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Fecha de actualización:
23/06/2009

 

 

 

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2. ¿Por qué la inclusión de la mirada de género?

 

2.1 Porque la asignación y la valorización social diferenciada de responsabilidades y roles a hombres y mujeres que condiciona el desarrollo de sus identidades como personas, de sus cosmovisiones y de sus proyectos de vida –o sea la representación y relaciones de género- son las que se trasladan al ámbito laboral e interactúan con las exigencias y condicionantes productivas y económicas determinando la división sexual del trabajo. Ellas han estado en la base del posicionamiento femenino ante el empleo: las mujeres han debido renunciar a él o compaginarlo con su tarea doméstica, en un modelo de "doble presencia" que explica la multiplicidad de roles que asumen y exige un desdoblamiento del tiempo, de la atención, los espacios y las energías femeninas para hacer posible el funcionamiento de la casa como si se dedicara a ella a tiempo completo.

2.2 Porque el signo más destacado del mercado de trabajo en el siglo XX ha sido el crecimiento sostenido de la incorporación de las mujeres a la población económicamente activa que cambia radicalmente la composición por sexo del mercado de trabajo. Esta participación tiene magnitud y significación muy diversa para cada grupo de mujeres según edad, nivel socioeconómico y cultural, lugar de residencia, edad, nivel educativo, etnia, etc. pero comparte iguales condiciones de desigualdad y sobreexigencias que demuestran que el mercado de trabajo reprodujo e incluso magnificó las diferencias entre varones y mujeres al prolongar los hábitos hogareños adjudicándole a las mujeres las tareas asimilables, las más rutinarias, menos creativas y escasamente valoradas y al reservarle los puestos más alejados del poder de decisión, Superar esta situación requiere igualmente de la participación de todos los actores, de la búsqueda de sinergias y abordajes multidisciplinarios

Y a continuación, las explicaciones para el interrelacionamiento entre las dos preguntas anteriores;

El ámbito laboral es el espacio donde de manera más contundente se expresa la significación de la dimensión de género en la comprensión de la desigualdad y la exclusión social y las mujeres, de todas las edades y niveles educativos, son las que mayores obstáculos tienen para el acceso al empleo y las más afectadas por el desempleo.

En verdad, varones y mujeres no compiten en el mismo mercado sino que se asiste a dos submercados laborales, con estructuras socio-ocupacionales diferenciadas por la variable sexo y con exigencias diferentes tanto en la demanda de la mano de obra como en la oferta. Cuando se analizan los elementos que juegan para requerir personal femenino tienen un papel predominante el tipo de ocupación que requiere mano de obra femenina, la renuencia a contratar mujeres por los costos sociales que genera, los preconceptos y estereotipos, etc. Muy a menudo ciertos sectores de actividad se plantean la contratación de una mujer para un puesto de responsabilidad, en primer lugar, en términos de las relaciones de autoridad con sus colegas masculinos y de su disponibilidad horaria. Sólo después se analizan su experiencia y aptitudes para el trabajo. Por eso los criterios de selectividad y los propios mecanismos de ingreso resultan, generalmente, más rigurosos y exigentes para las mujeres; se les reclama nivel de escolaridad significativamente superior al de los varones para acceder a las mismas oportunidades de empleo y el crecimiento de los niveles de escolaridad no está garantizando más y mejores empleos lo que implica que en una alternativa de competencia abierta, tienen desventajas no explicitadas pero definitorias que marcan el comienzo mismo de la actividad laboral. A ello debe sumársele que la inserción de mujeres en sectores "tradicionalmente masculinos", de innovación tecnológica o en condiciones de competencia profesional agudiza las resistencias y/o agresiones. Las faltas de respeto a la dignidad de trabajadores y trabajadoras, una de cuyas expresiones es el acoso sexual, constituyen un obstáculo mucho más fuerte de lo que habitualmente se considera y el riesgo de enfrentar situaciones de este tipo es un elemento desmotivador para las mujeres. Dicho de otro modo, si bien la discriminación directa está cada día más "controlada" en el mercado laboral, la discriminación indirecta se mantiene y lo hace con fuerza incontrovertible.

