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Fecha de actualización:
11/03/2009

 

 

 

Noticias bibliográficas

EL SIGLO DE LAS MUJERES

CLAVES IDENTITARIAS DE LAS LATINOAMEARICANAS EN EL UMBRAL DEL MILENIO

Marcela Lagarde

SEMEJANZAS

Más allá de diferencias y semejanzas religiosas, políticas, de clase y otras, tres características identitarias sobresalen en las mujeres latinoamericanas como verdaderas marcas de identidad: el sincretismo, la diversidad y la transición.

El sincretismo de género plasma la las variadas fórmulas en que cada mujer es a la vez premoderna o tradicional y moderna, en un mundo como el latinoamericano, de por sí sincrético y ubicado a años luz de concreciones imprescindibles de la modernidad. Cada latinoamericana sintetiza procesos de vida en que la condición tradicional coexiste con la condición moderna de género. Las maneras en que esa amalgama ocurre tienen marcas generacionales, de clase, étnicas. Pero el sincretismo marca la personalidad y el modo de vida de cada una. Define también el contenido de los conflictos subjetivos internos y con los otros, la posición en el mundo y el uso o desuso de los recursos. El sincretismo genérico está presente en la sexualidad, el amor, la vida doméstica y la vida pública, el trabajo y las maneras de participación.

Modernas y tradicionales a la vez, las latinoamericanas vivimos en cautiverio emancipadas, pensamos de manera binaria, formal, religiosa y mágicamente, desarrollamos también, pensamiento complejo, dialéctico y laico. La poligamia se abre paso en la sexualidad y la conyugalidad de más y más mujeres con mentalidad de monógamas, la virginidad juvenil es desplazada y aumentan las maternidades adolescentes. Millones siguen entregando su cuerpo y su sexualidad al hombre de su vida por ese momento, sólo que en actitud subversiva y temeraria. En ese sentido, el cuerpo-para-otros sigue condicionando la identidad de la mayoría de las mujeres, sólo que en la era del VIH, de otros males y del tabú del condón, con un altísimo riesgo y a un altísimo costo. La actualización ideológica patriarcal promueve el cuerpo-cosificado-para-el-placer y el culto estético del cuerpo como experiencias valorizantes de género, de avanzada, modernas, signo de emancipación, frente al cuerpo-procreador, contradictoriamente vigente y complemento sincrético de las nuevas identidades sexuales. En cualquier caso, la enajenación sexual, corporal, es la más adaptativa y sobrevive a otros ámbitos de la condición de la mujer resignificados a profundidad.

Las economías del siglo XX trajeron a las latinoamericanas más trabajo y no sólo liberador; a diferencia de las promesas de las ideologías del progreso, en la realidad se amplió el abanico y no se eliminaron los trabajos enajenantes. Hoy tenemos no sólo dobles y triples jornadas, trabajo visible e invisible, formal e informal, sino que trabajamos extra para ganar unos centavos más y ser más apreciadas, o porque aún no podemos decir no a los reclamos del deber.

El sincretismo de género en condiciones neoliberales ha producido una pauperización relativa y absoluta de las mujeres. A pesar de que capas importantes de mujeres han mejorado en sus condiciones de vida y han ascendido económicamente, la pobreza de género abarca a mujeres de todas las clases y sustenta formas de sobrexplotación económica. Refuerza asimismo el control económico de las mujeres y les impide el acceso a oportunidades y a bienes, entre otros, la tierra, la empresa, los bienes de consumo y los bienes simbólicos que se adquieren con dinero.

El género femenino en su conjunto es la categoría social que más trabaja en este lugar del mundo, se apropia de menor riqueza social a través de su trabajo y sus aportes sociales, accede a menos servicios y ve disminuidas sus oportunidades de desarrollo y de ejercer sus derechos, en condiciones de enorme riesgo vital. Desde luego, es el género conculcado de poder político.

Anhelantes de tiempo para el descanso, la diversión o el estudio, muchísimas latinoamericanas regalamos nuestro tiempo, como aristócratas, en voluntariados de todas las causas; aun mujeres pobres se sienten con el deber de ser solidarias a costa de ellas mismas. La entrega como virtud va de la mano de la sensación de que es correcto pedir, exigir o promover derechos. Entre las redes de sobrevivencia y la caridad se mueven muchos esfuerzos vitales de las mujeres y son sustraídos a la lucha civil y política para mejorar socialmente sus condiciones de vida.

