La OIT es una agencia especializada de lasNaciones Unidas
ILO-es-strap

 86.reunión
Ginebra, junio de 1998


 

Alocución de Su Excelencia Sr. Rafael Caldera, Presidente de la República de Venezuela
9 de junio de 1998

Gracias, Sr. Director General, por sus cariñosas palabras de presentación y por haber recordado los vínculos entrañables que me han unido a esta Organización desde hace muchos años. Como usted lo señaló, hace más de 60 años tuve el honor de ser el primer corresponsal en Venezuela de la Oficina Internacional del Trabajo; era entonces estudiante de derecho, y había tomado contacto con la Organización a través de un hombre de excepcionales condiciones, un idealista al mismo tiempo que un insigne trabajador, el Sr. David Blelloch, miembro de la sociedad fabiana y a quien se confió, según su propio testimonio, la primera misión de asistencia técnica que la Oficina Internacional del Trabajo ha realizado en el mundo. Fue en efecto en Venezuela donde tuvo lugar esa primera misión, y a él se le encargó colaborar con sus conocimientos técnicos a la redacción de la primera ley del trabajo que la Venezuela de entonces, que acababa de salir de una larga dictadura, iba a adoptar para regir sus relaciones sociales. El Sr. Blelloch realizó una labor estupenda, fue contratado por un venezolano a quien es justo recordar, el Embajador Diógenes Escalante, que fue embajador en diversos países europeos y luego fue nombrado Ministro de Relaciones Interiores por el Gobierno del Presidente Eleazar López Contreras. Quizás estuviera influido por otro venezolano ilustre a quien es justo recordar, el Sr. Manuel Arocha, quien desde el exilio, había pasado largos años al servicio de la Sociedad de las Naciones. Lo cierto es que Blelloch realizó una gran labor, y el mismo puso de manifiesto los problemas, circunstancias y emociones que le llevaron a realizar un trabajo para el cual no se había preparado previamente; pero su labor de asistencia técnica fue verdaderamente ejemplar, y su norma fue la empatía, entender el sentimiento, la realidad y la naturaleza del pueblo al cual iba a servir, de tal manera que, según su propio testimonio, la labor le resultó mucho más fácil cuando se le solicitó para prestar asistencia técnica en otros países de América Latina y de todo el mundo.

Valdría la pena recordar sus propias expresiones, recogidas en un pequeño folleto que distribuiremos entre algunos amigos presentes aquí en la Conferencia, y en el cual el propio Blelloch manifestó cuál fue su sorpresa cuando fue designado para esa misión de asistencia técnica y cuáles fueron las circunstancias en que tuvo que cumplir su cometido.

Tuve después una relación bastante estrecha con un joven jurista, que llegó a desempeñar posteriormente dos mandatos como Director General de la Oficina Internacional del Trabajo: me refiero a un brillante intelectual, inglés también, el Sr. Wilfred Jenks, el cual estuvo casi un año en Venezuela para conocer el país y revisar los términos del proyecto de código del trabajo de 1938.

Es sumamente interesante observar que, en la nota introductoria al Código Internacional del Trabajo, redactado y publicado bajo la dirección del mismo Jenks, se indica que la distribución de unas materias se hizo siguiendo el criterio establecido para el proyecto de código de trabajo de Venezuela. De manera que mi país, Venezuela, está íntimamente ligado a las actividades de la Organización.

Por cierto que el Código Internacional del Trabajo fue publicado cuando estaba ya despuntando la Segunda Guerra Mundial y, según el prologuista, la gente pensaba en la desaparición de la Organización Internacional del Trabajo.

La Oficina fue trasladada al otro continente. Tuve ocasión de hacer una visita especial a la ciudad de Montreal, porque la Universidad de Mc Gill de aquella ciudad había dado albergue y hospitalidad a la Oficina Internacional del Trabajo para preservarla de los horrores de la guerra que estaba sacudiendo al continente europeo. Considero sumamente interesante el hecho de que las tres etapas fundamentales vividas por la Organización Internacional del Trabajo esté estrechamente ligadas a tres momentos en que el mundo se mostraba ansioso y decidido a buscar la paz.

