Los elementos externos que afectan los
procesos de negociación
Los sindicatos son (como se mencionó) en los cinco países
andinos las partes legitimadas para negociar en nombre de los trabajadores.
Sin embargo, las recientes evoluciones en los distintos ámbitos en que
éstos se desenvuelven hacen aparecer ante ellos numerosas cuestiones,
dilemas y retos.
Así, las reformas en las legislaciones laborales, fuertemente
vinculadas a una mayor apertura económica y al proceso de globalización
-con los consecuentes avances en el terreno de la flexibilidad laboral,
y la disminución del papel del estado como regulador y suministrador
de bienes y servicios-, han tenido, sin duda, un gran impacto en su
"modus operandi". A su vez, las transformaciones políticas,
sociales y económicas han servido también para complicar su función
y su papel en los distintos planos de acción. De forma paralela, las
empresas han generado posturas fuertes fundadas en el ahorro y en el
recorte de los costos (y en la continua espada de Damocles de la reducción
de efectivos humanos) que han hecho muy difícil a los trabajadores maniobrar
en condiciones de igualdad.
En la práctica, las consecuencias de dichas transformaciones
se han hecho sentir, y el temor a hacer valer las reivindicaciones laborales
en un mundo con altos índices de desempleo, se ha convertido en generalizado;
el miedo a perder su medio de subsistencia ha impedido "de facto"
que los trabajadores protesten contra los bajos salarios y las malas
condiciones de trabajo. De hecho, con frecuencia se escucha que desde
1980 no se han conseguido grandes reivindicaciones obreras, lo que se
debe en esencia, a dichos temores y a la falta de dinamismo de las organizaciones
sindicales en este contexto adverso y de crisis.
(i) Cambios normativos
Los cinco estudios nacionales demuestran que la democracia
política es indispensable para garantizar los derechos sindicales, pero
que no es suficiente por sí misma. Dicho de otro modo, su advenimiento
no significa el respeto automático de las normas del trabajo. Las violaciones
de los derechos a la libertad sindical y a la negociación colectiva
se cometen, de hecho, de manera más sutil y velada.
Así, si bien los países andinos son formalmente democracias,
el Perú posee en la actualidad el mayor número de quejas en la región
por violación a los convenios 87 y 98, relativos a la libertad sindical
y a la negociación colectiva respectivamente. Por su parte, en Bolivia,
el estado de sitio ha sido un recurso al cual se acude con frecuencia
cada vez que la COB presenta su pliego de peticiones, confinando a sus
irigentes a zonas inhóspitas. Más grave aún, en Colombia, los trabajadores
son asesinados, constituyéndose en el país con más alto número de sindicalistas
muertos y exiliados en otros países para proteger sus vidas.
La OIT ha llamado la atención sobre el hecho de que un
clima de violencia, constituye un grave obstáculo para el ejercicio
de los derechos sindicales y que tales actos exigen severas medidas
por parte de las autoridades. Por ello, ha reiterado que los derechos
sindicales solo pueden ejercerse en un clima desprovisto de violencia,
y de presiones o de amenazas de toda índole contra sus organizaciones,
y que incumbe a los gobiernos garantizar el respeto de este principio
(61).
Como se mencionó en el capítulo I, con excepción de Bolivia,
todos los países de la región andina han reformado desde 1990 sus legislaciones
laborales con el objetivo declarado de adaptarlas a las transformaciones
sociales y económicas. Sin embargo, la práctica muestra que lo que se
pretende a menudo a través de dichas modificaciones es desarticular
y limitar la capacidad de expresión del sindicalismo como actor social
y reconocerle sólo el papel de interlocutor respecto a intereses particulares
de carácter económico, ligados a la situación específica de cada empresa.
Han sido precisamente algunos sectores próximos a la empresa los que
han desatado una fuerte lucha política por modificar el marco institucional,
argumentando que éste genera en su aplicación situaciones que dificultan
la modernización productiva de las empresas, y promoviendo de forma
paralela la promulgación de normas que limitan la posibilidad de intervención
del sindicato en el proceso de modernización.