Las niñas que nacen en el umbral del milenio bajo cielos latinoamericanos serán educadas como mujeres domésticas y públicas madresposas-semiciudadanas. Las adultas, en tanto, definen su vida en torno a maternidades de entrega y sin sustento social, y al mismo tiempo luchan por su independencia y su desarrollo, y por sacar a alguien adelante. El amor y las pasiones tradicionales siguen intocadas en la mayoría de las conciencias y las afectividades son contenido de deseos y de enormes inversiones de energías vitales.

Los hombres siguen siendo los dueños de las tierras, los territorios y los espacios latinoamericanos. Son el centro de la sociedad, del Estado y de cualquier círculo particular. Hegemonizan la cultura. Están en el centro de la vida de las mujeres, las familias y las comunidades aun cuando estén ausentes. El cambio consiste en que para cada vez más mujeres ya no son sólo el padre y el cónyuge tradicionales quienes las colonizan, a ellos se suman maestros, jefes, colegas, dirigentes profesionales de la salud, abogados, clérigos (aun lo de la liberación). Para evidenciar que el orden político de géneros tiene dos escalafones diferenciados, mujeres poderosas están jerarquizadas en segundo nivel frente a los hombres y, reivindicadoras de una igualdad natural, reconocen en los hombres superioridad, liderazgo, mando y dirección sobre sus vidas.

Herederas de Sor Juana, Gabriela Mistral y Rosario Castellanos, mujeres ilustradas e insumisas, millones de latinoamericanas son hijas de la escuela y encuentran obstáculos para avanzar en sus estudios. Muchas lo hacen contra la voluntad de sus parientes y otras contra la de sus maestros. Las estudiantes son sacrificadas por el Estado, la sociedad y sus familias en comadrazgos de crianza de sus hermanos, en maternidades infantiles y adolescentes y en los quehaceres domésticos en atención de personas adultas. La servidumbre doméstica es una virtud de género. Otras más estudian y trabajan, hasta ganan dinero, pero deben de compartirlo y de todas maneras ocuparse de la casa y la familia.

En la mayoría de los países de América Latina está materialmente prohibida la educación para la sexualidad responsable y libre, tanto en los medios masivos de comunicación que hegemonizan una visión ultrajante, violenta e irresponsable de la sexualidad, como en los sistemas educativos. Aunque sea increíble, las mujeres y los hombres que pasan desde la educación básica hasta la universitaria no reciben en ningún nivel información y formación ética sobre una de las dimensiones claves de la existencia. Además, para las mujeres este tabú es criminal, porque en estos tiempos son quienes se hacen cargo de las responsabilidades y truncan su camino o incrementan su carga vital. En el umbral del milenio las latinoamericanas y los latinoamericanos tenemos proscrito el desarrollo de una conciencia sexual moderna. Debemos permanecer premodernos en la era de la modernidad.

El control de las iglesias es fundamental en torno a la sexualidad y el comportamiento de las mujeres. Es evidente que las iglesias se ocupan más y más de contener sus avances y de controlar sus vidas. La contradicción más grave erigida desde esa visión para las mujeres es la que coloca a su sexualidad en manos de las iglesias, subsume al Estado en su dimensión secularizadora y es, por consiguiente, un dique contra la democratización moderna. Sin embargo, la clave más ultrajante está en que el poder patriarcal de las iglesias y las religiones jerarquiza vitalmente a las mujeres en segundo plano frente al producto de sus embarazos, los convierte en personas y despersonaliza a las mujeres. Debido también a esta dominación religiosa, que abarca a todas y no sólo a las fieles, las latinoamericanas no somos sujetas en primera persona y no alcanzamos nuestra condición de seres humanas. Por ello, además, millones de mujeres deben estar enmarcadas en las actividades religiosas domésticas y comunitarias, deben ir a la iglesia o al templo, creer, rezar, y asumir un sobrepoder patriarcal divino sobre sus vidas y servir en fiestas y rituales protagonizados mayoritariamente por hombres que les ordenan obediencia, abnegación y entrega.

El sincretismo de género se concreta en poseer atributos modernos y ser objeto de valoraciones premodernas. La inferioridad atribuida misóginamente al género femenino nos hace ser consideradas ignorantes perpetuas porque nuestros saberes no se reconocen en su calidad de conocimientos y de capital cultural. Se nos margina de otros saberes que sí se usan para organizar el mundo. Y, aunque los poseamos, aunque seamos sabias, especialistas y expertas en cualquier campo de la técnica, la ciencia, la espiritualidad, cualquiera se siente con la legitimidad para negar nuestro saber y nuestra calidad. Somos colocadas en el lugar simbólico y práctico de la ignorancia y la irracionalidad, aun por quienes nada saben. A través de las ideologías patriarcales se tiende un velo para que no podamos vernos. Se supone lo femenino como inaprensible, desconocido y oculto.

