CLAVES
IDENTITARIAS DE LAS LATINOAMEARICANAS EN EL UMBRAL DEL MILENIO
Marcela Lagarde
SEMEJANZAS
Más allá de diferencias y semejanzas religiosas,
políticas, de clase y otras, tres características identitarias sobresalen
en las mujeres latinoamericanas como verdaderas marcas de identidad:
el sincretismo, la diversidad y la transición.
El sincretismo de género plasma
la las variadas fórmulas en que cada mujer es a la vez premoderna
o tradicional y moderna, en un mundo como el latinoamericano,
de por sí sincrético y ubicado a años luz de concreciones imprescindibles
de la modernidad. Cada latinoamericana sintetiza procesos de vida en
que la condición tradicional coexiste con la condición moderna de género.
Las maneras en que esa amalgama ocurre tienen marcas generacionales,
de clase, étnicas. Pero el sincretismo marca la personalidad
y el modo de vida de cada una. Define también el contenido de los conflictos
subjetivos internos y con los otros, la posición en el mundo
y el uso o desuso de los recursos. El sincretismo genérico está
presente en la sexualidad, el amor, la vida doméstica y la vida pública,
el trabajo y las maneras de participación.
Modernas y tradicionales a la vez, las
latinoamericanas vivimos en cautiverio emancipadas, pensamos
de manera binaria, formal, religiosa y mágicamente, desarrollamos también,
pensamiento complejo, dialéctico y laico. La poligamia se abre paso
en la sexualidad y la conyugalidad de más y más mujeres con mentalidad
de monógamas, la virginidad juvenil es desplazada y aumentan las maternidades
adolescentes. Millones siguen entregando su cuerpo y su sexualidad al
hombre de su vida por ese momento, sólo que en actitud subversiva y
temeraria. En ese sentido, el cuerpo-para-otros sigue condicionando
la identidad de la mayoría de las mujeres, sólo que en la era del VIH,
de otros males y del tabú del condón, con un altísimo riesgo y a un
altísimo costo. La actualización ideológica patriarcal promueve el cuerpo-cosificado-para-el-placer
y el culto estético del cuerpo como experiencias valorizantes
de género, de avanzada, modernas, signo de emancipación, frente al cuerpo-procreador,
contradictoriamente vigente y complemento sincrético de las nuevas identidades
sexuales. En cualquier caso, la enajenación sexual, corporal, es la
más adaptativa y sobrevive a otros ámbitos de la condición de la mujer
resignificados a profundidad.
Las economías del siglo XX trajeron a las
latinoamericanas más trabajo y no sólo liberador; a diferencia de las
promesas de las ideologías del progreso, en la realidad se amplió el
abanico y no se eliminaron los trabajos enajenantes. Hoy tenemos no
sólo dobles y triples jornadas, trabajo visible e invisible, formal
e informal, sino que trabajamos extra para ganar unos centavos más y
ser más apreciadas, o porque aún no podemos decir no a los reclamos
del deber.
El sincretismo de género en condiciones
neoliberales ha producido una pauperización relativa y absoluta
de las mujeres. A pesar de que capas importantes de mujeres han mejorado
en sus condiciones de vida y han ascendido económicamente, la pobreza
de género abarca a mujeres de todas las clases y sustenta
formas de sobrexplotación económica. Refuerza asimismo el control económico
de las mujeres y les impide el acceso a oportunidades y a bienes, entre
otros, la tierra, la empresa, los bienes de consumo y los bienes simbólicos
que se adquieren con dinero.
El género femenino en su conjunto es la
categoría social que más trabaja en este lugar del mundo, se apropia
de menor riqueza social a través de su trabajo y sus aportes sociales,
accede a menos servicios y ve disminuidas sus oportunidades de desarrollo
y de ejercer sus derechos, en condiciones de enorme riesgo vital. Desde
luego, es el género conculcado de poder político.
Anhelantes de tiempo para el descanso,
la diversión o el estudio, muchísimas latinoamericanas regalamos nuestro
tiempo, como aristócratas, en voluntariados de todas las causas; aun
mujeres pobres se sienten con el deber de ser solidarias a costa de
ellas mismas. La entrega como virtud va de la mano de la sensación de
que es correcto pedir, exigir o promover derechos. Entre las redes de
sobrevivencia y la caridad se mueven muchos esfuerzos vitales de las
mujeres y son sustraídos a la lucha civil y política para mejorar socialmente
sus condiciones de vida.
