La definición y distribución temprana
de roles y espacios y el desigual acceso a los recursos se han constituido
en los principales obstáculos que las mujeres enfrentan en sus opciones
y oportunidades de vida. Ellos han estado en la base de posicionamiento
femenino ante el empleo (entendido en su concepción amplia de trabajo
productivo): las mujeres han debido renunciar a él o compaginarlo con
su tarea doméstica, en un modelo de "doble presencia" que
explica la multiplicidad de roles que hoy la mujer asume y exige un
desdoblamiento del tiempo, de la atención, los espacios y las energías
femeninas para hacer posible el funcionamiento de la casa como si se
dedicara a ella a tiempo completo lo que resulta en una notoria desigualdad
en el uso del tiempo y en la distribución de las cargas. Las que trabajan
afuera tienen jornadas mucho más prolongadas, levantarse temprano, ir
a la cama tarde y abandonar toda actividad recreativa es el recurso
para sostener esta "doble presencia". Por tanto, la desigual
distribución de las cargas y de la disponibilidad de tiempo refuerza
la inequidad de acceso a los recursos.
El ámbito laboral es el espacio más
revelador para visualizar la significación de la dimensión de género
en la comprensión de la problemática de la desigualdad y la exclusión
social desde que en él confluyen e interactúan los aspectos socioculturales,
educativos y económicos que condicionan y enmarcan las interrelaciones
sociales.
Las concepciones culturales acerca
del valor de las actividades y capacidades femeninas, de las relaciones
con sus padres y maridos y, ante todo sobre lo que les corresponde ser
y hacer a hombres y mujeres, se trasladan al ámbito laboral e, interactúan
con las exigencias y condicionantes productivas y económicas. Ambos
factores determinan la división sexual del trabajo y contribuyen a explicar
que el mercado de trabajo haya reservado a la mujer los puestos más
alejados del poder de decisión, prolongue los hábitos hogareños adjudicándole
las tareas asimilables y las más rutinarias, menos creativas y escasamente
valoradas y la aleje de los empleos técnicos, con alto contenido tecnológico
o con las mejores perspectivas de desarrollo de carrera.
El ingreso tardío de la mujer al
mercado laboral se ha efectuado en condiciones de desigualdad y a partir
de peculiaridades y sobreexigencias notorias.
Si bien la situación varía considerablemente
para cada grupo de mujeres según edad, nivel socioeconómico y cultural,
lugar de residencia, etc. una mirada global a la situación en América
Latina a fines de los 90 es un muy buen testimonio de ello.
La participación femenina en la
PEA aumentó de manera sostenida en las tres últimas décadas y como
resultado de ello representa casi el 40% a nivel urbano, siendo la
tasa de participación laboral, en 1998, del 44.7% ( casi 6 puntos
más que 1990).
Los mayores aumentos se produjeron
en los grupos etarios de 25 a 34 años y 35 a 44 y la participación
de las mujeres casadas fue mayor que las de la solteras y aumenta
con el nivel educativo, aproximándose a la de los hombres entre quienes
tienen mayores años de estudios y pertenecen a hogares de mayores
ingresos.
El crecimiento sostenido de las
tasas de participación femenina demuestra que la incorporación al
mundo del trabajo es un proceso irreversible que no depende exclusivamente
de la situación de crisis económicas y que implica un cambio cualitativo
de su comportamiento: las mujeres se alejan de la imagen de una "fuerza
de trabajo secundario" y los ingresos obtenidos a través de su
trabajo (realizado bajo las más variadas modalidades) son cada vez
más importantes en la conformación del ingreso familiar.
La voluntad de formación femenina
no ofrece duda: se han incrementado notoriamente los niveles educativos
siendo la tendencia regional la de presentar participación igualitaria
e incluso mayoritaria a nivel universitario- e incluso se ha constatado
que las mujeres asisten más que los hombres a actividades de calificación,
actualización y reconversión ocupacional.
