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2. ¿Por qué la inclusión de la mirada de género?
2.1 Porque la asignación y la valorización social diferenciada de responsabilidades y roles a hombres y mujeres que condiciona el desarrollo de sus identidades como personas, de sus cosmovisiones y de sus proyectos de vida o sea la representación y relaciones de género- son las que se trasladan al ámbito laboral e interactúan con las exigencias y condicionantes productivas y económicas determinando la división sexual del trabajo. Ellas han estado en la base del posicionamiento femenino ante el empleo: las mujeres han debido renunciar a él o compaginarlo con su tarea doméstica, en un modelo de "doble presencia" que explica la multiplicidad de roles que asumen y exige un desdoblamiento del tiempo, de la atención, los espacios y las energías femeninas para hacer posible el funcionamiento de la casa como si se dedicara a ella a tiempo completo. 2.2 Porque el signo más destacado del mercado de trabajo en el siglo XX ha sido el crecimiento sostenido de la incorporación de las mujeres a la población económicamente activa que cambia radicalmente la composición por sexo del mercado de trabajo. Esta participación tiene magnitud y significación muy diversa para cada grupo de mujeres según edad, nivel socioeconómico y cultural, lugar de residencia, edad, nivel educativo, etnia, etc. pero comparte iguales condiciones de desigualdad y sobreexigencias que demuestran que el mercado de trabajo reprodujo e incluso magnificó las diferencias entre varones y mujeres al prolongar los hábitos hogareños adjudicándole a las mujeres las tareas asimilables, las más rutinarias, menos creativas y escasamente valoradas y al reservarle los puestos más alejados del poder de decisión, Superar esta situación requiere igualmente de la participación de todos los actores, de la búsqueda de sinergias y abordajes multidisciplinarios Y a continuación, las explicaciones para el interrelacionamiento entre las dos preguntas anteriores; El ámbito laboral es el espacio donde de manera más contundente se expresa la significación de la dimensión de género en la comprensión de la desigualdad y la exclusión social y las mujeres, de todas las edades y niveles educativos, son las que mayores obstáculos tienen para el acceso al empleo y las más afectadas por el desempleo. En verdad, varones y mujeres no compiten en el mismo mercado sino que se asiste a dos submercados laborales, con estructuras socio-ocupacionales diferenciadas por la variable sexo y con exigencias diferentes tanto en la demanda de la mano de obra como en la oferta. Cuando se analizan los elementos que juegan para requerir personal femenino tienen un papel predominante el tipo de ocupación que requiere mano de obra femenina, la renuencia a contratar mujeres por los costos sociales que genera, los preconceptos y estereotipos, etc. Muy a menudo ciertos sectores de actividad se plantean la contratación de una mujer para un puesto de responsabilidad, en primer lugar, en términos de las relaciones de autoridad con sus colegas masculinos y de su disponibilidad horaria. Sólo después se analizan su experiencia y aptitudes para el trabajo. Por eso los criterios de selectividad y los propios mecanismos de ingreso resultan, generalmente, más rigurosos y exigentes para las mujeres; se les reclama nivel de escolaridad significativamente superior al de los varones para acceder a las mismas oportunidades de empleo y el crecimiento de los niveles de escolaridad no está garantizando más y mejores empleos lo que implica que en una alternativa de competencia abierta, tienen desventajas no explicitadas pero definitorias que marcan el comienzo mismo de la actividad laboral. A ello debe sumársele que la inserción de mujeres en sectores "tradicionalmente masculinos", de innovación tecnológica o en condiciones de competencia profesional agudiza las resistencias y/o agresiones. Las faltas de respeto a la dignidad de trabajadores y trabajadoras, una de cuyas expresiones es el acoso sexual, constituyen un obstáculo mucho más fuerte de lo que habitualmente se considera y el riesgo de enfrentar situaciones de este tipo es un elemento desmotivador para las mujeres. Dicho de otro modo, si bien la discriminación directa está cada día más "controlada" en el mercado laboral, la discriminación indirecta se mantiene y lo hace con fuerza incontrovertible. Con relación al desempleo basta tener presente que, en 1998 en América Latina, la tasa superaba casi en un 50% a la de los hombres, en especial en las provenientes de los hogares más pobres y que reconoce múltiples causas: escasa pertinencia de los perfiles formativos y educativos, falta de información de oportunidades, insuficiente orientación y apoyo para la búsqueda y, ante todo, discriminación, preconcetos y nula o equivocada valorización de sus capacidades y posibilidades. Dado que una de las causas principales de la pobreza es la subutilización de la fuerza de trabajo, por desempleo o por empleo en actividades de baja productividad, la división sexual del trabajo tiene una responsabilidad fundamental en la asociación entre mujer y pobreza: su mayor vulnerabilidad de caer en situaciones de pobreza tiene que ver con las desventajas sociales frente a los varones para acceder y controlar los recursos productivos, con su menor participación en las instituciones y con la menor valoración social que reciben sus actividades y capacidades y, por ende, con las mayores dificultades para acceder y permanecer en el mercado: el 70% de los 1.300 millones de pobres que se estima hay hoy en el mundo son mujeres y en este proceso coinciden las sociedades agrarias con las industrializadas. Por su lado, la actual metamorfosis del mundo del trabajo genera exclusión y marginalización y, si bien aporta algunas ventajas para las mujeres, las desventajas afectan claramente la igualdad de oportunidades y tanto para potenciar las primeras como para combatir las segundas resultan imprescindibles la información, la visibilización y todos los mecanismos que otorguen transparencia al mercado de trabajo y permitan un el encuentro "creativo" y no mediatizado entre oferentes y demandantes. Algunas de las manifestaciones más relevantes de lo dicho:
La modernización de las relaciones laborales implica menor intervención de la autoridad pública en las relaciones entre actores laborales lo que demanda dotar a trabajadores/as y empleadores/as de instrumentos adecuados, reglas de juego equiparadas y de las protecciones necesarias para ejercer sus derechos. |
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