Asimismo, las estructuras institucionales restringen cada
vez más la acción de los sindicatos, ya que imponen demasiadas trabas
o les obligan a organizarse en un sentido opuesto al de la estructura
económica general. Por ejemplo, no cabe esperar que el movimiento sindical
sea sólido cuando la legislación favorece ante todo la constitución
de sindicatos en el ámbito de empresa con mas de 20 trabajadores, a
pesar que la producción está estructurada fundamentalmente con base
a pequeñas empresas con menos de 20. Así, la amplia mayoría de los trabajadores
de los países andinos no pueden ejercer el derecho a organizarse y en
consecuencia a negociar colectivamente, a pesar que ambos derechos están
contemplados en las leyes y constituciones de los estados andinos.
Es evidente que ésta situación debe modificarse sustancialmente
a medida que se profundicen las democracias en éstos países andinos.
En este sentido son esperanzadores los actuales procesos de diálogo
que se están desarrollando en Venezuela (acuerdo tripartito), Colombia
(pacto social y comisión tripartita), Ecuador (mesas de concertación)
y Bolivia (acuerdo tripartito de Santa Cruz). Perú, es la única excepción
en este sentido, a pesar que existen incipientes esfuerzos para iniciar
un diálogo entre organizaciones sindicales y empresarios.
(ii) Cambios económicos
La actuación de los sindicatos está fuertemente condicionada
por la apertura que deben efectuar las economías de los países andinos
para insertarse en el mercado internacional, colocándoles, por tanto,
en un contexto que trasciende fronteras y que les obliga a adecuar permanentemente
las condiciones internas a la evolución de las condiciones externas
de producción y distribución. De otra parte, la reactivación del mercado
común andino, los acuerdos de libre comercio y el surgimiento de otros
mercados comunes en Latinoamérica (MERCOSUR, TLC) llevan a los sindicatos
de cada país involucrado a ajustar sus propuestas y reivindicaciones
a la marcha de los mismos.
Aspectos tales como el costo de la mano de obra, los niveles
de protección social, la seguridad social y la salud y el bienestar
de los trabajadores, ya no constituyen fines en sí mismos que puedan
ser vistos, como en el pasado, en función de los logros internos de
la industrialización. En la actualidad, según se afirma, el crecimiento
depende de ser competitivos en el ámbito mundial y nacional, de captar
inversión extranjera para suplir la falta de recursos internos para
la inversión, así como de la manera en que sean incorporados por las
empresas transnacionales en sus procesos de globalización económica;
en suma, los países tienden a ser calibrados en función de cómo favorecen
y promueven los procesos citados.
El nuevo modelo de desarrollo tiende a operar fuera de
todo marco tradicional de relaciones políticas, por lo que aparentemente
hay una debilidad en la unión de los procedimientos económicos y el
sistema político. De hecho, la aplicación de medidas neoliberales (que
conllevan un nuevo modelo económico y nuevas propuestas de organización
del trabajo) ha aumentado el deterioro del nivel de vida de los trabajadores,
ya que provocan una mayor dificultad para poder establecer la conexión
entre el aumento de la productividad de las economías andinas con la
distribución de los beneficios del crecimiento económico (62).
Todo ello va perfilando de manera nítida el nuevo ámbito
en que se comienza a desarrollar la negociación, y que rebasa el esquema
sindical tradicional de distribución de la riqueza social, sustentado
en la articulación del crecimiento de la economía, con el nivel de salarios
y la tasa de inflación registrada.
En este complejo contexto de cambios económicos, se hace
cada vez más difícil para las organizaciones sindicales lograr aumentos
salariales y nuevas y mejores condiciones de trabajo y de vida, no siendo
así capaces de satisfacer las demandas de sus bases.
El resultado final es una progresiva baja en los niveles
de afiliación y de representatividad; el surgimiento de grupos de trabajadores
que negocian individualmente o corporativamente, al margen de los sindicatos;
el descrédito del sindicato, cuando no el desarrollo de formas organizativas
propiciadas por los mismos intereses patronales que fomentan el individualismo
y el progresivo aumento de las relaciones personales, en desmedro de
la organización laboral.