Con relación al desempleo basta tener presente que, en 1998 en América Latina, la tasa superaba casi en un 50% a la de los hombres, en especial en las provenientes de los hogares más pobres y que reconoce múltiples causas: escasa pertinencia de los perfiles formativos y educativos, falta de información de oportunidades, insuficiente orientación y apoyo para la búsqueda y, ante todo, discriminación, preconcetos y nula o equivocada valorización de sus capacidades y posibilidades. Dado que una de las causas principales de la pobreza es la subutilización de la fuerza de trabajo, por desempleo o por empleo en actividades de baja productividad, la división sexual del trabajo tiene una responsabilidad fundamental en la asociación entre mujer y pobreza: su mayor vulnerabilidad de caer en situaciones de pobreza tiene que ver con las desventajas sociales frente a los varones para acceder y controlar los recursos productivos, con su menor participación en las instituciones y con la menor valoración social que reciben sus actividades y capacidades y, por ende, con las mayores dificultades para acceder y permanecer en el mercado: el 70% de los 1.300 millones de pobres que se estima hay hoy en el mundo son mujeres y en este proceso coinciden las sociedades agrarias con las industrializadas.

Por su lado, la actual metamorfosis del mundo del trabajo genera exclusión y marginalización y, si bien aporta algunas ventajas para las mujeres, las desventajas afectan claramente la igualdad de oportunidades y tanto para potenciar las primeras como para combatir las segundas resultan imprescindibles la información, la visibilización y todos los mecanismos que otorguen transparencia al mercado de trabajo y permitan un el encuentro "creativo" y no mediatizado entre oferentes y demandantes.

Algunas de las manifestaciones más relevantes de lo dicho:

