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Síntesis introductoria
El impacto de los procesos y acuerdos de integración
regional sobre las oportunidades laborales y las relaciones de trabajo,
exige un análisis dinámico relativo al desarrollo de largo plazo de
las sociedades nacionales que se integran. Conviene efectuar dicho examen
en el contexto de la actual revolución técnológica y de la globalización
de la economía mundial desde el ángulo de sus consecuencias específicas
sobre los países en desarrollo y los latinoamericanos en particular.
En el norte desarrollado, la propagación de las tecnologías
de la información reduce las oportunidades de empleo y de ingresos para
los trabajadores de escasa calificación que desempeñan tareas repetitivas
o rutinarias en la producción de bienes o servicios, y aumenta las de
los altamente calificados, productores de bienes inmateriales o simbólicos
intensivos en conocimiento. Los principales damnificados por estas tendencias
son los trabajadores de menor educación de los países desarrollados,
primero porque allí las tecnologías de la información se han propagado
de manera más amplia, y segundo porque la globalización productiva traslada
los procesos rutinarios de producción a las zonas procesadoras de exportaciones
de los países en desarrollo. De esa manera las subsidiarias de las grandes
firmas manufactureras obtienen ventajas competitivas combinando la alta
productividad de sus avanzadas tecnologías con los bajos costos (laborales,
ambientales, etc.) de las zonas en desarrollo donde localizan su producción.
Se está gestando así en los países desarrollados un problema potencial
(cuyos alcances son aún inciertos) que suscita reacciones de naturaleza
social, sindical y política tendientes a proteger las oportunidades
de empleo amenazadas por estas tendencias.
En el eje norte-sur las subsidiarias de empresas transnacionales
se localizan en las zonas procesadoras de exportaciones para aprovechar
costos (laborales, ambientales, etc.) más reducidos en la elaboración
de manufacturas durables de uso final (microelectrónica, automotores,
indumentaria, etc.), o explotar recursos naturales más accesibles y
baratos en las fases primarias de los procesos de agregación de valor.
Como acontece con las "maquiladoras" de México, Centroamérica
y el Caribe, estas zonas procesadoras de exportaciones se localizan
cercanamente a grandes mercados, como el estadounidense, para aprovechar
al máximo los costos más reducidos de transporte.
La presencia transnacional en materia de capitales
y de tecnología, se orienta masivamente a aprovechar los mercados emergentes
de los países en desarrollo, con lo que su contribución al empleo y
al producto domésticos en las actividades de servicios puede ser más
amplia y sostenida en el tiempo. Al igual que en las actividades productoras
de bienes es necesario, sin embargo, computar dos efectos. De un lado
la creación de empleos derivada de la presencia transnacional, y del
otro la eliminación eventual de empleos preexistentes en empresas locales
especializadas en actividades similares.
En América Latina y el Caribe, la mayor contribución
de la nueva estrategia de desarrollo en los años noventa ha radicado
en su capacidad de generar nuevas dinámicas de crecimiento en un marco
de estabilidad macroeconómica y de exitoso control de la inflación,
reduciendo la pobreza absoluta e incrementando el ritmo de creación
de empleo, aunque en ocupaciones de baja calidad, mientras se mantiene
o empeora el nivel de desigualdad distributiva que ha caracterizado
históricamente a la región.
La expresión "regionalismos abiertos" es
utilizada fundamentalmente por los economistas para referirse a las
modalidades económicas de la integración que son compatibles con las
estrategias de desarrollo abierto al proceso de globalización mundial
y con las reglas de juego del multilateralismo global. Pero el multilateralismo
(no discriminación y trato nacional) y del regionalismo abierto (discriminación
o "preferencialismo" compatible con la OMC) no son directamente
aplicables a los mercados de trabajo por las profundas implicaciones
políticas, económicas, y culturales en la organización de las sociedades
nacionales que derivan de la operatoria de estos mercados.
A los efectos de analizar estos aspectos laborales
conviene distinguir entre dos tipos (A y B) de acuerdos de integración.
