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4. Los empresarios deciden: la formación como resultado de las políticas
empresariales
Desde los medios de difusión y las instituciones académicas o político-administrativas,
la creencia que ha ido conformando un discurso dominante sobre el trabajo,
es que la introducción de los ordenadores, del control numérico, de
los sistemas flexibles de fabricación y de las diversas aplicaciones
de la microelectrónica y la informática al diseño, la producción, la
gestión y la comercialización de bienes y servicios, son los causantes
de las bondades y maldades sobre el empleo, el trabajo y las cualificaciones.
En algún caso, esa creencia tiene tal fervor que en un estudio, más
o menos concienzudo, sobre la reorganización de la banca, se llega a
dibujar el retrato robot del empleado ideal para adaptarse a las nuevas
exigencias tecnológicas y del mercado: 35 años, diplomado o licenciado
en económicas y buen conocimiento de inglés. Todo ello, simplemente,
provocado por la innovación tecnológica.
Nuestro argumento aquí no contradice frontalmente esa necesidad de
transformación: simplemente quiere destacar que las decisiones sobre
asuntos tecnológicos, por supuesto, pero sobre todo, las decisiones
de los empresarios sobre organización del trabajo, o sobre la
política de la empresa de hacer los bienes o servicios dentro de ella,
o subcontratarlos, tienen mucha más importancia y repercusión en la
configuración de los puestos de trabajo de la empresa y en las cualificaciones
necesarias para los trabajadores. Y por tanto, en las necesidades de
formación continua que se deriven de las mismas.
Hasta ahora hemos visto en este recorrido que nos va a orientar
sobre los criterios que facilitan la detección de necesidades de
formación continua de los trabajadores, que frente a lo que se dice
con tanta frecuencia de que en los sistemas productivos, los sectores
y las empresas de que se ha roto con la lógica de la producción en serie
y de la separación entre decisión y ejecución favoreciendo un trabajo
más abstracto, intelectual, autónomo, en definitiva, más cualificado,
nos encontramos, sin embargo, con unos hechos mucho más diversos
donde al lado de una especialización flexible, muy abierta, hallamos
sistemas organizativos tradicionales con consecuencias negativas para
los trabajadores: desempleo, descualificación, intensidad de trabajo.
Y la mirada que proponemos quiere ser capaz de ver todos los trabajos,
todos los lados de la realidad. De otra manera, nuestro análisis para
la detección de necesidades de formación sería ilusorio y falso. Desde
el punto de vista de los trabajadores la frustración en ese caso sería
doble: primero porque añadiríamos una incertidumbre más al conocimiento
de nuestro futuro profesional.
La segunda frustración vendría a la hora de negociar con la empresa
sobre la formación: poco podríamos poner sobre la mesa como argumento
de razón si nuestro estudio del trabajo del futuro no se basa en los
más serios y rigurosos estudios.
Para evitarlo, creemos que hay que acabar con esa visión cerrada
y mecánica que está directamente vinculada a la creencia
de que los sistemas de máquinas, los sistemas técnicos hablando en términos
más generales, condicionan y limitan completamente las cualificaciones
de los distintos trabajadores. Dicho aun más claramente: que no hay
nada que escoger, y por tanto que negociar.
En contra de esa visión, la mejor investigación en ciencias sociales
del trabajo muestra que caben, dentro de un margen de maniobra,
de un abanico de posibilidades, opciones muy diversas en la forma en
que se combinan la organización del trabajo y las técnicas, incluidos
los programas informáticos.
El más exagerado exponente de aquella influencia de la ciencia ficción,
que habla del futuro para no mirar a un presente cada vez más complejo,
es la creencia en la próxima llegada de la fábrica sin trabajadores,
anunciada ya hace más de cien años. Y lo insólito de este florecimiento
de una visión tecnocrática del trabajo, en la actualidad, es que, a
poco que se hagan estudios directos sobre el terreno, o que simplemente
se sea trabajador directo, se encuentra pronto el trabajo perdido, los
trabajos tradicionales, oscuros, e incluso ilegales o clandestinos.
También entre los trabajadores está arraigada la creencia, que a veces
parece una fe de carbonero, en los efectos directos de las nuevas tecnologías
sobre el empleo y el trabajo, ya sea en una dirección u otra '...
se pensaba que con los nuevos adelantos tecnológicos también se iba
a generar empleo, y empleo de una cierta cualificación, pero a nosotros
nos está ocurriendo lo contrario..', nos han confiado unos sindicalistas.
