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Fecha de actualización:
12/09/2008

 

 

 

Calidad y equidad: nexo crucial en el diseño y gestión
de las políticas de formación y empleo

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Desde el espacio y el lugar que le son propios, las instituciones de formación profesional se relacionan con trabajadores y trabajadoras ocupad@s y desocupad@s que buscan mejorar su situación de empleo; con empresas que necesitan incrementar su competitividad, mejorar sus procesos, encontrar nuevos productos y servicios; con organizaciones y actores locales y sectoriales que requieren mejorar sus roles y responsabilidades en el desarrollo económico y social. En síntesis, enfrentan un complejo sistema de interacciones y conocimientos que confluyen en un requerimiento central: el mejoramiento de la calidad.

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El concepto de calidad ha ido cambiando en el último siglo. Inicialmente se le daba el sentido de "conformidad con las normas", ajuste a las especificaciones establecidas para un producto. Posteriormente se definió como "satisfacción de las demandas y exigencias de cliente", incluyéndose además la preocupación no sólo por la calidad de los productos sino también de los procesos. Luego se planteó sustituirlo por el concepto de excelencia, entendido como "lo mejor posible": los mejores componentes, los mejores procesos, la mejor gestión, etc. Estos tres momentos pueden verse también como dimensiones complementarias para pensar la cuestión de la calidad.

En el campo de la formación profesional se podría hablar entonces de tres dimensiones a tener en cuenta 1 :

  • Calidad normativa o de conformidad. "Plantea la necesidad de que el formador y la formación posean unos contenidos mínimos básicos (conceptos, habilidades y destrezas, actitudes y valores) y unas técnicas o estrategias básicas metodológicas, de orientación o tutoría (psicopedagógica, didáctica y de análisis sociológico de la realidad donde se desarrolla esta formación)." Estos requisitos mínimos deberían ser "un todo integrado y fácilmente valorable para el desarrollo de su función, para la coordinación y el trabajo en equipo y para las propuestas de mejora e innovación en base a la recogida de datos respecto a estos criterios". Y deberían ser requisitos "asumidos de forma consensuada por expertos internos y externos de reconocidos prestigio en la materia o en el campo correspondiente".
  • Calidad como adaptación a las necesidades, expectativas, y motivaciones del cliente. En el caso de la formación profesional el "cliente" refiere a los diversos actores con los que se relaciona: el sistema productivo, las empresas, las organizaciones, la familia y la sociedad en general en las que debe insertarse la población destinataria de la formación. Y, obviamente, l@s propios participantes. (También los "clientes internos" deben ser tenidos en cuenta: l@s otr@s integrantes o equipos de la institución.) Esta exigencia de responder a múltiples necesidades y expectativas ha puesto en crisis a muchas instituciones de formación, en un contexto en que esas necesidades y expectativas han cambiado y cambian mucho y rápidamente. Muchas instituciones, por ejemplo, no han podido aún responder a la demanda por nuevas especialidades y modalidades de formación, y continúan ofreciendo otras que ya no tienen demanda.
  • Calidad de "segunda generación", entendida como respuesta a expectativas y motivaciones personales y sociales a través de la creación de actitudes y conocimientos. Es decir, una formación que permita desarrollar "actitudes y valores capaces de generar conocimientos (...) con posibilidades de ser transferibles por la persona participante a otros contextos y escenarios organizativos y aplicables a otros problemas y soluciones". Un conocimiento que tenga también valor añadido "por su impacto en entorno familiar, social y organizacional (barrio, empresa u organización donde desarrolla el participante su actividad), así como el impacto laboral y tecnológico en un grupo o sector social o productivo. Este nivel implica no sólo los contenidos intrínsecos de la formación sino también a los procesos de gestión y organización, entre los que se incluye el trabajo en equipo de los miembros de la institución de formación y, sobre todo, la generación de una cultura capaz de integrar y responsabilizar a todos los miembros que intervienen en los procesos, generando formas innovadoras de gestionar la formación."

En definitiva, una formación de calidad sería aquella que:

además de poseer unos niveles técnicos suficientes [calidad normativa]
y capacidad de adaptarlos a cada escenario organizativo de formación, comunidad educativa y alumnado [satisfacción del 'cliente'],
posibilita la creación de nuevas necesidades y expectativas personales, sociales y de desarrollo / promoción profesional en l@s participantes [calidad de segunda generación].

