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Fecha de actualización:
23/06/2009

 

 

 

Gestionando la igualdad

La dimensión de género en la formación y en las relaciones laborales
Sara Silveira (*)

2.- Género y mercado de trabajo

La definición y distribución temprana de roles y espacios y el desigual acceso a los recursos se han constituido en los principales obstáculos que las mujeres enfrentan en sus opciones y oportunidades de vida. Ellos han estado en la base de posicionamiento femenino ante el empleo (entendido en su concepción amplia de trabajo productivo): las mujeres han debido renunciar a él o compaginarlo con su tarea doméstica, en un modelo de "doble presencia" que explica la multiplicidad de roles que hoy la mujer asume y exige un desdoblamiento del tiempo, de la atención, los espacios y las energías femeninas para hacer posible el funcionamiento de la casa como si se dedicara a ella a tiempo completo lo que resulta en una notoria desigualdad en el uso del tiempo y en la distribución de las cargas. Las que trabajan afuera tienen jornadas mucho más prolongadas, levantarse temprano, ir a la cama tarde y abandonar toda actividad recreativa es el recurso para sostener esta "doble presencia". Por tanto, la desigual distribución de las cargas y de la disponibilidad de tiempo refuerza la inequidad de acceso a los recursos.

El ámbito laboral es el espacio más revelador para visualizar la significación de la dimensión de género en la comprensión de la problemática de la desigualdad y la exclusión social desde que en él confluyen e interactúan los aspectos socioculturales, educativos y económicos que condicionan y enmarcan las interrelaciones sociales.

Las concepciones culturales acerca del valor de las actividades y capacidades femeninas, de las relaciones con sus padres y maridos y, ante todo sobre lo que les corresponde ser y hacer a hombres y mujeres, se trasladan al ámbito laboral e, interactúan con las exigencias y condicionantes productivas y económicas. Ambos factores determinan la división sexual del trabajo y contribuyen a explicar que el mercado de trabajo haya reservado a la mujer los puestos más alejados del poder de decisión, prolongue los hábitos hogareños adjudicándole las tareas asimilables y las más rutinarias, menos creativas y escasamente valoradas y la aleje de los empleos técnicos, con alto contenido tecnológico o con las mejores perspectivas de desarrollo de carrera.

El ingreso tardío de la mujer al mercado laboral se ha efectuado en condiciones de desigualdad y a partir de peculiaridades y sobreexigencias notorias.

Si bien la situación varía considerablemente para cada grupo de mujeres según edad, nivel socioeconómico y cultural, lugar de residencia, etc. una mirada global a la situación en América Latina a fines de los 90 es un muy buen testimonio de ello.

  • La participación femenina en la PEA aumentó de manera sostenida en las tres últimas décadas y como resultado de ello representa casi el 40% a nivel urbano, siendo la tasa de participación laboral, en 1998, del 44.7% ( casi 6 puntos más que 1990).
  • Los mayores aumentos se produjeron en los grupos etarios de 25 a 34 años y 35 a 44 y la participación de las mujeres casadas fue mayor que las de la solteras y aumenta con el nivel educativo, aproximándose a la de los hombres entre quienes tienen mayores años de estudios y pertenecen a hogares de mayores ingresos.
  • El crecimiento sostenido de las tasas de participación femenina demuestra que la incorporación al mundo del trabajo es un proceso irreversible que no depende exclusivamente de la situación de crisis económicas y que implica un cambio cualitativo de su comportamiento: las mujeres se alejan de la imagen de una "fuerza de trabajo secundario" y los ingresos obtenidos a través de su trabajo (realizado bajo las más variadas modalidades) son cada vez más importantes en la conformación del ingreso familiar.
  • La voluntad de formación femenina no ofrece duda: se han incrementado notoriamente los niveles educativos –siendo la tendencia regional la de presentar participación igualitaria e incluso mayoritaria a nivel universitario- e incluso se ha constatado que las mujeres asisten más que los hombres a actividades de calificación, actualización y reconversión ocupacional.