Pese a ello la situación desfavorable
persiste:
La tasa de desempleo femenina,
en 1998, superaba casi en un 50% a las de los hombres, en especial
las provenientes de los hogares más pobres:
El peso de la informalidad es
mayor en la población ocupada femenina (12%) debido a la incidencia
del trabajo doméstico (inestable, desprotegido, de la más baja categoría
en la estructura ocupacional y con el ingreso promedio más bajo).
Las mujeres son mayoría en el trabajo a domicilio que conjuga reducción
del costo de mano de obra, género y pobreza y donde la sobreexigencia
de tareas y responsabilidades para las mujeres se torna incuestionable:
mientras hacen trabajo remuneradas, atienden a la familia y al hogar:
Las empleadas domésticas representan el 16% del empleo total de las
mujeres en América Latina y explican el 22% de los nuevos empleos
femeninos en los 90.
La mano de obra femenina está
afectada por una fuerte segmentación ocupacional. Las ocupaciones
en las que predominan los hombres son siete veces más comunes que
aquellas en las que predominan las mujeres. Además, las ocupaciones
"femeninas" se concentran en los estratos inferiores del
mercado de trabajo en términos de remuneración, calificación, condiciones
ocupaciones, estabilidad, reconocimiento social y perspectivas de
desarrollo por lo que las mujeres padecen una doble segmentación:
horizontal (en los sectores de actividad y en el tipo de ocupación)
y vertical (en las categorías ocupacionales, en el acceso a los lugares
de decisión, etc.) .
Las mujeres se ven especialmente
afectadas por la tendencia al deterioro de la calidad del empleo que
viene ocurriendo en la región, reciben una remuneración menor que
los hombres por un trabajo de igual valor y estas diferencias se agudizan
en los trabajos más calificados. Considerando el total de los ocupados
las mujeres gana el 64% menos, las ocupadas en el sector formal ganan
el 74% del salario de los hombres y en el informal el 52%.
Se les reclama un nivel de escolaridad
significativamente superior al de los hombres para acceder a las mismas
oportunidades de empleo y el crecimiento de sus niveles de escolaridad
no le garantizan más y mejores empleos en comparación con los hombres.
El sector empresarial también
se caracteriza por un sesgo de género. Las mujeres microempresarias
se concentran en los sectores económicos que tienen que enfrentarse
a mayor competencia en el marco de la apertura económica (prendas
de vestir, tejidos de punto, cuero, etc), su acceso al crédito es
más complejo y recortado, su posibilidad de manejo de la información
y las oportunidades de negocios también es menor, etc.
Las consecuencias que la revolución
tecnológica, la regionalización creciente, las transformaciones en
la naturaleza y la división del trabajo han generado tanto ventajas
como desventajas entre las mujeres acrecentando la heterogeneidad
entre ellas: en algunos subsectores de servicios, las mujeres se están
beneficiando de nuevas y mejores oportunidades pero en el sector manufacturero
especialmente, la introducción de la tecnología de punta y de los
sistemas de calidad las está relegando a un segundo nivel aún cuando
se trata de ramas de actividad en las que ellas han sido siempre mayoría,
dado que exigen alto nivel de calificación en áreas técnicas a los
aún accedido; la tercerización las está relegando a las tareas y/o
empresas de menor calificación y dado que, los salarios femeninos
son menores, las empresas tienden a contratar mujeres con mayores
niveles educativos que los hombres pero entregándoles trabajos para
los que están sobrecalificadas y por los que reciben salarios similares
o inferiores a los de los hombres con menor educación.