En este mismo contexto, desde 1990, los países andinos
han privatizado sus principales y mayores empresas afectando directamente
el desarrollo de las organizaciones sindicales. El carácter estratégico
de muchas empresas públicas (siderúrgica, petroquímica, ferrocarriles,
teléfonos, etc.) y la fortaleza de sus sindicatos permitió en otras
décadas negociar importantes beneficios económicos y de servicio, que
incrementaban indirectamente el poder adquisitivo. Por la magnitud de
los logros alcanzados, esos términos de contratación sirvieron de referencia
tanto a empresas como a sindicatos de otros sectores productivos para
sentar las bases o la plataforma mínima de negociación.
Los procesos de privatización, por el contrario, coadyuvaron
en los países andinos a la "precarización" del empleo (condiciones
económicas, contratos, etc.), convirtiéndose en un factor importante
para la modificación del marco institucional de las relaciones laborales,
en especial si se considera que las empresas del estado reflejaban de
manera nítida la política laboral que el mismo impulsaba. Así, tan pronto
como se privatiza una empresa estatal, desaparece el parámetro de evaluación
de los compromisos que este estaba dispuesto asumir con los sindicatos.
Asimismo, como consecuencia de las privatizaciones y de los despidos
provocados por la reestructuración, se ha ido contrayendo el sector
público, espacio en que los sindicatos eran poderosos. El caso de PETROPERU
resulta revelador, ya que en 1990 contaba con 11.300 trabajadores, siendo
en la actualidad, luego de la privatización, sólo 1.600.
La tendencia, en fin, es evitar a toda costa que el sindicalismo
continúe siendo un actor político para confinarlo a un papel de agente
micro económico, que únicamente gestione acuerdos de empresa, o que
sea un mero "tramitador" de compromisos en función de cuestiones
específicas y particulares.
(iii) Cambios en la empresa (nueva cultura productiva)
Pero no solamente los cambios y diversificación de la
estructura económica son procesos en curso que afectan a la naturaleza
de las organizaciones sindicales y a sus demandas. También hay que considerar
las innovaciones tecnológicas que se incorporan en la industria, los
servicios y la agroexportación, entre otras actividades económicas.
Es impresionante la extrema rapidez con que se producen los bienes y,
por tanto, los tiempos breves en que quedan obsoletos. De la misma manera,
la invención y la reinvención de nuevas maquinarias producen un impacto
significativo en la forma de organización del trabajo, lo que afecta
al nivel y la naturaleza del empleo.
En este contexto, los sectores económicos y empresariales
conciben de forma muy diversa el papel del sindicato. Así, mientras
algunos consideran al trabajador como un mero factor productivo
que puede ser utilizado o desechado según convenga únicamente a los
intereses de la empresa, otros piensan que el avance productivo es impensable
sin sindicatos fuertes que puedan protagonizar un papel importante dentro
del proceso de modernización. De forma más residual, algunos aún se
aferran a métodos tradicionales de producción (salarios bajos o materias
primas baratas) y evitan cualquier posición o dialogo con los trabajadores,
en aras a una mejora productiva.
La propuesta de una nueva relación entre empresa y sindicato,
que comienza en la planta, y que debiera reflejarse al nivel de los
nuevos pactos políticos y de los nuevos mecanismos de relación consecuentes,
se ve cuestionada por muy diversos factores, que van desde, por un lado,
los costos sociales que los trabajadores tienen que asumir en términos
de pérdida de empleos, proceso de desindicalización, caída de poder
adquisitivo y recorte de instituciones públicas que apoyaban el salario,
la educación y la salud del trabajador y su familia, hasta la cultura
de confrontación que aún persiste dentro de la empresa, debido a que
éstas insisten en obtener la cooperación incondicional de los trabajadores,
sin comprometerse a cubrir expectativas relacionadas con la participación
en la gestión, la estabilidad en el empleo, la formación profesional
del trabajador, o la salud laboral.
A ello se suma la disminución del papel del estado tanto
en la tutela de los derechos de los trabajadores, como en su papel de
mediador del desarrollo de las relaciones laborales, las cuales según
la "moda" pasan a definirse empresa por empresa, sin propiciar
paralelamente el establecimiento de verdaderas formas autónomas de regulación.