En suma desde esas creencias, a las que se conoce como determinismo
tecnológico, se argumenta que existe una vinculación necesaria y
unívoca entre modernización tecnológica e impactos sociales que serían
inevitables. A las consecuencias que se deriven sólo se le podrían poner
remedios después que los procesos de innovación se han adoptado.
Esa inevitabilidad de las nuevas tecnologías termina generando la estereotipada
visión individualista que pregona insistentemente "que cada trabajador
debe formarse" como parte de una "aventura" en la que
ha venido a parar el empleo. O a considerar a los trabajadores experimentados
como trabajadores envejecidos que no podrían asumir plenamente la transición
tecnológica. Esta lógica también tiene sus efectos sobre la acción sindical
en la empresa por los escasos márgenes de negociación que suponen las
bajas incentivadas y prejubilaciones consecuencia de los planes de reestructuración
de las empresas por 'causas' tecnológicas.
Vemos, por ejemplo, que una empresa del sector químico puede acometer
un proceso de racionalización sustituyendo la cadena manual por la automática
reduciendo el número de trabajadores a la vez que recurre a la subcontratación
para el mantenimiento y la fabricación de envases con tres o cuatro
empresas '...los achuchan y les sale más barato..', nos dice
un sindicalista, utilizando a los trabajadores de la plantilla con más
de 20 años de antigüedad sin que necesite echar mano de ningún trabajador
tipo para la puesta en marcha del nuevo equipo y la adopción de nuevas
técnicas organizativas.
Mientras, empresas que hacen sofás tapizados utilizan jóvenes especialistas
en la incorporación del control numérico '... porque los de oficio
no valen...', subcontratando más del 50 por ciento de su producción.
O imprentas de artes gráficas recurren a los trabajadores de oficio
para la incorporación y adecuación de la nueva maquinaria a la producción.
Se puede llevar a cabo una profunda reorganización productiva por la
introducción de nuevas tecnologías y sistemas de organización con los
trabajadores de la empresa como sucedió en la década pasada en el caso
de Alfa Romeo, antes expuesto.
Es decir, en contextos de reorganización productiva y sectoriales el
recurso a la subcontratación a la introducción de nuevas tecnologías
y nuevas formas de organización es una opción empresarial que condiciona
la tecnología y la organización que se introduce, así como su implantación
en la empresa. Y, con ello, obviamente, las necesidades de formación
para los trabajadores ocupados.
Como ha mostrado también la investigación de forma abrumadora, recogiendo
estudios de casos de experiencias prácticas en las empresas nacionales
o multinacionales, las tecnologías permiten diversas combinaciones con
formas de organización del trabajo y que en condiciones sociales, sectoriales
y de mercado dadas son las políticas empresariales las que juegan un
importante papel en la determinación de las posibilidades de opción
empresarial en cuanto a qué organización introducir junto con la nueva
tecnología, condicionando así la forma en que se sitúen las empresas
sobre el margen de maniobra que permiten esas combinaciones entre tecnologías
y organización del trabajo.
Del alcance y las consecuencias de esas políticas podemos encontrarnos
con la decisión de disponer de nuevas instalaciones para la fabricación
de productos cosméticos para poco después ser abandonadas por su traslado
a otros centros de la empresa quedando esa instalación como almacén
de productos. Programas aprobados para los que se han realizado los
preparativos correspondientes son después abandonados '...dicen que
van a traer no sé que producción y cuando está todo preparado entonces
se decide que ya no se va a hacer eso...'.
Políticas de empresa centralizadas, en exceso, en un núcleo directivo
son el impedimento para que decisiones tomadas en los centros de producción
no lleguen a plasmarse '... aquí llevan intentando implantar un almacén
automatizado desde hace tres años, han presentado los proyectos y la
empresa (madre) los ha rechazado..'. Como consecuencia de esa política
surgen también inconvenientes para la puesta en marcha de los programas
que se deciden '..cuando se va a hacer una cosa de otra manera nos
enteramos cuando llega..'.
En otros casos, vemos como son las políticas empresariales las que
determinan los cambios ocupacionales, siendo la innovación tecnológica
un instrumento más de esas políticas, como sucede, por ejemplo, en el
sector de la industria auxiliar del automóvil, donde se puede
recurrir a la informática para mantener, romper o mejorar la relación
con la empresa madre, que en muchos casos son pequeñas empresas como
las ingenierías del sector de la electrónica.
Trabajando en el sector de la electrónica nos podemos encontrar
insertos en programas de promoción por la introducción de nueva maquinaria
para vernos después de incorporar maquinaria más automatizada fuera
de ese puesto de trabajo en otra sección realizando trabajos de menor
cualificación porque el nuevo puesto lo ocupa 'un especialista'.