Pese a ello la situación desfavorable persiste:

  • La tasa de desempleo femenina, en 1998, superaba casi en un 50% a las de los hombres, en especial las provenientes de los hogares más pobres:
  • El peso de la informalidad es mayor en la población ocupada femenina (12%) debido a la incidencia del trabajo doméstico (inestable, desprotegido, de la más baja categoría en la estructura ocupacional y con el ingreso promedio más bajo). Las mujeres son mayoría en el trabajo a domicilio que conjuga reducción del costo de mano de obra, género y pobreza y donde la sobreexigencia de tareas y responsabilidades para las mujeres se torna incuestionable: mientras hacen trabajo remuneradas, atienden a la familia y al hogar: Las empleadas domésticas representan el 16% del empleo total de las mujeres en América Latina y explican el 22% de los nuevos empleos femeninos en los 90.
  • La mano de obra femenina está afectada por una fuerte segmentación ocupacional. Las ocupaciones en las que predominan los hombres son siete veces más comunes que aquellas en las que predominan las mujeres. Además, las ocupaciones "femeninas" se concentran en los estratos inferiores del mercado de trabajo en términos de remuneración, calificación, condiciones ocupaciones, estabilidad, reconocimiento social y perspectivas de desarrollo por lo que las mujeres padecen una doble segmentación: horizontal (en los sectores de actividad y en el tipo de ocupación) y vertical (en las categorías ocupacionales, en el acceso a los lugares de decisión, etc.) .
  • Las mujeres se ven especialmente afectadas por la tendencia al deterioro de la calidad del empleo que viene ocurriendo en la región, reciben una remuneración menor que los hombres por un trabajo de igual valor y estas diferencias se agudizan en los trabajos más calificados. Considerando el total de los ocupados las mujeres gana el 64% menos, las ocupadas en el sector formal ganan el 74% del salario de los hombres y en el informal el 52%.
  • Se les reclama un nivel de escolaridad significativamente superior al de los hombres para acceder a las mismas oportunidades de empleo y el crecimiento de sus niveles de escolaridad no le garantizan más y mejores empleos en comparación con los hombres.
  • El sector empresarial también se caracteriza por un sesgo de género. Las mujeres microempresarias se concentran en los sectores económicos que tienen que enfrentarse a mayor competencia en el marco de la apertura económica (prendas de vestir, tejidos de punto, cuero, etc), su acceso al crédito es más complejo y recortado, su posibilidad de manejo de la información y las oportunidades de negocios también es menor, etc.
  • Las consecuencias que la revolución tecnológica, la regionalización creciente, las transformaciones en la naturaleza y la división del trabajo han generado tanto ventajas como desventajas entre las mujeres acrecentando la heterogeneidad entre ellas: en algunos subsectores de servicios, las mujeres se están beneficiando de nuevas y mejores oportunidades pero en el sector manufacturero especialmente, la introducción de la tecnología de punta y de los sistemas de calidad las está relegando a un segundo nivel aún cuando se trata de ramas de actividad en las que ellas han sido siempre mayoría, dado que exigen alto nivel de calificación en áreas técnicas a los aún accedido; la tercerización las está relegando a las tareas y/o empresas de menor calificación y dado que, los salarios femeninos son menores, las empresas tienden a contratar mujeres con mayores niveles educativos que los hombres pero entregándoles trabajos para los que están sobrecalificadas y por los que reciben salarios similares o inferiores a los de los hombres con menor educación.
  • Dado que una de las causas principales de la pobreza es la subutilización de la fuerza de trabajo, por desempleo o por empleo en actividades de baja productividad, la división sexual del trabajo tiene una responsabilidad fundamental en la asociación entre mujer y pobreza. O sea, la mayor vulnerabilidad de las mujeres de caer en situaciones de pobreza tiene que ver con las desventajas sociales frente a los varones para acceder y controlar los recursos productivos, con su menor participación en las instituciones y con la menor valoración social que reciben sus actividades y capacidades y, por ende, con las mayores dificultades para acceder y permanecer en el mercado. Los factores de la pobreza en la mujer se asocian a la familia que en el caso de los hombres. La enfermedad de los hijos, la muerte o abandono del marido, el nacimiento de hijos, la violencia doméstica que disminuye rotundamente la autoestima son algunas de las causas por las cuales las mujeres caen en la pobreza, abandonan la formación laboral y se retiran del mercado. Para los hombres, la pobreza en cambio, esta más relacionada a su ingreso al mercado de trabajo.

