Monitoreo y Evaluación
Si bien el monitoreo de las acciones y la evaluación
de resultados han estado siempre presentes como preocupación
y como requisito en el diseño de las políticas sociales,
generalmente se los considera como dimensiones externas, controladoras
y posteriores al proceso de desarrollo e implementación.
Sin embargo, sin ellos no se dispone de insumos para orientar el
rumbo y, menos aún, la mejora continua. Sólo conociendo
lo que pasa se puede transformar. Por ello, una concepción
sistémica e integral de las políticas requiere incorporar
el monitoreo y la evaluación como componente, en cuanto ambos
son herramientas interdependientes y básicas para la gestión.
Por tanto, no deberían pensarse como acciones a encarar en
forma separada y luego de finalizada la intervención. Sin
ellos, el aprendizaje individual e institucional no es posible.
El Monitoreo es el proceso continuo y sistemático
mediante el cual se verifica la eficiencia y la eficacia de un proyecto,
se identifican sus logros y debilidades y, a partir de ello, se
encaran medidas correctivas para optimizar los resultados esperados
a largo plazo. Es, por tanto, un factor de rectificación
o profundización de la ejecución y para asegurar la
retroalimentación entre los objetivos y presupuestos teóricos
y las lecciones aprendidas a partir de la práctica. Asimismo,
es el responsable de preparar y aportar la información que
hace posible sistematizar resultados y procesos y, por tanto, es
un insumo básico para la evaluación.
La evaluación es el proceso de investigación
y análisis de los cambios que se materializan en el mediano
y largo plazo, como consecuencia directa o indirecta del quehacer
de una intervención. Por ello, se constituye en una herramienta
para la transformación que arroja luz sobre las alternativas
para la mejora permanente de las intervenciones presentes y futuras,
o sea transfiere buenas prácticas. Desde esta concepción,
el Monitoreo y la Evaluación tienen que ser coherentes con
su objeto de análisis, o sea, en nuestro caso, la política
de empleo y formación. Por tanto, deberían igualmente
adoptar sus criterios rectores y concebirse como una herramienta
para la acción y para habilitar e incluir la participación
de los diferentes actores.
A su vez ambos deberían acompañar
todo el proceso, lo que en el caso de la evaluación plantea
la consideración, como mínimo, de una evaluación
ex ante, una intermedia y otra ex post.
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