El tipo A son Acuerdos de Libre Comercio vale decir, orientados a suscribir
compromisos de liberalización recíproca de los mercados de bienes ,
de servicios, de capitales, y de tecnología. Los de tipo B son aquellos
que incluyen cláusulas sociales y se plantean como objetivo explícito
avanzar, al menos, hacia la constitución de mercados comunes.
En este contexto cabe formularse el siguiente interrogante:
de qué manera la integración regional de las economías de América Latina
puede acrecentar las oportunidades de empleo con productividad, calificación
e ingresos superiores al promedio nacional de los países que se integran?
No debe olvidarse, en primer lugar, que el porcentaje
de empleos respecto del empleo total generados por las exportaciones,
no puede ser en promedio muy superior a la proporción de las exportaciones
en el producto total. El intercambio que se verifica en el marco de
los acuerdos de integración es a su vez una proporción todavía pequeña
del comercio total. En consecuencia los empleos directamente atribuibles
a las exportaciones recíprocas en cada acuerdo constituyen un porcentaje
muy exiguo, aún suponiendo que la productividad media del empleo utilizado
en las exportaciones fuera igual a la productividad media de la economía.
Este supuesto puede ser cierto para las pymes y las microempresas pero
no lo es para las empresas de gran escala que desarrollan la mayor parte
de la exportación de bienes cuya productividad es muy superior a la
media de la economía. Lo anterior, permite sugerir que el principal
impacto en materia de empleos no se verifica en el ámbito del comercio
internacional y mucho menos por el intercambio entre países miembros
de acuerdos de integración.
Quizá resulte más fructífero examinar el "efecto
empleo" atribuible a las inversiones originadas en los procesos
de globalización, asumiendo que los acuerdos de integración de ambos
tipos son parte constitutiva de esos procesos.
El tema así planteado parece instalarse en el ámbito
de la globalización y desechar los efectos o impactos de la integración
propiamente dicha. Sin embargo no es así, pues una cuota significativa
de las inversiones provenientes de las grandes empresas transnacionales
se explica por las oportunidades económicas que abren los acuerdos.
Las tendencias examinadas en la sección II parecen
sugerir que la escala y el mayor dinamismo de los mercados integrados,
no se ha manifestado positivamente en materia de empleo y distribución
del ingreso. Esto es atribuible a que la composición del crecimiento
de la inversión favorece más que proporcionalmente a las actividades
de gran escala y productividad directamente estimuladas por el proceso
de globalización, y perjudica relativamente a las pymes y microempresas
que generan la mayor proporción de empleos en la región.
En resumen, la integración regional de las economías
latinoamericanas favorece de dos maneras principales el crecimiento
del producto y del empleo. Primero posibilita la creación de áreas naturales
de integración estimulando la rentabilidad de las inversiones allí localizadas
que se dirigen al mercado interior, cuya expansión permite un mejor
aprovechamiento de las reducciones de costos unitarios derivados tanto
de economías de escala y especialización, como de la combinación de
productividades "desarrolladas" con salarios "subdesarrollados".
Y segundo, al crear condiciones para expandir el mercado interno (sobre
bases totalmente compatibles con el estilo abierto del desarrollo actual)
favorece las oportunidades económicas de las empresas medianas y pequeñas
(nacionales y extranjeras) y de las microempresas (fundamentalmente
nacionales) cuya contribución al empleo total especialmente en el área
de los servicios es decisiva.
La línea "divisoria de aguas" que marca una
fuerte irrupción de los temas "sociales" en el proceso de
integración regional, se alcanza cuando se asumen compromisos, y se
implementan iniciativas orientadas a avanzar hacia la constitución de
mercados comunes (o de acuerdos aún más profundos) que garanticen la
plena libertad migratoria en los espacios económicos ampliados. Este
grupo de acuerdos es lo que en este trabajo hemos denominado por razones
de brevedad, acuerdos de tipo B.
En el marco de las consideraciones anteriores, la constitución
de mercados comunes plantea desafíos a tres conjuntos de regímenes y
políticas cuya convergencia se requiere para integrar gradualmente los
mercados de trabajo: a) la de los regímenes y políticas migratorios;
b) la de los regímenes y políticas sociales cuya vigencia contribuye
a efectivizar el derecho a trabajar en otro país miembro c) la de los
regímenes y políticas relacionados con la formación de recursos humanos.