A ello se suma que, a partir de los 80 en toda América Latina, se ha producido un aumento de los hogares con jefatura femenina que se estiman superan el 30% del total, los que caen más fácilmente en la pobreza por cuanto las mujeres perciben menores ingresos, muy frecuentemente tienen un nivel educativo menor, carecen de las calificaciones adecuadas y el número y la edad de los niños condicionan sus posibilidades de ingreso al mercado de trabajo en igualdad de condiciones o, en el caso de mujeres mayores, es su propia edad la que condiciona sus ingresos. Es un fenómeno mundial que tiene su origen en los cambios demográficos (migraciones temporales o definitivas de hombres, viudez femenina, embarazo adolescente), el debilitamiento de las relaciones familiares que regulaban las transferencias de ingreso hacia las esposas e hijos (divorcios, separaciones, maternidad en soltería) y en las consecuencias sociales de la crisis económica y del ajuste.

Todo ello indica que, en verdad, varones y mujeres no compiten en el mismo mercado sino que tienen exigencias diferentes tanto en la demanda de la mano de obra como en la oferta. Cuando se analizan los elementos que juegan para requerir personal femenino tienen un papel predominante el tipo de ocupación que requiere mano de obra femenina, la renuencia a contratar mujeres por los costos sociales que genera, los preconceptos y estereotipos, etc. Muy a menudo ciertos sectores de actividad se plantean la contratación de una mujer para un puesto de responsabilidad, en primer lugar, en términos de las relaciones de autoridad con sus colegas masculinos y de su disponibilidad horaria. Sólo después se analizan su experiencia y aptitudes para el trabajo. Por eso los criterios de selectividad y los propios mecanismos de ingreso resultan, generalmente, más rigurosos y exigentes para las mujeres.

Esto conduce a que, más allá de su formación, el ingreso al mundo laboral de las mujeres, especialmente en las áreas no tradicionales, necesite de apoyos adicionales (conocidos, empresas familiares, etc.) dado que, en una alternativa de competencia abierta, tienen desventajas no explicitadas pero definitorias que marcan el comienzo mismo de la actividad laboral. Basta para comprobarlo revisar los niveles educativos de hombres y mujeres para un mismo puesto que muestran la exigencia de mayores créditos educativos para ellas. A ello debe sumársele que la inserción de mujeres en sectores "tradicionalmente masculinos", de innovación tecnológica o en condiciones de competencia profesional agudiza las resistencias y/o agresiones. Las faltas de respeto a la dignidad de trabajadores y trabajadoras, una de cuyas expresiones es el acoso sexual, constituyen un obstáculo mucho más fuerte de lo que habitualmente se considera. El riesgo de enfrentar situaciones de este tipo es un elemento desmotivador para las mujeres.

Por su lado, en la decisión femenina de trabajar, además de la necesidad económica, intervienen variables tales como el costo de oportunidad generado por la relación entre la atención de las labores domésticas y el empleo remunerado, el estado civil, la calificación profesional de la que se dispone, la selección de la tarea a desempeñar en relación con el nivel de instrucción, especialmente cuando éste es alto. (índice)

 

El impacto de las desigualdades de género en los sistemas de formación profesional

 

 

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