El resultado, es un panorama confuso, de desorientación
y en el que las organizaciones sindicales han perdido su verdadera capacidad
de decisión.
(iv) Cambios en la composición de la mano de obra
En estrecha relación con lo anterior están los efectos
sobre la composición de la mano de obra. La expansión de sectores como
servicios y comercio ha dado lugar al surgimiento de grupos de trabajadores
formados por jóvenes y mujeres, en general con escasa calificación técnica
pero con escolaridad relativamente alta. Se ha conformado así una cierta
clase media laboral en el sector privado que viene a reemplazar, en
parte, a la predominante antigua clase media educada de servidores y
oficinistas públicos, reducida drásticamente por la contracción del
empleo y la privatización en el sector estatal.
No obstante, hay que mencionar también que parte de este
grupo de trabajadores corresponde a generaciones de jóvenes tecnócratas,
calificados en la administración de negocios o en las tecnologías de
la informática. Esto dualiza el estrato al que nos estamos refiriendo
entre una élite mejor pagada y tecnificada y una masa de empleados que
en su mayoría no está organizada, no negocia colectivamente y, a menudo,
no disfruta de los beneficios y las protecciones que otorgaba el empleo
en la burocracia pública, que se desempeñan en microempresas de servicios
(63),
del todo diferentes a las complejas instituciones de la administración
del estado.
De otra parte, la reducción de los mercados de trabajo
formal, ha hecho más prominente el trabajador informal, en sus múltiples
versiones de cuentapropista, temporero, a tiempo parcial, a domicilio,
etc. El número creciente de trabajadores que ha pasado a formar parte
de este «nuevo» sector económico, y que no pueden ejercer el derecho
de negociación colectiva, no constituye un terreno fácil para la
actividad sindical resultando una situación especialmente compleja para
los trabajadores. Por ejemplo, en Venezuela, de cada diez nuevos empleos
generados durante los noventa, algo más de siete correspondieron al
sector informal, en Perú algo más de seis y medio, y en Colombia un
poco más de tres y medio.
La expansión del sector informal debilita enormemente
los esfuerzos de los sindicatos para movilizar y organizar a sus bases,
y por tanto la posibilidad de cumplir su función en la sociedad. El
crecimiento del empleo temporal y del sector no estructurado de la economía
supone la reducción del número de trabajadores que pueden organizarse,
lo que entraña problemas de representatividad. También supone la fragmentación
de la mano de obra, pues coexisten, en el mismo lugar trabajadores con
diferentes condiciones de empleo, reduciendo así la fuerza sindical
en la negociación colectiva.
De otra parte, la manufactura en la actualidad se caracteriza
por dos tipos de trabajadores: (i) aquéllos que por necesidades de la
empresa forman una especie de centro nuclear de trabajo, que necesita
de elevados índices de formación técnico profesional, y (ii) otros trabajadores,
quienes por el carácter sencillo de sus funciones tienden a considerarse
como un grupo que puede ser manejado, contratándolo y despidiéndolo
en manera elástica de acuerdo al nivel de la demanda, grupo que por
las prácticas de la empresa y por su formación parece ser condenado
al "analfabetismo tecnológico" quedando aún más vulnerable
dentro del mercado de trabajo.
Se añade, además, el crecimiento del sector servicios,
que comienza a ocupar una cantidad importante de trabajadores, con condiciones
salariales y derechos laborales menores a los de los obreros industriales,
o al del empleado del sector público. Así se expande un sector en el
cual sus trabajadores se caracterizan por un «nivel inferior» a la del
sector industrial y público, y con escasa experiencia sindical, lo que
significa todo un reto para organizarlos y hacer converger sus intereses
con los de los trabajadores sindicalizados.
El debilitamiento del área tradicional sindical, es así
palpable y el nuevo panorama obliga a las organizaciones sindicales
a establecer parámetros de negociación diferenciados, de acuerdo a las
distintas situaciones y tipos de asalariados que se mueven en el mercado
de trabajo.