Por segregación, pero también por el tabú político de género que prohibe traspasar la experiencia entre mujeres, se trata de evitar la transmisión de descubrimientos y saberes que posibilitarían el desarrollo de una conciencia histórica de género. Cada mujer desconoce aspectos indispensables para vivir y sobre el mundo, a la vez que cultiva saberes que la valoran simbólicamente. Es asombrosa la sobrevivencia de niñas, adolescentes, adultas y viejas en condiciones de ignorancia existencial que incrementa la enorme vulnerabilidad y riesgo con que enfrentan la cotidianidad. Cada cual desprovista de lo que otras han descubierto y podría ayudarlas.

El sincretismo nos hace ser ciudadanas a medias sin derechos plenos, semituteladas por los hombres, las instituciones sociales, el Estado y las iglesias y, desde luego, por otras mujeres. La mayoría de las latinoamericanas estamos excluidas de los procesos políticos de gobierno, de administración y planeación. En cambio estamos en los niveles de ejecución, organización y como portavoces de los otros . Siempre consideradas como apoyo o ayuda. En la base de la pirámide y en los múltiples mundos subterráneos, en lo más inmediato, emergen los liderazgos femeninos y se promueve la sobrevaloración ode los liderazgos de mujeres ligados al "poder local", o de bajo perfil, o más bien "de base". Se les considera afines con una supuesta idiosincrasia femenina. Cuando ocupamos niveles más altos de la pirámide, las posiciones son subordinadas y coronadas con el famoso techo de cristal y colocadas un escalón más abajo que los hombres.

El sincretismo de género enmarcado en procesos latinoamericanos nos hace invisibles como sujetas sociales. No existimos en la norma jurídica ni en el pacto político como mujeres. Es decir, como lo único que nos hace ser un sujeto colectivo, reconocernos, asociarnos y politizar nuestras necesidades y privaciones, así como nuestras aspiraciones, logros y aportes de género. La doble condición sincrética nos ubica como seres minorizadas políticamente: activas participantes con trabajo y esfuerzos vitales diversos, pero representadas, conducidas o suplantadas por los hombres y las instituciones y sin la posibilidad de incorporar el género en la política, el desarrollo y la democracia.

Las latinoamericanas nos debatimos convocadas como modernas a participar en sociedades que no acaban de hacer suya la democracia real participativa. Somos condicionadas a participar como tradicionales para el bienestar de los otros, de la naturaleza, la comunidad y cualquier ente, a condición de no ocuparnos de los problemas específicos de las mujeres y del género. Somos llamadas a sustentar consensual y activamente los poderes establecidos. La participación aceptada exige aceptar la inequidad entre mujeres y hombres como principio previo de lealtad al orden patriarcal. Se espera de las mujeres una presencia subordinada con ceguera de género. Se nos exige aceptar la prohibición de impulsar la democracia genérica y el desarrollo humano con perspectiva de género. Y, aun cuando se supone que se trata de impulsarlos, se esperan versiones light, o que impulsen cambios acotados, que no se contagien las instituciones promotoras o que se convoque a las mujeres con el anzuelo del género pero sin la política de género. Por eso, el mayor tabú en los ámbitos sociales, en la política y en la vida de las mujeres en el umbral del milenio en América Latina es el tabú del feminismo. Y cada mujer se convierte en frontera de paradigmas, en campo de lucha de un orden que aún no acaba de ceder y otro en ciernes que apenas impulsamos.

La cultura política de los movimientos sociales, la academia, la investigación social, las humanidades y la filosofía, así como la que proviene de los espacios políticos sindicales, partidistas y de ONG mixtos, es profundamente antifeminista porque es esencialmente sexista, misógina y machista. La problemática de género de las mujeres latinoamericanas está profundamente cercada por el machismo militante legítimo, cosificador y violento, convertido en cultura nacional, en ideologías, épica, crónica e historia, en el arate y en todo tipo de narraciones literarias e imaginarias, se manifiesta obviamente en los deportes, en las confrontaciones armadas y en la política.

 

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