Tuve después ocasión de venir, como lo recordó el Director General, Sr. Hansenne, a la Conferencia Internacional del Trabajo en 1958 con una circunstancia peculiar: durante la última dictadura que sufrió mi país Venezuela había roto los nexos que la unían con la Organización. Y al caer la dictadura, una de las primeras decisiones que se adoptaron fue la de reanudar nuestra pertenencia, nuestra participación y nuestra presencia la Organización Internacional del Trabajo. Posteriormente, acudí como presidente de la delegación que tuvo como misión fundamental restablecer los vínculos de Venezuela con la Organización Internacional del Trabajo.

Estos son recuerdos gratos para el espíritu. Recordar a tantos amigos, elogiar figuras como las de David Blelloch y Wilfred Jenks, que figuran entre esa ilustre representación de hombres preocupados por el progreso social de la humanidad que han pasado por aquí, por la Organización Internacional del Trabajo, y recordar de qué modo el compromiso de un pequeño país, que estaba abriendo caminos en la senda del derecho laboral, pudo servir de estímulo y ejemplo para otros países, que también se encontraban en la misma situación convencidos de que el desarrollo al que aspiran y que necesitan no puede ser solamente desarrollo económico, sino que tiene que ser también y fundamentalmente desarrollo social.

Distingo tres momentos fundamentales en la historia de la Organización:

El primer momento se corresponde con el Tratado de Versalles, con el final de la Primera Guerra Mundial y la declaración formulada por los países que firman la paz, según la cual la paz es imposible sin la justicia social. En ella se afirma que para lograr que la paz sea real y duradera hay que servir a la justicia y hay que esforzarse por lograr un régimen de trabajo realmente adaptado al ser humano.

El segundo momento se produce cuando está a punto de lograrse la paz en la Segunda Guerra Mundial: es la Declaración de Filadelfia de 1944. En Filadelfia es donde se afirma que la pobreza en cualquier lugar es una amenaza contra la prosperidad en todo el mundo, y que es necesario, pues, esforzarse en la lucha contra la pobreza. Pareciera que ese mensaje, escrito ya hace más de 50 años, pudiera servir de recordatorio, de mensaje y de advertencia para todos los países del mundo.

Los países desarrollados están comenzando a darse cuenta de que no es solamente el bienestar y la prosperidad económica lo que hay que buscar en el mundo, sino que, al lado de la prosperidad económica, existe un fenómeno grave llamado la pobreza, al cual tienen que enfrentarse no solamente con la ampliación del mercado, sino también a través de la generación de nuevas actividades productivas.

Sigue pues vigente en mi opinión este segundo mensaje de la Organización Internacional del Trabajo, lanzado en la Declaración de Filadelfia de 1944.

Y el tercer momento es el que estamos viviendo, porque está terminando una guerra, la guerra fría, y estamos empezando a vivir un nuevo período de la humanidad. Están ocurriendo hechos novedosos que nos obligan a meditar y a actuar en función de la situación que vivimos.

Estamos viviendo en un mundo globalizado. Hemos insistido en que la globalización no es una opción que podamos discutir y sobre la cual podamos tomar una posición favorable o adversa. La globalización es una realidad, es un hecho que tiene una serie de aspectos positivos, pero que tiene también otros aspectos que obligan a que las preocupaciones de los hombres se encaucen de manera cabal y efectiva a fin de que no se produzcan daños que puedan llegar a ser mayores que los que viviera la humanidad antes de la globalización.

La globalización trae consigo en gran parte el endiosamiento del mercado. Y sin duda que en la vida económica del mercado existe un momento fundamental para regular las relaciones entre los hombres. Pero el mercado también tiene sus inconvenientes, y no es capaz de resolver la actual situación de injusticia en la distribución de los bienes, situación que hoy preocupa de manera fundamental a todos los países del mundo.

La globalización y el mercado y ponen el énfasis en dos conceptos que son verídicos y que es lícito plantear, pero que presentan también aspectos peligrosos; se trata de la productividad y de la competitividad impulsadas por la revolución tecnológica, se configuran como único criterio para las relaciones económicas, las consecuencias sociales pueden ser de mucha gravedad.