Las niñas que nacen en el umbral del milenio
bajo cielos latinoamericanos serán educadas como mujeres domésticas
y públicas madresposas-semiciudadanas. Las adultas, en tanto,
definen su vida en torno a maternidades de entrega y sin sustento social,
y al mismo tiempo luchan por su independencia y su desarrollo, y por
sacar a alguien adelante. El amor y las pasiones tradicionales siguen
intocadas en la mayoría de las conciencias y las afectividades son contenido
de deseos y de enormes inversiones de energías vitales.
Los hombres siguen siendo los dueños de
las tierras, los territorios y los espacios latinoamericanos. Son el
centro de la sociedad, del Estado y de cualquier círculo particular.
Hegemonizan la cultura. Están en el centro de la vida de las mujeres,
las familias y las comunidades aun cuando estén ausentes. El cambio
consiste en que para cada vez más mujeres ya no son sólo el padre y
el cónyuge tradicionales quienes las colonizan, a ellos se suman maestros,
jefes, colegas, dirigentes profesionales de la salud, abogados, clérigos
(aun lo de la liberación). Para evidenciar que el orden político de
géneros tiene dos escalafones diferenciados, mujeres poderosas están
jerarquizadas en segundo nivel frente a los hombres y, reivindicadoras
de una igualdad natural, reconocen en los hombres superioridad, liderazgo,
mando y dirección sobre sus vidas.
Herederas de Sor Juana, Gabriela Mistral
y Rosario Castellanos, mujeres ilustradas e insumisas, millones de latinoamericanas
son hijas de la escuela y encuentran obstáculos para avanzar en sus
estudios. Muchas lo hacen contra la voluntad de sus parientes y otras
contra la de sus maestros. Las estudiantes son sacrificadas por el Estado,
la sociedad y sus familias en comadrazgos de crianza de sus hermanos,
en maternidades infantiles y adolescentes y en los quehaceres domésticos
en atención de personas adultas. La servidumbre doméstica es
una virtud de género. Otras más estudian y trabajan, hasta ganan dinero,
pero deben de compartirlo y de todas maneras ocuparse de la casa y la
familia.
En la mayoría de los países de América
Latina está materialmente prohibida la educación para la sexualidad
responsable y libre, tanto en los medios masivos de comunicación que
hegemonizan una visión ultrajante, violenta e irresponsable de la sexualidad,
como en los sistemas educativos. Aunque sea increíble, las mujeres y
los hombres que pasan desde la educación básica hasta la universitaria
no reciben en ningún nivel información y formación ética sobre una de
las dimensiones claves de la existencia. Además, para las mujeres este
tabú es criminal, porque en estos tiempos son quienes se hacen cargo
de las responsabilidades y truncan su camino o incrementan su carga
vital. En el umbral del milenio las latinoamericanas y los latinoamericanos
tenemos proscrito el desarrollo de una conciencia sexual moderna. Debemos
permanecer premodernos en la era de la modernidad.
El control de las iglesias es fundamental
en torno a la sexualidad y el comportamiento de las mujeres. Es evidente
que las iglesias se ocupan más y más de contener sus avances y de controlar
sus vidas. La contradicción más grave erigida desde esa visión para
las mujeres es la que coloca a su sexualidad en manos de las iglesias,
subsume al Estado en su dimensión secularizadora y es, por consiguiente,
un dique contra la democratización moderna. Sin embargo, la clave más
ultrajante está en que el poder patriarcal de las iglesias y las religiones
jerarquiza vitalmente a las mujeres en segundo plano frente al producto
de sus embarazos, los convierte en personas y despersonaliza a las mujeres.
Debido también a esta dominación religiosa, que abarca a todas y no
sólo a las fieles, las latinoamericanas no somos sujetas en primera
persona y no alcanzamos nuestra condición de seres humanas. Por
ello, además, millones de mujeres deben estar enmarcadas en las actividades
religiosas domésticas y comunitarias, deben ir a la iglesia o al templo,
creer, rezar, y asumir un sobrepoder patriarcal divino sobre sus vidas
y servir en fiestas y rituales protagonizados mayoritariamente por hombres
que les ordenan obediencia, abnegación y entrega.
El sincretismo de género se concreta
en poseer atributos modernos y ser objeto de valoraciones premodernas.
La inferioridad atribuida misóginamente al género femenino nos hace
ser consideradas ignorantes perpetuas porque nuestros saberes no se
reconocen en su calidad de conocimientos y de capital cultural. Se nos
margina de otros saberes que sí se usan para organizar el mundo. Y,
aunque los poseamos, aunque seamos sabias, especialistas y expertas
en cualquier campo de la técnica, la ciencia, la espiritualidad, cualquiera
se siente con la legitimidad para negar nuestro saber y nuestra calidad.
