir con dicho cometido. Nuestra Organización, la más antigua del sistema de las Naciones Unidas, estuvo siempre a la vanguardia de la lucha por la defensa de los derechos humanos en el ámbito del trabajo. No cabe duda de que ha llegado el momento de reafirmar los principios por los que estamos luchando desde hace más de tres cuartos de siglo. En el gran movimiento de reestructuración de las organizaciones internacionales debemos -- exponiendo con claridad y solemnidad estos principios -- corroborar la vocación propia de la OIT. Esta gestión no tendría credibilidad si no pudiésemos al mismo tiempo modernizar nuestros procedimientos para garantizar mejor su aplicación concreta en todos nuestros países. Entre dichos valores quisiera colocar en primer lugar la libertad sindical y su corolario, el derecho de negociación colectiva. El tripartismo sería una mera ficción si los grupos no gubernamentales no representasen a las asociaciones que dimanan de la libre voluntad de sus miembros, capaces de expresarse con completa independencia y de organizarse como lo estimen conveniente. Hay que defender esta libertad fundamental, incluso contra la solicitud de ciertos gobiernos, a veces en apariencia bien intencionados.

También habrá que luchar contra todo tipo de discriminación: por ejemplo, la discriminación basada en el sexo, en las opiniones políticas y religiosas o en el origen. Cabrá reafirmar en todo momento, como lo hiciera la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, que «los hombres nacen y viven libres e iguales en derechos».

Como dijo Su Santidad el Papa Juan Pablo II desde esta misma tribuna, debemos luchar sin cesar por la causa del ser humano, su dignidad y los derechos inalienables que de ahí se derivan. La libertad sindical por la que luchamos es parte integrante de los derechos humanos y de la libertades civiles.

Como decía con mucho acierto Etienne de la Boétie, el amigo de Montaigne, «la libertad es un bien tan grande y tan grato que su pérdida acarrea todos los males e incluso los bienes que quedan pierden su gusto y su sabor, corrompidos por la sumisión».

Y a quienes sorprenda esta profesión de fe en labios de un delegado empleador, les diré que la libertad de emprender también es un derecho del hombre y que no puede desarrollarse más que en un ambiente general de libertad.

El trabajo forzoso, otro tema importante que tenemos bajo nuestra responsabilidad constituye una forma moderna de esclavitud y servidumbre. Supone tratar al hombre como un objeto y no como un sujeto de derecho. Esta es la razón por la que la naturaleza contractual de la relación de trabajo garantiza, mejor que ninguna otra cosa, la dignidad del hombre en el trabajo y la libre elección del empleo, pese a las restricciones económicas que conocemos demasiado bien. Es responsabilidad nuestra buscar los medios para que la economía de mercado funcione con la eficacia necesaria para disponer de suficientes empleos productivos.

Esta reunión de la Conferencia se celebrará también bajo el lema de la protección de los niños que se ven obligados a trabajar. Los niños son la parte más vulnerable de nuestras sociedades, y no podemos tolerar su explotación bajo ningún pretexto. Esto responde a una exigencia moral evidente para cada uno de nosotros, pero tampoco podemos olvidar que el trabajo infantil supone un tremendo derroche de recursos humanos. Los niños son los que mantienen la esperanza de nuestras sociedades, a condición de que se puedan educar y formar, porque los hombres son los que constituyen la verdadera riqueza de las naciones. El niño que desgasta prematuramente su vida en un trabajo servil podría haber sido Mozart o Einstein. En todo caso, será el técnico, el ingeniero, el empresario, el experto en informática o el agricultor innovador que tanto hubiese necesitado su patria.

La lucha contra la explotación del trabajo infantil ha suscitado una profunda emoción en el mundo, y es muy normal. Después de esta sesión, recibiremos aquí a los representantes de una marcha que ha despertado la conciencia de muchos. La simpatía que todos tenemos por esta causa no nos exime de la responsabilidad que tenemos de preparar un instrumento que esté realmente a la altura de lo que de nosotros se espera. El resultado de nuestras deliberaciones deberá ser una guía duradera y un motivo de inspiración para todos los Estados. Adoptaremos las medidas que se impongan para que esta obra capital se lleve a cabo con serenidad.

