B. La perspectiva de la Organización
Internacional del Trabajo sobre la participación y la situación de las
mujeres en el mundo del trabajo.
Tendencias en la participación femenina
en la mano de obra (2)
"Desde principios de la década de
1980, la participación de las mujeres en el trabajo retribuido ha aumentado
significativamente y ha disminuido la diferencia entre las tasas de
participación del hombre y de la mujer en el total de la población activa.
Las mujeres representan ahora más del cuarenta por ciento de la fuerza
de trabajo total. Varios factores explican las diferencias existentes
entre los países en cuanto a nivel y plazos de la participación de las
mujeres: la estructura y la organización del sistema de producción;
las condiciones del mercado de trabajo y sus regulaciones; el sistema
educativo y de formación; y las actitudes sociales dominantes, incluidas
las relativas a los roles atribuidos al género. Pero en todas partes
se han venido creando más puestos de trabajo para las mujeres que para
los hombres. Cada vez son más numerosas las mujeres mejor educadas que
están alcanzando puestos de responsabilidad y son también más las mujeres
que crean sus propias empresas.
Estos cambios positivos en relación con
la participación de la mujer en el empleo retribuido hacen ciertamente
más visible su contribución económica. Pero... ¿ha mejorado su situación
en el empleo? Las mujeres siguen encontrándose predominantemente en
ciertos tipos de ocupaciones en el sector de los servicios, en la economía
no regulada y en la agricultura.
En conjunto, al crecimiento cuantitativo
del empleo de la mujer no le ha correspondido un aumento en la calidad
de su empleo. Se han producido algunas mejoras, pero el avance ha sido
desigual y limitado. Ha habido oportunidades de mejores empleos para
una pequeña minoría, pero la mayoría de las mujeres trabajadoras siguen
en una situación desventajosa:
i) en cuanto a la oferta del mercado de
trabajo: las mujeres están en desventaja con respecto a los hombres
en términos del trabajo que ofertan y de su preparación para dicho mercado
de trabajo. Persiste la desigualdad por razón del género en el acceso
a los recursos productivos y el control de éstos, así como en las oportunidades
de formación y readaptación profesional. Las mujeres no se han visto
respaldadas por las medidas prácticas y los servicios e infraestructura
básicos de apoyo que necesitan para poder aprovechar realmente las oportunidades
en el mercado de trabajo estructurado;
ii) en cuanto a la demanda del mercado
de trabajo: la segregación de los géneros por ocupación representa aún
un importante elemento de rigidez en el mercado de trabajo y es una
gran fuente de desigualdades en él. Las mujeres siguen encontrándose
con discriminación a la hora de ser elegidas para un puesto de trabajo
y con barreras para su movilidad ocupacional. Siguen existiendo diferentes
valores y remuneración asociados a los empleos de los hombres y de las
mujeres, de forma que los mercados de trabajo se caracterizan aún por
diferenciales salariales y por la discriminación en función del género;
iii) en términos de procesos del mercado
de trabajo: las mujeres tienden a encontrarse con mayores dificultades
que los hombres para acceder a los planes del mercado de trabajo y a
otras diversas formas de asistencia si están desempleadas o si se hallan
en posiciones económicas o sociales particularmente vulnerables. Puede
ser también que necesiten formas especiales de asistencia que las capaciten
para competir por el empleo en pie de igualdad con los hombres."
Una investigación realizada por la OIT
en América Latina en el año 2000 y publicada en el Panorama Laboral,
muestra las tendencias siguientes:(3)
* Existen fuertes desigualdades entre
hombres y mujeres en el mercado de trabajo en América Latina
Las tasas de participación de las mujeres
en la actividad económica son bastante inferiores a las observadas en
los países desarrollados, en especial las de las mujeres más pobres
y con menores niveles de escolaridad. En 1998, la tasa de participación
femenina en América Latina alcanza a 44.7%, en tanto que en Estados
Unidos y Canadá es cercana al 60%.
Sin embargo, las tasas de desempleo
de las mujeres de la región son significativamente más elevadas que
las de los hombres (en 1998 las superan en casi un 50%), en especial
las de aquellas provenientes de los hogares de más bajos ingresos.