Esa consecuencia es resultado de una política empresarial desde la que
se introduce la automatización para dividir el trabajo en tareas más
simples y repetitivas '.. tu puedes coger y poner al trabajador que
no tiene ni idea de electrónica a probar un producto y el que sale mal
lo aparta... y otra es que puedes estar probando y reparando..'.
En síntesis, además de conocer qué hace la empresa, qué va a hacer
la empresa y hacia dónde se dirige, nos interesa para la detección de
necesidades de formación acercarnos a las políticas empresariales para
determinar cómo se va a hacer: qué inversiones van a hacer y cómo
las van a realizar, para qué son esas inversiones, qué es lo que se
va a modificar, en qué plazos se va a llevar a cabo, qué objetivos se
plantea de cara al empleo y en qué medida cuenta con los actuales trabajadores,
qué organización se va a adoptar. Y entonces empezaremos a poder plantearnos
las cuestiones que suelen ser el principio de los métodos habituales
para el estudio de las necesidades de formación continúa.
En el marco que hemos esbozado, y con las reflexiones de cada uno de
los trabajadores de cada grupo de trabajo, de cada actividad, de cada
servicio, lleve a cabo, podremos empezar a comprender las direcciones
que va a tomar la formación continua, y con ellas nosotros, los trabajadores.
Se trata de opciones cuyo conocimiento resulta de nuestro interés para
determinar qué formación habrá que realizar. Sobre todo, cuando sabemos
que es predominante la concepción de que la formación más que una inversión
es un gasto y que de la misma forma que hay empresas que se anticipan
a los sistemas productivos que van a implantar preparando adecuadamente
a los trabajadores, hay otras muchas que lo hacen cuando los sistemas
están ya implantados.
Más cuando esos resultados se trasladan en paralelo a las formas en
que se ponen en marcha los planes de formación. Estamos acostumbrados
a conocer las propuestas de formación en el momento que se exige la
firma de los mismos por los representantes sindicales, e incluso, en
ocasiones, a que se recurra a un delegado de otro centro de la empresa
para su aprobación.
A través del conocimiento que aporta el preguntarse por las políticas
empresariales, por las opciones que hace el empresario, por sus proyectos
de futuro y la forma de llevarlos a cabo, y, gracias a lo que el responderse
a esas preguntas lleva consigo, se puede hallar mejor explicación de
hechos habituales, a la hora de diseñar planes de formación, y que pueden
ser muy negativos para amplios grupos de trabajadores.
Tal sería el caso de que los destinatarios principales de los cursos
de formación que se aprueban en las empresas sean los técnicos y directivos,
así como los trabajadores más cualificados, de manera que los trabajadores
menos cualificados suelen quedarse al margen '...si ves los planes
siempre se plantean una serie de acciones para los directivos..',
lo cual termina generando la creencia y colocándonos en la posición
de que '...a nosotros nos tienen como tapadera...',nos dice un
representante de los trabajadores directos esta primavera.
Romper con la visión determinista: lo que propone la empresa es inevitable,
impide enriquecer la negociación, ampliando el conocimiento que de la
realidad empresarial se tiene. Igualmente, supondría un ejercicio de
mayor participación en las empresas que facilitaría y ampliaría el marco
de decisión de los programas formativos hoy en manos (no siempre muy
expertas...) de los jefes de departamento. Incluso dotaría de mayor
significado la existencia de los Departamentos de Formación en las empresas
dado que en la práctica se encuentran escasamente integrado en el de
personal. O bien dotaría de significado a los propios departamentos
de formación de las empresas que aún hoy cuentan con ellos '... el
departamento de formación no determina los objetivos de la empresa porque
en realidad se limita a ser un gabinete receptor de aquellas demandas
que hacen los jefes de departamento...', con lo que en último término
llevaría al cumplimiento del auténtico objetivo del Programa de formación
contínua dejando de ser '...una formación finalista y a corto plazo..'
A lo largo de este capítulo planteamos distintas cuestiones. A modo
de recapitulación, destacamos aquí algunos interrogantes específicos
sobre los distintos modos de gestión empresarial:
¿Negocia la empresa sus planes y políticas a medio plazo?
¿Se ha constituido en la empresa alguna estructura organizativa (Comisión
Paritaria, por ejemplo, como la instituida por Convenio en Telefónica)
para tomar esas decisiones, el ritmo de su aplicación o su puesta en
marcha?
¿Quién compone esa estructura y qué funciones tiene?
¿Existen estructuras distintas según el nivel de decisiones? Por ejemplo,
a nivel del centro, división o taller.