Somos colocadas en el lugar simbólico y práctico de la ignorancia y
la irracionalidad, aun por quienes nada saben. A través de las ideologías
patriarcales se tiende un velo para que no podamos vernos. Se supone
lo femenino como inaprensible, desconocido y oculto.
Por segregación, pero también por el tabú
político de género que prohibe traspasar la experiencia entre mujeres,
se trata de evitar la transmisión de descubrimientos y saberes que posibilitarían
el desarrollo de una conciencia histórica de género. Cada mujer desconoce
aspectos indispensables para vivir y sobre el mundo, a la vez que cultiva
saberes que la valoran simbólicamente. Es asombrosa la sobrevivencia
de niñas, adolescentes, adultas y viejas en condiciones de ignorancia
existencial que incrementa la enorme vulnerabilidad y riesgo con que
enfrentan la cotidianidad. Cada cual desprovista de lo que otras han
descubierto y podría ayudarlas.
El sincretismo nos hace ser ciudadanas
a medias sin derechos plenos, semituteladas por los hombres, las instituciones
sociales, el Estado y las iglesias y, desde luego, por otras mujeres.
La mayoría de las latinoamericanas estamos excluidas de los procesos
políticos de gobierno, de administración y planeación. En cambio estamos
en los niveles de ejecución, organización y como portavoces de
los otros . Siempre consideradas como apoyo o ayuda.
En la base de la pirámide y en los múltiples mundos subterráneos, en
lo más inmediato, emergen los liderazgos femeninos y se promueve la
sobrevaloración ode los liderazgos de mujeres ligados al "poder
local", o de bajo perfil, o más bien "de base". Se les
considera afines con una supuesta idiosincrasia femenina. Cuando ocupamos
niveles más altos de la pirámide, las posiciones son subordinadas y
coronadas con el famoso techo de cristal y colocadas un escalón
más abajo que los hombres.
El sincretismo de género enmarcado
en procesos latinoamericanos nos hace invisibles como sujetas sociales.
No existimos en la norma jurídica ni en el pacto político como mujeres.
Es decir, como lo único que nos hace ser un sujeto colectivo, reconocernos,
asociarnos y politizar nuestras necesidades y privaciones, así como
nuestras aspiraciones, logros y aportes de género. La doble condición
sincrética nos ubica como seres minorizadas políticamente: activas participantes
con trabajo y esfuerzos vitales diversos, pero representadas, conducidas
o suplantadas por los hombres y las instituciones y sin la posibilidad
de incorporar el género en la política, el desarrollo y la democracia.
Las latinoamericanas nos debatimos convocadas
como modernas a participar en sociedades que no acaban de hacer suya
la democracia real participativa. Somos condicionadas a participar como
tradicionales para el bienestar de los otros, de la naturaleza,
la comunidad y cualquier ente, a condición de no ocuparnos de los problemas
específicos de las mujeres y del género. Somos llamadas a sustentar
consensual y activamente los poderes establecidos. La participación
aceptada exige aceptar la inequidad entre mujeres y hombres como principio
previo de lealtad al orden patriarcal. Se espera de las mujeres una
presencia subordinada con ceguera de género. Se nos exige aceptar la
prohibición de impulsar la democracia genérica y el desarrollo
humano con perspectiva de género. Y, aun cuando se supone que se trata
de impulsarlos, se esperan versiones light, o que impulsen cambios
acotados, que no se contagien las instituciones promotoras o que se
convoque a las mujeres con el anzuelo del género pero sin la política
de género. Por eso, el mayor tabú en los ámbitos sociales, en
la política y en la vida de las mujeres en el umbral del milenio en
América Latina es el tabú del feminismo. Y cada mujer se convierte
en frontera de paradigmas, en campo de lucha de un orden que aún no
acaba de ceder y otro en ciernes que apenas impulsamos.
La cultura política de los movimientos
sociales, la academia, la investigación social, las humanidades y la
filosofía, así como la que proviene de los espacios políticos sindicales,
partidistas y de ONG mixtos, es profundamente antifeminista porque es
esencialmente sexista, misógina y machista. La problemática de género
de las mujeres latinoamericanas está profundamente cercada por el machismo
militante legítimo, cosificador y violento, convertido en cultura nacional,
en ideologías, épica, crónica e historia, en el arate y en todo tipo
de narraciones literarias e imaginarias, se manifiesta obviamente en
los deportes, en las confrontaciones armadas y en la política.