Del mismo modo, aunque son jefas de una quinta parte de los hogares
rurales y, en algunas regiones, de más de un tercio de
los mismos, ellas sólo son propietarias de alrededor del
1% de las tierras. Así, a pesar de los avances jurídicos
alcanzados en los últimos años, el acceso y control
sobre la propiedad de la tierra sigue estando recortado y limitado
para la mayor parte de las mujeres rurales, lo que agudiza sus
dificultades y limitaciones de acceso al crédito, a la
asistencia técnica y a la participación, esenciales
para el desarrollo. Menos aún son valoradas las tareas
reproductivas diarias (provisión de combustible, agua y
comida para el consumo de la casa y para la venta) que están
casi exclusivamente a su cargo y que ejercen conjuntamente con
la actividad productiva. Al ser las principales responsables del
trabajo doméstico, las mujeres desempeñan un rol
primordial en la economía de los hogares rurales y se constituyen
en las principales garantes de su subsistencia. Pero este aporte,
que implica sistemáticamente una "doble jornada de
trabajo", cualquiera sea la región geográfica
de la que se trate, queda normalmente invisibilizado. Así,
un diagnóstico del IICA y del BID (1995) muestra que el
volumen de la población femenina económicamente
activa en el sector agropecuario, es hasta cinco veces mayor al
que ofrecen los datos de encuestas y censos oficiales.
Desde ya que en los países de bajos ingresos y con déficit
de alimentación esta inequidad es aún más
notoria y determina una clara asociación entre mujer y
pobreza, que adquiere proporciones dramáticas en el medio
rural. Las estadísticas demuestran que casi el 70% de las
mujeres económicamente activas trabajan en el sector agrícola
en las regiones emergentes y que las campesinas constituyen hoy
la mayoría de los 1.500 millones de personas que viven
en la pobreza absoluta. Cuando el acceso a los medios de producción
de las campesinas disminuye, el número de personas que
sufre de pobreza y de sus efectos directos (hambre, desnutrición
y enfermedad), aumenta ineludiblemente. Asimismo, la sobrecarga
de trabajo de las mujeres se refleja en un fuerte incremento del
trabajo infantil con el consiguiente aumento de la deserción
escolar; en la ausencia de acceso a la tecnología; así
como de organismos públicos de seguridad social y de apoyo
durante la vejez.
La no consideración de estas cuestiones en las políticas
incide fuertemente en los resultados esperados e incluso puede
aumentar la carga de trabajo femenina, afectar su salud y, desde
ya, implica un desaprovechamiento notorio de sus aportes y de
sus capacidades. Por ello, la incorporación de una sistemática
lectura de género de los procesos de desarrollo es imprescindible
y debe estar presente desde el diagnóstico de la situación
de partida y en cada instancia y modalidad de intervención
para poder asegurar la efectividad, calidad y sostenibilidad de
las acciones emprendidas.