Dado que una de las causas principales
de la pobreza es la subutilización de la fuerza de trabajo, por desempleo
o por empleo en actividades de baja productividad, la división sexual
del trabajo tiene una responsabilidad fundamental en la asociación
entre mujer y pobreza. O sea, la mayor vulnerabilidad de las mujeres
de caer en situaciones de pobreza tiene que ver con las desventajas
sociales frente a los varones para acceder y controlar los recursos
productivos, con su menor participación en las instituciones y con
la menor valoración social que reciben sus actividades y capacidades
y, por ende, con las mayores dificultades para acceder y permanecer
en el mercado. Los factores de la pobreza en la mujer se asocian a
la familia que en el caso de los hombres. La enfermedad de los hijos,
la muerte o abandono del marido, el nacimiento de hijos, la violencia
doméstica que disminuye rotundamente la autoestima son algunas de
las causas por las cuales las mujeres caen en la pobreza, abandonan
la formación laboral y se retiran del mercado. Para los hombres, la
pobreza en cambio, esta más relacionada a su ingreso al mercado de
trabajo.
A ello se suma que, a partir de los
80 en toda América Latina, se ha producido un aumento de los hogares
con jefatura femenina que se estiman superan el 30% del total, los que
caen más fácilmente en la pobreza por cuanto las mujeres perciben menores
ingresos, muy frecuentemente tienen un nivel educativo menor, carecen
de las calificaciones adecuadas y el número y la edad de los niños condicionan
sus posibilidades de ingreso al mercado de trabajo en igualdad de condiciones
o, en el caso de mujeres mayores, es su propia edad la que condiciona
sus ingresos. Es un fenómeno mundial que tiene su origen en los cambios
demográficos (migraciones temporales o definitivas de hombres, viudez
femenina, embarazo adolescente), el debilitamiento de las relaciones
familiares que regulaban las transferencias de ingreso hacia las esposas
e hijos (divorcios, separaciones, maternidad en soltería) y en las consecuencias
sociales de la crisis económica y del ajuste.
Todo ello indica que, en verdad,
varones y mujeres no compiten en el mismo mercado sino que tienen exigencias
diferentes tanto en la demanda de la mano de obra como en la oferta.
Cuando se analizan los elementos que juegan para requerir personal femenino
tienen un papel predominante el tipo de ocupación que requiere mano
de obra femenina, la renuencia a contratar mujeres por los costos sociales
que genera, los preconceptos y estereotipos, etc. Muy a menudo ciertos
sectores de actividad se plantean la contratación de una mujer para
un puesto de responsabilidad, en primer lugar, en términos de las relaciones
de autoridad con sus colegas masculinos y de su disponibilidad horaria.
Sólo después se analizan su experiencia y aptitudes para el trabajo.
Por eso los criterios de selectividad y los propios mecanismos de ingreso
resultan, generalmente, más rigurosos y exigentes para las mujeres.
Esto conduce a que, más allá de su
formación, el ingreso al mundo laboral de las mujeres, especialmente
en las áreas no tradicionales, necesite de apoyos adicionales (conocidos,
empresas familiares, etc.) dado que, en una alternativa de competencia
abierta, tienen desventajas no explicitadas pero definitorias que marcan
el comienzo mismo de la actividad laboral. Basta para comprobarlo revisar
los niveles educativos de hombres y mujeres para un mismo puesto que
muestran la exigencia de mayores créditos educativos para ellas. A ello
debe sumársele que la inserción de mujeres en sectores "tradicionalmente
masculinos", de innovación tecnológica o en condiciones de competencia
profesional agudiza las resistencias y/o agresiones. Las faltas de respeto
a la dignidad de trabajadores y trabajadoras, una de cuyas expresiones
es el acoso sexual, constituyen un obstáculo mucho más fuerte de lo
que habitualmente se considera. El riesgo de enfrentar situaciones de
este tipo es un elemento desmotivador para las mujeres.
Por su lado, en la decisión femenina de
trabajar, además de la necesidad económica, intervienen variables tales
como el costo de oportunidad generado por la relación entre la atención
de las labores domésticas y el empleo remunerado, el estado civil, la
calificación profesional de la que se dispone, la selección de la tarea
a desempeñar en relación con el nivel de instrucción, especialmente cuando
éste es alto. (índice)
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