Un punto delicado de nuestro orden del día es la segunda discusión del documento dedicado al trabajo en régimen de subcontratación. Pocas veces nos habremos ocupado de un tema de semejante complejidad jurídica y conceptual. Los miembros de la Comisión deberán hacer gala de mucha imaginación y espíritu de compromiso para conseguir un resultado que sea aceptable para una amplia mayoría y, sobre todo, útil para todos los interesados.

No menos importante es el punto relativo a las condiciones generales para fomentar la creación de empleos en las pequeñas y medianas empresas. El empleo sigue siendo, en la mayoría de nuestros países, un tema de honda preocupación y debe ser una prioridad significativa para nuestra Organización, porque ¿cómo se puede hablar de derechos a quienes carecen de medios de subsistencia? No podemos, pues, permanecer indiferentes ante el potencial de generación de empleos de estas empresas. La OIT y el Centro de Turín disponen en esta materia de una experiencia práctica sobre el terreno que es fruto del crecimiento de empresas innovadoras y pujantes que están en condiciones de proponer a los consumidores los bienes y servicios que piden a un precio asequible, siempre y cuando el marco legislativo no frene abusivamente la creación de empresas.

Se advierte hoy en el mundo entero tanto la persistencia como el empeoramiento de situaciones intolerables en materia de derechos humanos, sobre todo los que son de nuestra responsabilidad, así como una concienciación de la opinión pública internacional. Este último fenómeno es también consecuencia de la mundialización, concepto tal vez ambiguo, pero que describe comúnmente un proceso complejo al que no se puede sustraer ningún país y que incide directamente en el mundo del trabajo y en cada empresa.

Las normas sociales se mencionan con frecuencia y son incluso alabadas. Esto es precisamente lo que ocurrió en esta misma sala y al más alto nivel, con motivo de la Conferencia de la Organización Mundial del Comercio.

La OIT debe asumir este reto, y por eso la presente reunión de la Conferencia reviste este año un enorme significado. Tenemos la ardiente obligación de tener éxito. Si nuestros resultados son mediocres, habremos perdido una ocasión histórica que no volverá a repetirse y habremos perdido sin remedio toda pertinencia.

También este año, la Conferencia constituirá una comisión de resoluciones, pero con un papel especialmente importante, puesto que en el seno de esta comisión se suelen poner de manifiesto ideas nuevas que más de una vez han permitido un progreso notable en nuestro papel.

Examinaremos también el informe del Presidente del Consejo de Administración y la Memoria del Director General, con sus anexos. Todos los delegados que lo deseen tendrán oportunidad de pronunciarse en tales circunstancias sobre las actividades de nuestra Organización.

Nos honrará con su presencia Su Excelencia el Sr. Caldera, Presidente de la República de Venezuela y personalidad eminente, cuyo interés por nuestra Organización se puso de manifiesto ya desde el comienzo de su carrera.

También recibiremos a la Sra. Mary Robinson, Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Y su visita reviste un significado particular en un período de sesiones que se celebra bajo el signo de los derechos humanos.

También tendremos el honor de recibir la visita del Consejero Federal Pascal Couchepin, que también presidió la reciente Conferencia de la Organización Mundial del Comercio.

Como dije al principio de esta intervención, el papel de la Mesa de la Conferencia es garantizar la libertad de expresión de los miembros de la Conferencia. Como cualquier libertad, también ésta tiene sus límites, especialmente en relación con el lenguaje a emplear, que debe respetar los usos, como manifestación de cortesía y de respeto para con los demás delegados y las opiniones que expresan.

Cuento con ustedes para dar a nuestros debates la franqueza y la dignidad que corresponden a la máxima instancia internacional en cuestiones sociales. Nuestro enemigo será el tiempo, que será insuficiente. Hagamos, pues, de él un uso racional. Los oradores sea cual fuere su rango, deberán entender que si superan el tiempo que se les concede, obligarán a otros delegados a hablar a una hora poco habitual o incómoda. No quisiera que nos viésemos obligados a infringir demasiado los principios de la OIT en materia de duración del tiempo de trabajo y descanso semanal. Por mi parte, trataré de comenzar nuestras sesiones a la hora en punto. Esto será otra revolución, que nos permitirá ganar algunas horas y tal vez toda una sesión. Estoy totalmente dispuesto a abrir las sesiones a la hora prevista, aunque sea yo el único presente.

Les invito, pues, a poner sin más manos a la obra.


Puesto al día por VC. Aprobada por RH. Ultima actualización: 26 de febrero de 2000.