|
La formación centrada exclusivamente en los
contenidos no identifica al sujeto al cuál va dirigida ni
al contexto, está lejos de él aunque sus contenidos
estén técnicamente bien planteados y sean los más
actualizados y pertinentes.
Para que la vida laboral o profesional de las personas
pueda desarrollarse, necesita nutrirse permanentemente de conocimientos
nuevos pero, fundamentalmente, necesita de un nuevo tipo de aprendizaje.
Un aprendizaje que, en tiempos de cambio e incertidumbre, aporte
capacidad de incorporar permanentemente nuevos saberes y que instrumente
para trayectorias ocupacionales móviles antes que para el
empleo predecible y estable.
O sea, se requiere de una formación para
la empleabilidad entendida, tal como lo plantea la Recomendación
195 de la OIT sobre el Desarrollo de Recursos Humanos: educación,
formación y aprendizaje permanente como el "conjunto
de competencias y cualificaciones transferibles" que refuerzan
las capacidades y la aptitud de las personas para "encontrar,
crear, conservar, enriquecer un trabajo y pasar de uno a otro obteniendo
a cambio una satisfacción personal, económica, social
y profesional". 1
Esta concepción de empleabilidad aleja cualquier
tipo de confusión respecto a entenderla como sinónimo
de inserción y la centra en el conjunto de competencias personales,
sociales y técnicas que las personas requieren para autogestionar
sus procesos de desarrollo laboral y profesional en un escenario
donde el empleo "necesita ser creado mediante capacidad de
emprendimiento y estrategias de cooperación". 2
Este nuevo tipo de aprendizaje ya no puede circunscribirse
a una etapa en el inicio de la vida profesional sino que se trata
de una formación a lo largo de la vida, de un aprendizaje
permanente. Asimismo, no puede ser la sumatoria de acciones formativas
específicas por cuanto busca que la persona sepa lograr los
resultados requeridos para su desempeño profesional pero
también que comprenda la razón por la cual lo hace,
cuáles son las implicancias e impactos de su acción
y que desarrolle la capacidad de relacionar lo aprendido, de transferirlo
a otras situaciones, de adaptarse a nuevos contextos sociales y
laborales.
Las competencias requeridas tienen que ver con los
contextos de vida de cada sujeto y por tanto, se deben complementar
y articular con las necesarias para insertarse y participar socialmente.
Como nunca antes, la formación del trabajador y de la trabajadora
converge con la formación del ciudadano y la ciudadana. En
ambos casos, se debe actuar en las tres dimensiones fundamentales
del desarrollo de la vida: las relaciones consigo mismo; las relaciones
con l@s demás (vida en familia y participación en
el espacio social más amplio) y las relaciones con el entorno.
En todos los casos se requiere de capacidad de expresarse y comunicar,
de tomar decisiones, de optar, de comprensión del medio en
el cual se actúa, valoración de la complejidad, abordaje
sistémico de la realidad, trabajo en equipo, solidaridad,
participación, autocuidado y cuidado de los/as demás,
etc.
Ahora bien, la empleabilidad y la ciudadanía
tienen relación con procesos que ocurren en distintos niveles:
estructurales, normativos, culturales. Pero también la empleabilidad
y la ciudadanía están relacionada con factores de
carácter personal y relacional, que se articulan con los
contextos de vida concretos de cada sujeto, dando por resultado
diferencias e inequidades en las posibilidades de acceso a los recursos,
en las oportunidades de empleo o generación de actividades
productivas, en la participación y toma de decisiones respecto
de cuestiones atinentes a su comunidad o grupo de pertenencia.
La problemática de la empleabilidad y la
ciudadanía de la población beneficiaria supone, por
tanto, analizar y articular:
- el contexto productivo y laboral
- las marcas de género existentes en el
campo laboral
- las características de los sujetos
- las condicionantes de género
- las ofertas de formación profesional
- las "marcas de género" presentes
en los contenidos y modalidad de las ofertas formativas
Por ello, el mejoramiento y/o fortalecimiento de
la empleabilidad y la ciudadanía debería ser un objetivo
prioritario de las políticas de formación y también
por ello requieren necesariamente ser abordadas desde la perspectiva
de género.
La perspectiva de género
es:
un instrumento de análisis de la realidad que pone en cuestión
las relaciones de poder que se establecen entre varones y mujeres
y en las relaciones sociales en general;
un marco conceptual, una metodología de interpretación
que orienta las decisiones, amplia y cambia la mirada, permite
reconstruir conceptos, analizar actitudes para identificar los
sesgos y los condicionamientos de género que producen sistemas
sociales no equitativos y encarar, luego, mediante el diálogo,
su revisión y modificación.
La mirada de género permite evidenciar cómo
los grupos humanos, a partir de las diferencias biológicas,
construyen los conceptos de masculinidad y feminidad y atribuyen
simbólicamente competencias, posibilidades de actuación
y valoración diferentes a las mujeres y a los hombres. Al
hacer visible estas "naturalizaciones" construidas socialmente,
esta metodología contribuye a interpretar los otros mecanismos
de discriminación o exclusión social que interactúan
potenciando los de género (edad, nivel educativo, etnia,
pobreza, violencia, etc.). Los logros alcanzados en equidad de género
encuentran sus frenos en la supervivencia de las otras inequidades
y viceversa por lo que la perspectiva de género es básica
para analizar y reconstruir el conjunto de las relaciones sociales
y, fundamentalmente, para abordar el mundo del trabajo. El trabajo
es protagonizado por sujetos sexuados que construyen su identidad
en torno a él, y por ello es un componente primordial del
proyecto de vida, de la autoafirmación y de la valoración
social tanto para los hombres como para las mujeres. Asimismo, es
la fuente primordial de inclusión social. Pero, para las
mujeres implica la transformación del modelo asignado de
proyecto de vida dedicado al trabajo reproductivo y no remunerado,
lo que se traduce en una carga adicional para poder superar las
barreras y prejuicios sociales respecto a sus derechos y capacidades
que se constituyen en frenos de muy diversa índole para su
participación equitativa en el empleo.
Entre dichos frenos, la segmentación profesional horizontal
y vertical es uno de los más notorios. La formación
profesional también tiene responsabilidad en esta segmentación,
reproduciéndola y reforzándola con sus propias barreras
internas. Para contribuir a la superación de las diversas
discriminaciones e inclusiones pero también para mejorar
su calidad y pertinencia tiene que transversalizar la perspectiva
de género en la definición de sus contenidos, en sus
metodologías, en la construcción de su oferta y en
toda la práctica institucional.
Empleabilidad, ciudadanía y perspectiva
de género son, por tanto, dimensiones interdependientes que
conciben a las personas, mujeres y varones, en su integralidad y
en su condicionamiento social y de género y como protagonistas
activos de su proceso de formación e inserción. Por
ello, deben necesariamente ser adoptadas como enfoques transversales
en el diseño y la gestión de las políticas.
-------------
1- Ducci, María Angélica.
La
formación al servicio de la empleabilidad. Boletín
Técnico Interamericano de Formación Profesional n.142,
Montevideo, Cinterfor, 1998.
2- Salle, M.A. Ponencia Género y formación
profesional. 1er Seminario Latinoamericano sobre Género y
Formación Profesional, organizado por INAFORP y Programa
de Promoción de la Igualdad (PROIGUALDAD), Panamá,
17-19 octubre 2000.
|