Por eso pienso que, en la actualidad está muy bien orientada la Organización Internacional del Trabajo para resolver las situaciones que se plantean y que, recordando la afirmación de Versalles en 1919, según la cual la paz necesita de la justicia social, y las recomendaciones recogidas en la Declaración de Filadelfia de 1944, nos encontramos en un momento en el que procede reafirmar los derechos fundamentales que tienen que orientar la vida de los pueblos y que constituyen la esencia misma de esta Organización.

Es necesario reconocer que se han producido excesos a raíz de la mundialización y de la liberalización de la economía, excesos que no podemos aceptar. Hubo, indudablemente, tendencias hacia un neoliberalismo exagerado, en el que la propia legislación del trabajo se consideraría con desagrado y hostilidad, y hasta se llegó a decir que el derecho del trabajo desaparecería para restablecer un sistema en el cual las relaciones entre empresarios y trabajadores se guiaran simplemente por la negociación libre y directa entre las partes. Para enfrentar esa afirmación equivocada está la Organización Internacional del Trabajo. Y hoy queremos reiterarle nuestra confianza, nuestra fe en su posición, en su actitud y en su permanente labor de defensa de los derechos fundamentales en el trabajo, para que las relaciones de trabajo y las relaciones de producción sean conformes a la justicia social.

Hoy nos enfrentamos a la pobreza. Estamos en una situación en que la revolución tecnológica y las circunstancias mismas del desarrollo desembocan en el desempleo, que es la situación más grave que a todos nos afecta. La lucha del derecho del trabajo es la lucha por el derecho al trabajo. Quizá sea ésta la tarea fundamental que tenemos que cumplir al respecto, y para la cual son indispensables programas de educación, de formación profesional, de apoyo a la pequeña y mediana industria como fuente más segura de empleo, así como programas de protección y asistencia a aquellas actividades en las cuales haya mayor posibilidades de generar empleo.

El desempleo es un problema universal. Países que importaban millones de trabajadores para completar sus necesidades productivas hoy están sufriendo también el mal del desempleo; y mientras por una parte los trabajadores empleados tienen mayores garantías y mayor seguridad en la prestación de sus labores, por otra, hay una legión de trabajadores desempleados que debe causar mayor preocupación, que es origen del fenómeno de la pobreza y que está inquietando con razón a todos los países del mundo, pues su presencia comienza a ser como una especie de admonición y de reclamo en las cumbres en que los Jefes de Estado y de Gobierno de los principales países del mundo se reúnen para deliberar sobre las circunstancias planteadas. Tenemos fe en la OIT; tenemos fe en su defensa de los derechos de los trabajadores; tenemos fe en su lucha por los distintos derechos sociales, que no se limitan al mundo estricto de la relación laboral entre el empresario y el trabajador.

En los primeros tiempos se discutió si la Organización Internacional del Trabajo, creada con miras a regular las relaciones en la industria entre los capitalistas y los prestadores de trabajo, debía ampliar su acción a áreas como el área rural. Afortunadamente, la tendencia se decantó por la ampliación de las atribuciones de este organismo. Y este organismo, señoras y señores, quiero decirlo de una manera muy enfática, tiene la confianza de todos los países del mundo. Estamos convencidos de que, mientras exista la Organización Internacional del Trabajo -- y seguirá existiendo a través del tiempo --, no será posible el abuso y el desconocimiento de los derechos reconocidos tras muchas y constantes luchas del mundo del trabajo, para lograr el objetivo de la justicia social.

Creemos, pues, perfectamente justo y acertado, el hecho de promover una Declaración sobre los derechos fundamentales en el trabajo, con la conciencia, claro está -- y eso lo queremos decir de una manera enfática --, de que esa Declaración de principios, esa afirmación de los derechos, no puede ser invocada por algunos movimientos partidarios del proteccionismo comercial, que quieren valerse de las circunstancias difíciles por las que atraviesan algunos países para tratar de evitar la concurrencia leal al mercado internacional.

Al hablar de la Organización Internacional del Trabajo y reconocer sus méritos, quiero destacar el papel que ha cumplido su característica tripartita. El tripartismo fue una verdadera novedad, que el Tratado de Versalles inició con la Organización Internacional del Trabajo. Uno de los primeros ensayos que me regaló Wilfred Jenks, fue precisamente el que escribió sobre la significación del carácter tripartito de la Organización Internacional del Trabajo.

