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2.2. La función de las normas del trabajo y de la legislación
laboral en el sector informal
La importancia de las normas del trabajo y de la legislación
laboral para el sector informal puede examinarse desde una perspectiva
económica y desde el ángulo de los derechos sociales y humanos. Este
último tiene una importancia fundamental, pero empezaremos por el examen
del primero, puesto que está íntimamente relacionado con la discusión
que acabamos de mencionar.
2.2.1. Las repercusiones de las normas del trabajo
en la productividad
Como se ha dicho antes, el modelo neoclásico de desarrollo
económico puede cuestionarse desde diversos frentes. Por ejemplo, otros
modelos de desarrollo económico que reconocen las ineficiencias del
mercado y que aprecian también las ventajas económicas a largo plazo
que se derivan de mantener y fomentar el entramado social de la sociedad,
han conducido a unas conclusiones muy distintas sobre la importancia
de las normas del trabajo y de las instituciones del mercado de trabajo,
como los sindicatos. Según el modelo institucional o estructuralista
de desarrollo económico, deberíamos preocuparnos de las repercusiones
que la competencia desleal del mercado de trabajo informal puede tener
en la productividad de ese sector, y también de cómo podría afectar
la viabilidad económica a largo plazo de la economía del sector formal
(Sengenberger, 1994; Lee, 1997, 1998 y 1999). Tradicionalmente, los
sindicatos han estado preocupados por el hecho de que si no hay unas
normas del trabajo mínimas se produciría una «carrera hacia atrás» de
las condiciones de trabajo, lo cual tendría consecuencias económicas
y sociales negativas. Sobre todo en los países que tienen mucho excedente
de mano de obra, el incumplimiento de normas del trabajo tales como
la libertad sindical, los salarios mínimos, el número máximo de horas
de trabajo y las disposiciones reglamentarias sobre salud y seguridad
en el trabajo, incitarán a los empresarios a competir entre sí a través
de una reducción de los costos laborales. Ello reduciría o eliminaría
igualmente los incentivos que hubiesen tenido de otro modo para competir
por medio de productos de mejor calidad, tecnología y estrategias comerciales.
El resultado final es una mayor competencia en el mercado de trabajo,
más explotación de los trabajadores, menos productividad, una asignación
poco eficaz de los escasos recursos disponibles, un crecimiento económico
más lento y menos prosperidad para todos. Por consiguiente, serían erróneos
los argumentos que esgrimen los economistas neoclásicos en el sentido
de que la desreglamentación liberaría el potencial creativo del sector
informal y favorecería la innovación, una mayor competencia en los mercados
de productos y la producción de bienes de mayor valor.
Para responder a las cuestiones antes mencionadas, un
economista de corte neoclásico tal vez argumentase que si tuviera interés
económico para los empresarios poner en práctica las normas del trabajo,
ya lo harían por sí mismos, sin necesidad de apremio por parte del Estado.
Además, los economistas de este tipo señalarían probablemente
las encuestas de los operadores del sector informal, que muestran que
muchos empresarios piensan que las repercusiones financieras de tener
que cumplir la legislación laboral los pondría fuera de combate, y ésta
es precisamente la razón por la cual escogen actuar fuera del sector
formal. Pero el hecho de que los microempresarios puedan desear minimizar
los costos laborales a corto plazo, a pesar de las repercusiones negativas
que ello tiene en la productividad, no significa necesariamente que
éste sea un planteamiento económicamente racional: no hace más que reflejar
el hecho de que la mayor parte de los operadores del sector informal
se ven forzados, por las circunstancias económicas, a adoptar una perspectiva
a muy corto plazo. Para ellos, las prioridades son la supervivencia
de cada día y los problemas inmediatos de activo líquido, puesto que
el acceso al crédito les está muy limitado: en su mundo no existe una
perspectiva «a largo plazo» y por lo tanto no pueden permitirse el lujo
de pensar que el cumplimiento de las normas del trabajo, como las condiciones
de salud y seguridad, tendrá como resultado menos accidentes profesionales,
que se traducirán en un aumento de la producción, menos costos laborales
por unidad y beneficios más elevados.