Desde la perspectiva de la calidad de segunda generación, el impacto de la formación puede ser evaluado en tres áreas o niveles: personal, organizacional y social y personal. 2

A nivel personal una formación de calidad promueve cambios profundos en las personas que les posibilitan un desarrollo profesional continuo a lo largo de su vida. En este sentido "aprender a aprender" continuamente es importante, pero también "aprender a desaprender", ser capaces de revisar lo establecido para poder descubrir nuevas posibilidades de pensar y hacer.
Esto vale también para el ámbito organizacional. Las instituciones de formación de calidad no se limitan a transmitir conocimientos: son organizaciones que generan y gestionan conocimientos. Y lo hacen a partir del contacto permanente con los avances científicos y tecnológicos, del contexto productivo y social en el que están insertos y de sí mismas, de su propia experiencia permanentemente revisada. Se constituyen así en organizaciones que aprenden 3, desatando procesos colectivos en que el conocimiento tácito, el "saber hacer" de las personas y los equipos que la integran, se transforma en conocimiento explícito y puede ser entonces revisado y repensado colectivamente. Y dónde también el conocimiento explícito, formalizado, se convierte en conocimiento tácito, en saber hacer concreto que se expresa en la práctica cotidiana de la organización.
A nivel social calidad y equidad son inseparables: una formación de calidad es una formación que lucha contra la desigualdad, sirviendo efectivamente de puente entre las necesidades y posibilidades productivas del contexto y quienes producen, entre el empleo y las personas, entre el entorno productivo y los individuos y grupos sociales. Un contexto que condiciona a las personas y a la formación, pero que también lo desafía y al que puede transformar.

Por eso la formación profesional es un instrumento clave del desarrollo, pero de un desarrollo entendido no sólo como crecimiento económico sino como oportunidades crecientes para todos y todas: un desarrollo incluyente, centrado en las personas. Ello requiere, asimismo, de la transversalización de la perspectiva de género porque al concebir a las personas de manera integral, situadas y condicionadas por su entorno cultural, económico y comunitario, al valorizar los factores personales y relacionales que inciden en las trayectorias de vida, conduce a una lectura diferente y más amplia del desarrollo y la productividad y produce un cambio en la concepción de la formación para el trabajo y en la práctica pedagógica. La perspectiva de género es condición e impulso de la innovación y de mejora continua de la política y la tecnología formativa.

Desde este enfoque, como propone el Programa FORMUJER, una formación de calidad y con equidad es aquella que:

promueve la participación plena de los sujetos en el mundo del trabajo, acompañando sus procesos de reconocimiento y adquisición de saberes y habilidades;
procura remover inequidades que se originan en visiones estereotipadas sobre el papel que juegan las distintas personas según su sexo, origen, situación social, conocimientos, etc. Estas visiones obstaculizan el libre acceso a opciones de formación y de trabajo;
fomenta la igualdad de oportunidades, la participación democrática, la multiculturalidad, la atención a grupos desfavorecidos y su inserción social, laboral y económica;
se construye como una herramienta sensible y, por tanto, pertinente a los requerimientos que plantea el contexto laboral y social así como sus diversos actores;
busca mejorar el impacto de sus intervenciones, articulándose en estrategias más amplias de desarrollo local o colectivo.

 

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1- Tomamos aquí como referencia "El concepto de calidad y su evolución", de Guillermo Domínguez y Luz Lozano, en Calidad y formación: binomio inseparable, INEM, Madrid 2003 (pp. 45-80). Los entrecomillados pertenecen al texto de Domínguez y Lozano. Véase también La gestión de la calidad en la formación profesional, Fernando Vargas Zúñiga, CINTERFOR, Montevideo 2003.
2- Referencia: Taller sobre "Criterios de evaluación de calidad en el impacto de la formación". José Luis Pascual et. al., en Calidad y formación: binomio inseparable, op.cit.
3- Referencia: La quinta disciplina: organizaciones que aprenden, Peter Senge, Barcelona, Granica 1995 y La educación en la empresa, Ernesto Gore, Granica, Buenos Aires.

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