Quiero decir que resulta ejemplar el que se reúnan empresarios y trabajadores que tienen intereses distintos y a veces contrapuestos, para discutir los asuntos, para llegar a conclusiones, y para afirmar que las exigencias de la justicia social están por encima de los intereses de una determinada clase o de un determinado grupo social. Y quiero decir que, a imitación o en armonía con el sistema tripartito de la Organización Internacional del Trabajo, en Venezuela hemos logrado en el actual período constitucional un sistema tripartito que funciona y que ha dado resultados.

Hemos introducido reformas en nuestra legislación orgánica del trabajo, estamos poniendo en pie un nuevo y amplio sistema de seguridad social, y todo ello no ha sido obra exclusiva del Gobierno y de los legisladores. Ha sido fruto de un entendimiento tripartito entre los representantes empresariales, los representantes laborales y el Gobierno que, a través de largas discusiones, de pacientes y, en ocasiones, difíciles diálogos han sabido encontrar siempre la solución, lo cual demuestra que los intereses comunes, los intereses nacionales, los requerimientos de la justicia social, están por encima de los puntos de vista aislados. Estamos orgullosos de nuestro tripartismo y venimos a presentarlo, como una contribución al ejemplo que el carácter tripartito de la Organización Internacional del Trabajo está dando a la humanidad.

Nos encontramos ante una nueva etapa para la que, por cierto, un compatriota de América Latina, el chileno Juan Somavía, ha sido electo Director General. La última vez que nos vimos, hace 25 años, me dijo que ya era el momento de que un hombre del tercer mundo ocupara la Dirección General de la Oficina Internacional del Trabajo. Pasaron 25 años y por primera vez viene a lograrse. Esperemos que esa Dirección General, en manos de un latinoamericano, representante de los países en vías de desarrollo, sea un aliento más para la labor que han venido cumpliendo con éxito los que han sido hasta ahora Directores Generales de esta institución. Yo saludo y felicito al nuevo Director General y le expreso que tenemos muchas y fundadas esperanzas en su gestión; y estamos convencidos de que la responsabilidad que le incumbe es muy alta, pero que sabrá colocar en su debido lugar el nombre de la América Latina en esta responsabilidad mundial.

Vamos hacia adelante con muchas dificultades, pero vamos hacia adelante con muchas esperanzas. El mundo se transforma y no puede ser para mal, sino para bien. Si se estrechan las relaciones, si se amplían las comunidades regionales internacionales, todo ello debe estar orientado por principios morales, sin cuyo fundamento todos los esfuerzos serían baldíos y los resultados serían catastróficos. Tenemos fe en que la gente vuelva los ojos hacia esos principios. El Tratado de Versalles, la Declaración de Filadelfia, la Declaración sobre los derechos fundamentales en el trabajo de esta nueva humanidad que está sedimentando los primeros años de existencia sin la guerra fría pueden conducir al fortalecimiento de la idea de la justicia social. Y quiero decir con mucho énfasis: creo en la justicia social internacional. He venido sosteniendo a través del tiempo, que la obligación de justicia social que se impone a las personas y a los grupos dentro de cada comunidad nacional, tiene que aplicarse en el ámbito internacional, porque si existe una comunidad mundial -- y creo que existe en realidad --, está obligada a que cada uno de sus miembros aporte lo necesario para que los demás puedan vivir y desarrollarse de acuerdo con sus propias capacidades y con sus propios medios.

Creo que la justicia social internacional obliga a los países más poderosos y más ricos, no para concederles más derechos, sino para imponerles más obligaciones. Mientras mayor poder y mayor riqueza tienen, más obligados están a trabajar por el bienestar de la humanidad.

Cuando recibimos en Venezuela la muy grata visita del Sr. Presidente de los Estados Unidos de América, le dije: estamos conscientes de que el mundo marcha hacia un proceso de globalización, y esperamos que su país -- que tiene tanta influencia en el mundo -- contribuya a que la globalización no sea para crear mayores injusticias sino para que puedan obtenerse beneficios que lleguen a todos los sectores de la humanidad. Y esta lucha está planteada. Está planteada dentro de la paz. Está planteada dentro de la convicción de todo el mundo de que la guerra es una anomalía absurda que es necesario combatir y erradicar. Estamos convencidos de que la lucha por la paz está planteada, y de que este organismo, la Organización Internacional del Trabajo, estará siempre a la vanguardia en esa lucha.

