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América Latina: empleo y equidad en los
noventa
La mayor contribución de la nueva estrategia de desarrollo
en los años noventa ha radicado en su capacidad de generar nuevas dinámicas
de crecimiento en un marco de estabilidad macroeconómica y de exitoso
control de la inflación, reduciendo la pobreza absoluta e incrementando
el ritmo de creación de empleo, aunque en ocupaciones de baja calidad,
mientras se mantiene o empeora el nivel de desigualdad distributiva
que ha caracterizado históricamente a la región.
1. Tendencias en materia de empleo
Como promedio para la región, entre 1990 y 1997 el
desempleo abierto se elevó, mientras que la productividad no agrícola
se mantuvo practicamente estancada. Estos resultados fueron consecuencia
de significativos aumentos de productividad en los sectores modernos
con especial referencia a las actividades de exportación y a los servicios
a ellas vinculados. Paralelamente el producto medio por trabajador ocupado
en actividades informales no vinculadas a sectores dinámicos tendió
a reducirse.
Nueve países que abarcan más del 85% de la población
regional, entre comienzos y mediados de la década actual registraron
un incremento de 11% en la brecha de productividad media entre los sectores
productores de bienes y los de servicios. Los datos se refieren a Argentina,
Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, México, Panamá, Perú y Venezuela.
El sector productor de bienes comprende industria manufacturera, electricidad,
gas y agua, y construcción y excluye agricultura y minería. El sector
servicios incluye comercio, transporte, almacenamiento y comunicaciones,
establecimientos financieros, seguros, bienes inmuebles y servicios
prestados a las empresas, además de servicios personales, sociales y
comunales. De acuerdo a las estimaciones de OIT, el producto por ocupado
en el sector productor de bienes aumentó en 1,6% por año, mientras en
los servicios la productividad media habría disminuido en siete de los
nueve países. Dentro del sector servicios, el producto por ocupado de
los establecimientos financieros, bienes inmuebles y servicios prestados
a las empresas aumentó a una tasa anual de 3% como promedio simple de
los nueve países. (OIT, 1997, Anexo, Cuadro 2). Ahora bién las actividades
de exportacion se ubican mayoritariamente en los sectores productores
de bienes (semimanufacturas intensivas en recursos naturales, y manufacturas
con diferentes grados de incorporación tecnológica). Los sectores moderno
nacional y transnacional invierten en estos sectores productores de
bienes y en las actividades de servicios que los complementan técnicamente
como es el caso del transporte, el almacenamiento, las comunicaciones,
los establecimientos financieros, los seguros y los servicios prestados
a las empresas. Es precisamente en estos sectores donde la productividad
aumentó, disminuyendo en la otra vasta gama de servicios correspondientes
a las actividades informales de mala calidad.
Desde otro ángulo, entre 1990 y 1996 aumentó la ocupación
en los estratos de baja productividad e ingreso y disminuyó al mismo
tiempo la participación de los sectores modernos que demandan fuerza
de trabajo más calificada y generan empleos de mejor calidad (mayores
niveles de protección social, estabilidad e ingresos). En el conjunto
de la región, el sector informal habría aumentado su participación en
el empleo no agrícola en cerca de seis puntos porcentuales (de 51,6%
a 57,4%). Alrededor de ocho de cada diez puestos de trabajo creados
en los años noventa correspondieron a ocupaciones en el sector informal.
De ellos, la mitad correspondió a asalariados de microempresas, y la
otra mitad fué autoempleo o servicio doméstico. Con fluctuaciones nacionales
la informalidad en materia de empleos creció en los catorce países relevados
(véase cuadro 1). Nótese sin embargo que en las microempresas la productividad
y el ingreso de los trabajadores ocupados son cercanos a los promedios
nacionales.
Ver
gráfico 1
2. Tendencias distributivas
En materia distributiva, las remuneraciones medias
crecieron más lentamente que el producto por habitante y se acentuaron
las disparidades entre los ocupados de mayor y menor calificación. En
este sentido América Latina no es ajena a la pauta mundial en tal dirección
agudizada por la propagación de las tecnologías de la información. La
evolución de las remuneraciones de los ocupados con distintos niveles
de calificación indica que en ocho de diez países aumentaron las distancias
entre los ingresos medios de los profesionales y técnicos y los ingresos
de la mano de obra ocupada en sectores de baja productividad. Las cifras
anteriores se refieren a las zonas urbanas de Bolivia, Brasil, Chile,
Colombia, Costa Rica, Honduras, México, Paraguay, Uruguay y Venezuela
y corresponden en la mayoría de los casos al período 1990 - 1994. (Véase
CEPAL, la brecha de la equidad, capítulo II, cuadro II, 5).
El decil superior de la distribución evidenció capacidad
para sostener su participación en el ingreso en los períodos en que
la economía se estancó o decreció y para acrecentarla con mayor rapidez
en las fases de recuperación del crecimiento. En cambio el 40% de hogares
más pobres, en similares circunstancias enfrentó caída de las remuneraciones
medias, del salario mínimo y elevación de los niveles de desempleo.
De otro lado la recuperación del crecimiento y de la estabilidad macroeconómica
contribuyeron a la desconcentración del ingreso. La recuperación del
poder adquisitivo de los salarios por el control de la inflación y el
aumento del gasto social por habitante en los años noventa también fueron
influencias positivas.
El gráfico 2, muestra el saldo neto de estas influencias
a través del índice de Gini. En siete (Bolivia, Brasil, Chile, Costa
Rica, México, Panamá y Venezuela) de los once países para los que se
dispuso de información la desigualdad se mantuvo, en tres de ellos (Argentina,
Colombia, Paraguay) aumentó, y sólo disminuyó en Uruguay.
Ver
gráfico 2
3. Tendencias en materia de pobreza
Respecto de los niveles de pobreza, el gráfico 3 muestra
que en nueve (Colombia, Perú, Brasil, México, Panamá, Chile,
Costa Rica, Uruguay y Argentina) de doce países para los que se dispuso
de información la pobreza disminuyó en más de 10% con respecto a sus
niveles iniciales, en dos (Bolivia y Paraguay) la disminución fue menor,
y sólo aumento en Venezuela. El promedio simple de las cifras anteriores
indica que el porcentaje de hogares urbanos pobres, durante la primera
mitad de los noventa, bajó de 32% a 27%. Es más difícil evaluar el impacto
de los cambios en el área rural. La tendencia general, empero, indica
que las mejoras fueron allí mínimas: el porcentaje de hogares pobres
se habría reducido marginalmente de 56% a 55%.
Ver
Gráfico 3
