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Fecha de actualización:
23/06/2009

 

 

 

Gestionando la igualdad

La dimensión de género en la formación y en las relaciones laborales
Sara Silveira (*)

 

1.- La funcionalidad de la variable género

Entre las escasas certezas de las que se dispone en los tiempos actuales, quizás la que cuenta con mayor unanimidad de criterios refiere a una concepción del Desarrollo Humano que pone a las personas como centro y meta del mismo y, para ello, otorga a la educación en general y a la formación profesional en particular un rol protagónico en el proceso de expansión de las oportunidades y en el esfuerzo por disminuir – y si es posible erradicar - todas y cada una de las manifestaciones de la exclusión social, entre las que -sin duda- las que atañen a la mujer y, en especial al empleo femenino, adquieren una significación incuestionable. El desarrollo económico y social no puede ser asegurado de manera sostenible sin que haya total participación, consciente y efectiva de las mujeres y sin embargo continúan imponiéndoseles restricciones, segmentaciones y sobreexigencias que obturan su acceso al empleo y al desarrollo profesional y personal lo que constituye uno de los más extendidos e irritantes mecanismos limitantes del ejercicio pleno de la ciudadanía.

Si bien cada persona es singular y única, sus conductas y experiencias están condicionadas e influidas por las distintas posiciones sociales que ocupa, por su género, por su procedencia social y económica, por su cultura, por su edad.

El concepto de género refiere a la asignación social diferenciada de responsabilidades y roles a hombres y mujeres que condiciona el desarrollo de sus identidades como personas, de sus cosmovisiones y de sus proyectos de vida. Esta asignación está basada en las pautas culturales, hábitos y condicionamientos sociales vigentes ( estereotipos sociales) que definen y valorizan roles y tareas de acuerdo al sexo reservando, prioritariamente, para el hombre la esfera pública de la producción y para la mujer la esfera privada de la reproducción y el cuidado de los otros. Se hallan presentes desde el inicio mismo del proceso de socialización, son transmitidos desde el hogar, confirmados en la escuela y expandidos a través de los medios de comunicación masivos. Quedan internalizados como desigual valoración de las competencias femeninas y masculinas por lo que condicionan la elección y los lugares "reservados" a la mujer en lo personal, laboral y profesional.

Las funciones derivadas del género, a diferencia de las originadas en el sexo- que están determinadas biológicamente y son universales, son comportamientos aprendidos en una sociedad dada o en un grupo social, son el resultado de un proceso de construcción social que diferencia los sexos al mismo tiempo que los articula dentro de relaciones de poder sobre los recursos por lo que en ellas influyen la clase social, la raza, la religión, el entorno geográfico, económico y, desde ya, la edad.

Dado que es en la infancia y adolescencia cuando varones y mujeres conforman su identidad, a través de un complejo proceso de adscripción e identificación con los modelos vigentes y dominantes en cada cultura , los estereotipos terminan constituyéndose en obstaculizadores y condicionantes de las formas de actuar, de los hábitos y de los desempeños de varones y mujeres. Así, tradicionalmente los jóvenes se han preparado para ejercer la tarea que iba a resultar central en su vida adulta: el trabajo productivo y las jóvenes, para la actividad que la sociedad les ha tenido reservada, el trabajo doméstico y la reproducción. Es por eso que hasta que las sucesivas crisis económicas y sociales impusieron la necesidad del aporte económico femenino, no se esperaba que las jóvenes accedieran al empleo o, por lo menos, que permaneciesen en él una vez que se convertían en madres o en esposas.

Ambos proyectos han sido vistos con la misma "naturalidad", es decir como ineludibles y adecuados al punto que el carné de pasaje a la vida adulta durante siglos ha sido para los varones el trabajo productivo y para las mujeres el casamiento y la maternidad, o sea el trabajo reproductivo, sólo que el primer tipo de proyecto ha llevado a la independencia económica y al pleno reconocimiento ciudadano y el segundo, a la dependencia y a una ciudadanía delegada.

La función de la mirada de género es precisamente la de identificar y poner de manifiesto estas asignaciones genéricas así como las relaciones entre varones y mujeres. El género se constituye, por ende, en un instrumento crítico de análisis y es una variable socioeconómica de base sobre la que influyen la clase social, la raza, la religión, el entorno geográfico, económico y, desde ya, la edad.

La naturalización del trabajo reproductivo y la adjudicación de la responsabilidad casi exclusiva de la crianza de los hijos y las tareas domésticas, con su consecuente adscripción al ámbito de lo privado, han determinado un desigual acceso y control de los recursos económicos, culturales y sociales entre hombres y mujeres. La consecuencia para las mujeres es no sólo una débil instrumentación para el desempeño social y laboral sino también inequidad en la distribución y consumo de los bienes en el hogar lo que refiere tanto al acceso a la educación, el entrenamiento y el ocio como a la salud personal y reproductiva y los aspectos alimentarios. Estudios de la región muestran que las niñas de 8 a 14 años de edad dedican cinco horas más a las tareas del hogar que los niños y que mientras la tasa de éstos con peso inferior al normal es del 17%, la de ellas alcanza el 31%. El hacerse cargo del trabajo del hogar y de la atención de sus hermanos es la principal causa de no continuidad de los estudios de las jóvenes de los hogares pobres y/o con un capital educativo menor a seis años. De igual modo, mientras entre quienes abandonaron la educación en la adolescencia, los varones en su casi totalidad pasan al mundo del trabajo en igual situación se encuentra sólo la mitad de las mujeres estando las restantes dedicadas a los quehaceres domésticos no remunerados en su propio hogar. El círculo se cierra porque este desigual acceso incide en el fortalecimiento de los recursos internos de las personas: autoestima, confianza en sí misma, habilidad de liderazgo, capacidad para expresar intereses propios y para planificar. (índice)

Género y mercado de trabajo

 

 

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