  • El modelo de desarrollo económico basado en la economía de mercado globalizada está afectando de manera sustancial el empleo: el crecimiento de la producción y el consumo se acompaña de crecimiento del desempleo estructural, inestabilidad y precarización e inequidad en el acceso a los beneficios del desarrollo para grandes sectores de la población: la fuerza laboral ha tenido un crecimiento masivo en el mundo pero casi un 30% de ella está afectada por el subempleo o el desempleo. Y las mujeres se incorporan masivamente en este contexto. Según la OIT del 25 al 30% de esta fuerza mundial de trabajo está en una situación de subempleo y 140 millones están pura y simplemente desempleada.
  • La irrupción de la sociedad del conocimiento, en su concreción tecnológica y en su multidisciplinariedad, ha jaqueado el trabajo de masas y la pauta tradicional del empleo estable, permanente y plena dedicación que está siendo sustituida por la movilidad constante de los puestos y la condición del trabajo. El empleo no se genera más en grandes números. La apertura de una fábrica con inversiones millonarias aporta una cantidad mínima de puestos de trabajo y el sector servicios cuya más intensa expresión en la microempresa le abre espacio a tres, cinco personas. Se tornan, por tanto, imprescindibles nuevas estrategias de generación de empleos y formas alternativas de inserción, mediante capacidad de emprendimiento y estrategias de cooperación que al mismo tiempo que sustituyan aunque sea parcialmente a los puestos perdidos y otorguen cobertura económica a nuevas demandas sociales (vida cotidiana, medio ambiente, gestión del tiempo, ocio, seguridad, etc.) muchas de las cuales surgen precisamente porque las mujeres las dejan de satisfacer al no estar a tiempo completo en el hogar.
  • Se asiste a una nueva estructuración del tejido productivo, a la relevancia del sector terciario y de la economía de lo social, la privatización y socialización de las políticas públicas, etc. En el empleo formal aparecen nuevas modalidades de trabajo: teletrabajo, trabajo a domicilio y a tiempo parcial en los que participan mayoritariamente las mujeres. Junto con beneficios tales como nuevas nichos de empleo, acceso a la tecnología, el permitir atender las obligaciones familiares, flexibilidad horaria, etc. estos empleos suelen ser precarios, mal remunerados y se hallan fuera del circuito de protección social mínima, con incrementos muy fuertes de la intensidad horaria y su traslado al ámbito doméstico incrementa las dificultades femeninas para discriminar y poner límites entre la vida privada y la pública.
  • Se multiplican las actividades por cuenta propia, los servicios originales pero unipersonales cuyo espacio de realización es sustancialmente la casa todo lo que se traduce en invasión del espacio privado por el público.
  • Las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) desataron una explosión sin precedentes en las posibilidades de acceso de las personas a la información y al conocimiento. En comparación con la mayoría de los instrumentos tradicionales del desarrollo, las TIC pueden llegar a mucha más gente, en un espacio geográfico mucho más amplio, trabajar más rápidamente y a un costo inferior. Pero su acceso es claramente desigual y exige de modificaciones de las competencias adquiridas, de los sistemas de trabajo e inciden, no sólo en una nueva organización social y económica basada en las TIC - que facilita la descentralización de la gestión, la individualización del trabajo y la personalización de los mercados- sino que también posibilitan el aprendizaje en el puesto de trabajo. Para todos, esta evolución ha incrementado las incertidumbres y para muchos ha creado situaciones de exclusión intolerables. Ha surgido un nuevo tipo de pobreza que separa los países según el grado de desarrollo de la información, dividiendo al mismo tiempo a los educandos de los analfabetos, los ricos de los pobres, los jóvenes de los viejos, los habitantes urbanos de los rurales y siempre, transversalizándolos,  a las mujeres de los varones, lo que está generando una nueva brecha de género: la digital. Según el Informe sobre el Desarrollo Humano (PNUD 1999), el usuario típico de la Internet a escala mundial es hombre, de menos de 35 años de edad, con educación universitaria y un ingreso elevado, vive en una zona urbana y habla inglés. En este contexto, las mujeres latinoamericanas - y especialmente aquéllas de ingresos bajos que viven en zonas rurales - tienen que enfrentar un doble -o triple- desafío para estar incluidas y conectadas en el desarrollo de la aldea global. Y desde ya para acceder a los escasos empleos disponibles.
  • El mercado requiere y valoriza competencias (integración, trabajo en equipo, motivación, disciplina…) que las mujeres vienen ejerciendo desde hace mucho tiempo y el valor de dichas competencias es más objetivable. La innovación tecnológica permite que se posicionen mejor y desarrollen sus intereses profesionales y personales porque el valor añadido ya no lo aporta la fuerza física, frente a la cual competían en desventaja, sino los conocimientos y capacidades.
  • En algunos subsectores, especialmente de servicios y de la mano de la informática, las mujeres se benefician de nuevas y mejores oportunidades de empleo pero en el sector manufacturero, especialmente, la introducción de la tecnología de punta y de los sistemas de calidad las está relegando a un segundo nivel aún en las ramas de actividad en las que ellas han sido siempre mayoría, dado que exigen alto nivel de calificación en áreas técnicas a los que aún no han accedido; la tercerización las está relegando a las tareas y/o empresas de menor calificación y dado que, los salarios femeninos son menores, las empresas tienden a contratar mujeres con mayores niveles educativos que los hombres pero entregándoles trabajos para los que están sobrecalificadas y por los que reciben salarios similares o inferiores a los de los hombres con menor educación.
  • La alta tecnificación de los hogares y la migración de tareas domésticas hacia el espacio público está facilitando la administración de la vida cotidiana y las tareas de atención y cuidado al mismo tiempo que esta transformación de los hábitos hacia la adquisición creciente de servicios tradicionalmente caseros en el mercado se ha vuelto una fuente bien importante de trabajo femenino, constituyendo uno de los universos más fermentales de inserciones alternativas que, desde ya reclaman de nuevas competencias que las mujeres tendrán que fortalecer y/ adquirir.

La modernización de las relaciones laborales implica menor intervención de la autoridad pública en las relaciones entre actores laborales lo que demanda dotar a trabajadores/as y empleadores/as de instrumentos adecuados, reglas de juego equiparadas y de las protecciones necesarias para ejercer sus derechos.

¿Porqué desde las políticas de calificación y formación?

 

 

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