CLAVES
IDENTITARIAS DE LAS LATINOAMEARICANAS EN EL UMBRAL DEL MILENIO
Marcela Lagarde
LA
DOBLE VIDA Y LA TRANSICION
Las latinoamericanas sintetizan cada día
una doble jornada que no es la simple suma de dos tiempos de
trabajo. Se trata de una doble vida configurada por dobles espacios,
dobles tiempos intensificados, actividades simultáneas y el sobre uso
del tiempo. Las normas y los códigos de comportamiento de cada espacio
y cada relación son diferentes, contradictorios y conflictivos. Las
actividades exigen habilidades especializadas, lenguajes particulares
y desfases entre poderes, deberes y prohibiciones. Innumerables conflictos
surgen de esta simultaneidad.
La doble vida abarca actividades,
normas, valores morales, lenguajes, lenguas e idiomas distintos, puestos
en juego al mismo tiempo. Cada mujer debe desarrollar artes malabares
para pasar de un ámbito a otro sin equivocarse de clave. Requiere una
subjetividad que le permita, por ejemplo, vivir en un ámbito en el que
realice actividades y funciones desvalorizadas y no reconocidas, sin
sitio propio, posicionada en un rango menor, subordinada casi a todos,
y transitar el mismo día a otro espacio, ocupar posiciones de mando,
asumir jerarquías (de segunda), cumplir con responsabilidades, ganar
dinero, tener algunos derechos sociales y ser evaluada en su desempeño
individual.
La doble vida implica para las mujeres
además de conflictos prácticos, rupturas y dramas identitarios que dejan
huella. Las ideologías neoliberales de género descalifican la queja
y la victimización y exigen éxito y disfrute en el empeño. Las mujeres
deben reaccionar bien ante identidades estereotipadas y totales que
no corresponden con lo que son. Pero las contradicciones y las expectativas
se entrecruzan en conflictos internos de escisión que pueden
ser desgarradores cuando las mujeres los interpretan desde la cultura
de la culpa como errores, incapacidad propia o falta. Se sienten fallidas
por no ser perfectas o no "dar el ancho" al no soportar
la carga. En el extremo, la sociedad, los otros o ellas mismas,
consideran que están locas.
Sin embargo, cuando las mujeres avanzan
en la resolución creativa de conflictos o por el aprovechamiento de
hitos, la doble vida y la escisión sustentan innovaciones
imaginativas de la existencia. En dichos hitos individuales y colectivos
se dan grandes avances y formas de superación personal, para el género
y desde luego para la sociedad y la cultura. Entonces la rebeldía, la
insumisión, la audacia y la perseverancia en la consecución de los sueños
y las metas se asientan en la subjetividad de las mujeres como mecanismos
de autonomía.
Quienes están más definidas por una condición
premoderna funcionan como pilares del conservadurismo patriarcal
y pueden ser atropelladas en el camino, sucumbir en el intento o vivir
una existencia gris y amarga. La condición premoderna limita
a las mujeres y las hace apéndices de otros, seres satelitales
y dependientes que corresponden con fórmulas de sometimiento, subordinación
e incluso con daño y violencia para mantenerlas en cautiverio.
La condición moderna individualista las
aisla, las masculiniza o feminiza como supermacistas de la opción
que sigan y desde luego, las cubre con el velo de la igualdad natural
mítica o ideológica. Mujeres modernas individualistas y patriarcales
se ajustan a la exigencia de perfección subordinada (estudio y trabajo,
éxito y belleza, en la competitividad rival) sobrevaloran la inteligencia,
la astucia y la capacidad de salir adelante, pero persiste en ellas
la entrega de pareja, familiar o a una causa moderna (el trabajo, la
política, la empresa). Quienes para enfrentar los conflictos de la escisión
se mueven a favor del éxito de manera acrítica, apuntalan la modernidad
individualista y modelos y relaciones de género patriarcales actualizados.
Asertividad y obediencia coexisten en este camino de género y las mujeres
se adaptan como seres satelitales elegidas por méritos propios,
ligadas al éxito, la jerarquía y el ascenso en plena identificación
con la norma patriarcal.
Las latinoamericanas experimentamos el
sincretismo muchas veces como dualismo entre el yo y los
hombres, yo y los otros, yo y la tradición,
yo y la revolución, yo y la causa (mis
causas). Para superar los esquemas binarios, algunas sincréticas
modernas se desubican y disienten de ese destino; al hacerlo,
mueven al mundo. Esta es la vertiente feminista. No sólo disidente,
sino creativa de opciones personales y sociales. La construcción social
de un nuevo paradigma imaginado desde la filosofía feminista, sucede
en las mujeres mismas. Su transformación discontinua, compleja y contradictoria,
trastoca espacios, costumbres, relaciones, maneras de vivir y aspiraciones.
La búsqueda de oportunidades y la conciencia de mismidad, las
lleva a enfrentarse al orden para desmontar poderes de dominio y a la
creación de alternativas.
En las últimas décadas, como nunca antes,
millones de latinoamericanas feministas vivimos en ruptura con el patriarcado.
El esfuerzo vital ha consistido en darle otro sentido a la vida a través
de experiencias inéditas para eliminar los cautiverios y profundizar
los avances de la modernidad. Las mujeres han contribuido a cambios
profundos en la sociedad, las mentalidades, la cultura y la generación
de derechos, recursos, caminos y poderes positivos. Lo han hecho prácticamente
en los espacios, las instituciones, las organizaciones y en interacción
con otras personas para que su visión del mundo ocupe cada vez más espacios.
La clave más relevante de las acciones feministas ha sido el convencimiento,
lo que de por sí es un aporte democrático a la cultura y la convivencia
si se considera el ambiente hostil, la descalificación y hasta las maneras
bravuconas imperantes. Con el rechazo activo al patriarcado de las modernas
disidentes, las feministas, se inaugura un nuevo horizonte
cultural en América Latina.