Me siento orgulloso de mi vinculación con la OIT, de haberle servido como primer corresponsal de la institución en mi país, cuando era apenas un muchacho. Me siento orgulloso de su contribución y de la que modestamente hayamos podido hacer para su funcionamiento.

Creemos en la justicia. Creemos en la justicia social. Creemos en la justicia social internacional y por ella luchamos, y estamos convencidos de que de esta Organización, con todos los inconvenientes que se le puedan encontrar, saldrá siempre un aliento para seguir la lucha decidida de todos los hombres de buena voluntad en busca de la paz, que no se basa sino en la justicia y que tiene por sentido ofrecer a todos los hombres y a todos los pueblos la posibilidad de un desarrollo a través de un régimen de trabajo realmente humano.

La lucha de la OIT está planteada, y tiene sus enemigos; sin duda hay quienes han pensado, como se pensó en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial, que la Organización no tenía ya sentido, ni vigencia. Yo estoy convencido, por mi parte, de que la OIT es cada día más fuerte, porque se basa en el compromiso de hombres y mujeres de buena voluntad.

Ver aquí reunidos a los empresarios, defendiendo sus causas, con los trabajadores, defendiendo las suyas, a los gobiernos tratando de buscar el camino de la justicia, es un estímulo para todos los que creemos en Dios, para todos los que creemos en el bien, para todos los que creemos y aspiramos a una humanidad realmente, buena y feliz.

Luchemos pues por esto y no olvidemos que el mal tremendo que tenemos por delante es el de la desocupación y el desempleo. El desempleo no es un fenómeno local, todos los países del mundo están sufriéndolo y todos estamos obligados a luchar junto a ellos. ¿A través de qué caminos debemos hacerlo? Indudablemente que no se dan las condiciones para que el Estado cree artificialmente ocupaciones de trabajo, como se hizo en determinados momentos con resultados contraproducentes. Estamos convencidos de que cuando se facilita más educación, hay menos desempleo, y de que cuantas más posibilidades se ofrezcan a los hombres, menos posibilidades existen de que se vean abocados al desempleo y de que queden desamparados.

Esta es la lección que puede dar la Organización Internacional del Trabajo; por eso he dicho que en el derecho del trabajo del siglo XXI, más importante que el propio derecho del trabajo sea el derecho al trabajo, como una afirmación recogida en nuestras cartas constitucionales, como un derecho fundamental que, en sí, nos resulta muy difícil de llevar a la práctica.

Hagamos un esfuerzo común, alentemos las capacidades técnicas de esta Organización, démosle nuestra confianza para que lleve adelante esa lucha y así lograremos en muy poco tiempo la justicia social internacional que está esperando una humanidad inquieta y al propio tiempo un poco escéptica ante las promesas que se le hacen.

En un pequeño folleto que se va a distribuir está el discurso de Wilfred Jenks, que pronunció la última vez que visitó Caracas; sus últimas palabras fueron para decir que la justicia social internacional que yo he sostenido hoy ante ustedes es un principio en el cual él también creía.

Yo estoy convencido de que cuando Jenks dijo: «yo creo en la justicia social internacional» no estaba haciendo una afirmación individual, estaba hablando en nombre del organismo al que representaba, estaba hablando como Director General de la Oficina Internacional del Trabajo, y eso obliga a la Organización a seguir adelante con sus esfuerzos para que la equidad y la justicia puedan establecerse en los altos niveles de intercambio mundial, porque si no, la globalización no sería un consenso para llevar adelante al mundo, sino un mecanismo para perpetrar injusticias.

Creemos pues, repito, en la justicia social internacional y, expresando mi admiración profunda y mi solidaridad, reitero con todo cariño mi reconocimiento a la Organización Internacional del Trabajo.

No estoy hablando como persona, estoy hablando como representante de un país que cree en la OIT, que ha sido fiel a la OIT y que tiene las esperanzas de que las labores de esta Organización sirvan para afirmar los derechos de la humanidad y para lograr que éstos progresen.


Puesto al día por VC. Aprobada por RH. Ultima actualización: 26 de febrero de 2000.