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Fecha de actualización:
17/07/2008

 

 

ECONOMÍA INFORMAL Y GÉNERO

 

Pese a haber sufrido varias transformaciones, la división sexual del trabajo, mantiene la asignación casi exclusiva a las mujeres de las tareas domésticas, reproductivas y de cuidado del hogar y la familia. A ello se suman los cambios sociales y demográficos que se están produciendo, como la migración, el aumento de las tasas de divorcio, el incremento de la cantidad de mujeres jefas de familia, etc. Los efectos de esta división se expresan en una sobrecarga de trabajo sin reconocimiento social, ausencia de tiempo disponible para capacitación y recreación, deficiente acceso a los sistemas de información, limitando las opciones de ingreso al mercado laboral, las posibilidades de participar en la vida social y política, y de tomar decisiones. Estas, entre otras, son algunas de las causas por las cuales las mujeres suelen ser mayoría en el desempeño de las actividades informales.


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En el año 2001, el 49,7% del empleo femenino era informal, mientras para los hombres esta cifra fue de 43,8%. A su vez, al interior de la economía informal, las mujeres se concentran en las categorías más inestables, desprotegidas y precarias por lo que las condiciones de su inserción son aún inferiores a la masculina. Asimismo, son más proclives a vincularse como empleadas en unidades económicas de pequeña escala, donde su contribución es invisible y casi no se las tiene en cuenta. También es frecuente que se dediquen a actividades agrícolas, que en muchos países de la región ni siquiera son consideradas dentro de los sistemas estadísticos.

Al interior del sector informal el trabajo a domicilio, el trabajo por cuenta propia y el trabajo doméstico son las categorías proporcionalmente más importantes en el total de mujeres trabajadoras. El trabajo a domicilio ofrece a las mujeres la mejor posibilidad de compatibilizar sus responsabilidades domésticas y familiares con actividades remuneradas. A las tradicionales tareas correspondientes al sector textil y de la confección, se agregan ahora los nuevos servicios tecnológicos (ventas telefónicas, consultorías, Internet, etc.), las fases productivas manufactureras terciarizadas, maquila de bajo porte y otras vinculadas al traslado al ámbito productivo de muchas de las actividades domésticas, lo que genera un espectro altamente heterogéneo tanto en las condiciones y ritmos como en los requerimientos educativos y formativos. En las actividades que requieren mayor intensidad tecnológica y calificación existen mejores condiciones, como ser, la existencia de un contrato escrito, beneficios y prestaciones sociales similares a quienes trabajan en la empresa y remuneraciones competitivas con el mercado local. Para la mujer, el trabajo a domicilio es también en el domicilio, lo que hace que los límites entre el trabajo remunerado y las ocupaciones domésticas se tornen difusos. Los hombres en cambio, se desempeñan mayoritariamente en un lugar especial de trabajo, aunque sea junto a su vivienda y normalmente tienen un ayudante lo que hace que la jornada no sea tan extensa. Las trabajadoras por cuenta propia fueron quienes lideraron de manera rotunda el crecimiento, generando 9 de cada 10 nuevos puestos para las mujeres.

En los sectores con menos exigencias de calificación, se concentran las condiciones de mayor inestabilidad y desprotección social. En general, los contratos son verbales y no contemplan ningún tipo de protección social ni ingreso mínimo y la remuneración es por pieza o a destajo y contra entrega. Por su parte, el trabajo doméstico (categoría que cuenta con los niveles más bajos de remuneración y protección social dentro del sector informal) da cuenta del 22% de los nuevos empleos para mujeres generados entre 1990 y 1998. Por ello, al igual que en las otras dimensiones y estrategias de las políticas de formación, en lo que hace a la economía informal la incorporación de la perspectiva de género es fundamental para mejorar su calidad y pertinencia.

El análisis de género de la economía informal no se limita a identificar diferencias entre varones y mujeres sino que aborda el conjunto de dimensiones que intervienen en las relaciones sociales y, a partir de ellas, los ajustes que deben realizar las políticas e instituciones para alcanzar metas equitativas. La mirada de género ayuda a interpretar los datos, a crear nuevos indicadores y a sugerir cómo pueden reducirse las brechas existentes.

Los materiales que se presentan prentenden colaborar en el análisis y la reflexión para un abordaje o lectura del mundo laboral informal que incorpore el enfoque de género.

 

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