Lo anteriormente mencionado indica una progresiva transformación
del tipo de estructura y composición del empleo sobre el cual operó
históricamente el sindicalismo. Por tanto, la imagen típica del sindicalizado:
trabajador manual de la industria, hombre, a tiempo completo y con cierta
estabilidad en el empleo, no es actualmente la predominante. Este nuevo
perfil de la base laboral implica complejos tipos de situaciones de
trabajo y de esquemas de relaciones laborales, que el sindicato deberá
tener en cuenta.
(v) Cambios en las actitudes y conductas de los trabajadores
También los estudios dejan entrever los cambios de actitudes
y conductas de los trabajadores, como un factor que influye en la negociación
colectiva y que está cambiando la base social de los sindicatos. La
experiencia y la lectura de las acciones sindicales en estos últimos
años, nos indican que el peso del sindicalismo no solo depende en la
actualidad de su número, de su extensión o de su versatilidad programática,
sino que muy especialmente de su capacidad para adaptarse a la evolución
de las mentalidades, nuevas actitudes y conductas de los trabajadores.
La diversidad de situaciones estructurales está creando
también sicologías específicas frente al trabajo, a la vida social y
política. La experiencia en los países andinos de autoritarismo, de
exacerbación del individualismo y la introducción de criterios fuertemente
mercantiles en la economía están dando lugar a orientaciones de comportamiento
de resistencia o adaptación- que deben ser considerados, a la
hora de replantear las acciones.
A pesar de todo, la óptica colectiva de la acción social
reside esencialmente en los trabajadores, en especial los que están
organizados. Sin embargo, no cabe duda que las «tradiciones obreras»
enfrentan nuevos retos culturales, provenientes de la juventud que no
vivió la aspiración industrial, la participación política, ni la cultura
de la promoción social. Estos retos pueden ser de signo positivo, como
por ejemplo, los que se relacionan con la apropiación de nuevos valores
de modernidad, secularización ideológica o con una cultura antiautoritaria.
Por ejemplo, en Venezuela en mayo de 1995, se comenzó
a desarrollar una experiencia inédita en América Latina, mientras la
CTV organizaba el XI Congreso en medio de una crisis estructural, decidió
organizar una «ronda» de diálogos con diversos sectores de la sociedad
civil, como del ámbito político. Así se desarrollaron diálogos con representantes
del Gobierno, de las Fuerzas Armadas, de la Iglesia Católica, partidos
políticos, estudiantes, asociaciones de vecinos, etc., sobre los más
diversos temas, con espíritu democrático y plural, para buscar respuestas
adecuadas y razonadas. Esta experiencia permitió al movimiento sindical
responder y presentar propuestas alternativas concretas para enfrentar
la crisis. Hoy día se vive un proceso de diálogo a través del cual se
han logrado obtener acuerdos tripartitos para reformar el marco normativo.
Esto también ha implicado que Venezuela sea el país en la subregión
donde existe una mayor cobertura de la negociación colectiva.
El sindicato tiene por ello, y en cuanto estandarte de
una visión colectiva de la acción social, un papel central que jugar,
y es consciente de que sólo una acción cooperativa y organizada puede
superar las tendencias individualistas de las nuevas generaciones, basadas
en un contexto económico, político y social muy diferente de aquel que
hizo nacer al sindicato tradicional.
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61. 297 Informe del Comité de Libertad
Sindical. Caso núm. 1787.
62. Las propuestas en materia laboral, en un escenario
dominado por el neoliberalismo, evitan los compromisos con las organizaciones
sindicales en materia de distribución de la riqueza, que en el período
de sustitución de importaciones se había sustentado en acuerdos nacionales.
63. En lo referido a la protección social, otro estudio
reciente (OIT/PNUD, 1997) muestra que los trabajadores en microempresas
prácticamente carecen de protección tanto para la vejez como en salud.
En Perú el 81% de los trabajadores no están cubiertos por el sistema
de pensiones, en Colombia es el 75%. En cuanto a la salud, la seguridad
social no cubre los requerimientos de atención del 83% de los trabajadores
en Colombia y del 78% en Perú.