Existe también el problema de los «aprovechados»: los
empresarios del sector informal se mostrarán reticentes a emprender
una estrategia que pudiera suponer unos costos laborales algo más elevados
a corto plazo (con vistas a obtener una mayor productividad y unos menores
costos unitarios a largo plazo) porque temen que otros empresarios no
quieran seguir la misma estrategia. El empresario que no cumple las
normas del trabajo puede permitirse precios más bajos que los que las
cumplen, y los pone fuera de combate antes de que tengan la oportunidad
de conseguir los beneficios de productividad que se derivan de cumplir
las normas del trabajo.
Este es otro ejemplo de ineficiencia del mercado y una
justificación económica para la intervención estatal en forma de legislación
laboral, inspección del trabajo y aplicación de las normas laborales
mínimas en toda la economía.
En los últimos años, la OIT ha emprendido una considerable
labor analítica, y varios países han llevado a cabo estudios para examinar
el «costo de la legalidad» para el sector informal, en un intento de
evaluar las tesis contradictorias de los modelos neoclásico y estructuralista
de la teoría económica. Por ejemplo, Vargha (1992) ofrece un interesante
resumen de las condiciones de trabajo que las microempresas respetuosas
de la ley de la República Unida de Tanzanía tendrían que aplicar a sus
empleados (sin contar a los trabajadores ocasionales): no deberían tener
menos de 15 años de edad, ni trabajar más de nueve horas al día ni de
45 horas por semana; no deberían percibir una retribución inferior al
salario mínimo y deberían cobrar regularmente su paga, en dinero circulante;
deberían tener libre un día de cada siete y 28 días de vacaciones pagadas
al año; deberían recibir ropas protectoras adecuadas y estar en un medio
ambiente de trabajo seguro; el empleador y el empleado tendrían que
contribuir al fondo nacional de pensiones (NPF) por un monto equivalente
al 10 por ciento de los salarios, y los empleados tendrían que tener
un seguro de accidentes, ayuda médica y enfermedades profesionales.
Los costos de todos los requisitos legales antes mencionados
fueron evaluados de manera aproximada y se llegó a la conclusión de
que la principal razón por la cual los empresarios no respetaban
los requisitos legales giraba en torno de los costos elevados, las vacaciones
anuales pagadas, el seguro de indemnización de los trabajadores y las
contribuciones al NPF.
La autora concluía que la empresa no podría seguir siendo
viable si tuviera que absorber todos estos costos, pero señalaba que
ciertos costos podrían absorberse simplemente con una mejor organización
del trabajo y del proceso de producción. Por ejemplo, si la organización
de la producción se reajustase, probablemente podrían reducirse las
horas de trabajo y respetarse el descanso semanal sin incurrir en gastos
adicionales. Esto mejoraría también la eficacia de los trabajadores.
Además, según la autora, era evidente que los trabajadores estarían
mejor protegidos contra accidentes y enfermedades si se les suministrasen
ropas adecuadas de protección. Ello tendría una doble ventaja para los
empresarios. En primer lugar, disminuiría el monto de los gastos médicos
y el número de días de trabajo perdidos y, en segundo lugar, se produciría
una mejora en la productividad de los trabajadores.
Para ilustrar esto, Vargha presenta el ejemplo de los
trabajadores de una pequeña empresa de la República Unida de Tanzanía
que producía aceite de cocina. Las semillas de las que se extraía este
aceite producían mucho polvo y en los locales no había ventilación adecuada.
Los trabajadores inhalaban el polvo, puesto que no se les suministraban
máscaras protectoras, y ello perjudicaba sus pulmones y los hacía propensos
a enfermedades. El propietario de la empresa era consciente de que tenía
un entorno de trabajo muy deficiente, pero no estaba preparado para
adoptar ninguna acción correctora. Pero, como la autora señala, si el
propietario hubiese tenido acceso al crédito y hubiese podido ofrecer
un entorno laboral más saludable, los beneficios que se hubiesen podido
obtener por medio de esta inversión hubiesen sido superiores a los costos
de los gastos médicos a que hubo que someter a los trabajadores, y la
productividad laboral hubiese aumentado. No obstante, aun en un ejemplo
como este, considerando la precariedad financiera de las pequeñas empresas,
podría examinarse el modo de disminuir los costos de ciertos requisitos
de seguridad y salud. Se podría exigir a los pequeños empresarios que
adoptaran equipos más baratos y/o el costo de tales equipos podría considerarse
como un costo de inversión que desgravase los impuestos.