Las mujeres están sobrerepresentadas
en las ocupaciones informales, y la calidad del empleo al interior de
esas ocupaciones es inferior a la de los hombres. La incidencia
de las ocupaciones informales en el total del empleo femenino crece
en los noventa, y en 1998 era un 12% superior a la de los hombres. Su
presencia en la microempresa (segmento caracterizado por contar con
los empleos de mejor calidad del sector informal) es menor que la de
hombres; además, el peso del servicio doméstico en el total de la ocupación
femenina es elevado y sigue creciendo.
Las mujeres ganan en promedio el 64%
de lo que ganan los hombres. La brecha de ingresos es más acentuada
entre las ocupadas en el sector informal (que perciben el equivalente
al 52% de los ingresos masculinos) y las que tienen altos niveles de
escolaridad. Los diferenciales salariales entre las mujeres también
son más acentuados que los observados para los hombres en los distintos
segmentos del empleo: las ocupadas en el sector informal ganan menos
de la mitad (44%) que las que trabajan en el sector formal, mientras
que este porcentaje alcanza a 65% en el caso de los hombres.
Las mujeres necesitan un nivel de escolaridad
significativamente superior al de los hombres para acceder a las mismas
oportunidades de empleo: cuatro años más para obtener el mismo
ingreso y dos años más en promedio para tener oportunidades similares
de acceder a una ocupación formal.
La cobertura promedio de la protección
social de las mujeres, que es un 5% menor que la de los hombres, ha
disminuido en la década. Esa diferencia es del 10% en el sector
informal. Por el contrario, el grado de protección de las mujeres es
un 5% superior al de los hombres en el sector formal.
* Algunas desigualdades entre hombres
y mujeres se reducen en los noventa
Se reduce la diferencia entre las tasas
de participación de hombres y mujeres, así como entre las de las mujeres
pobres y las demás. La tasa de participación de las mujeres equivalía
a la mitad de la tasa de participación de los hombres en 1990. Sin embargo,
esa proporción se eleva a un 60% en 1998, registrándose un aumento más
acentuado entre los sectores de bajos ingresos.
Aumentan las oportunidades de empleo
para las mujeres en comparación con los hombres y también mejoran sus
posibilidades de acceso a ocupaciones formales. La tasa de ocupación
femenina creció más que la masculina. A su vez, el proceso de informalización
del empleo durante los años noventa fue más acentuado para los hombres
que para las mujeres (de cada 100 nuevos empleos masculinos, 70 fueron
generados en el sector informal, en tanto que esa cifra alcanza a 54
en el caso de las mujeres).
Se reduce moderadamente la diferencia
de ingresos: 4.3 puntos de por ciento en la década. Esa reducción
fue más acentuada en las ocupaciones informales, en especial en la microempresa
y el servicio doméstico.
Se reduce moderadamente la brecha de
protección social, especialmente en el sector informal, donde ésta
era más acentuada en 1990. El porcentaje de asalariados masculinos que
cotiza en algún sistema de seguridad social disminuye 5.2 puntos de
por ciento entre 1990 y 1998, mientras que en el caso de las mujeres
esa reducción fue de 4.8 puntos de por ciento.
* Sin embargo, las desigualdades entre
hombres y mujeres siguen siendo grandes
La tasa de desempleo promedio de las
mujeres prácticamente se duplica en los noventa, alcanzando en 1998
a 11.2% promedio y a casi 20% entre las más pobres. También aumenta
la brecha de desempleo entre los sexos, al contrario de lo que ocurre
con la tasa de participación.
No mejora la calidad del empleo de
las mujeres en comparación con los hombres al interior del sector informal:
la tasa de crecimiento de las ocupadas en la microempresa fue inferior
a la observada para los hombres. Además, sigue aumentando la incidencia
del servicio doméstico femenino, ocupación informal con bajos niveles
de ingreso y de protección social.
El crecimiento de los niveles de escolaridad
de las mujeres no les garantiza más y mejores empleos en comparación
con los hombres. A pesar de que el nivel educacional de las mujeres
ocupadas ha aumentado significativamente durante la década y de que
tienen una escolaridad superior a la de los hombres, ello no les garantiza
el acceso a mejores empleos. Ellas necesitan una cantidad de años de
estudio significativamente superior para acceder a las mismas oportunidades
ocupacionales que los hombres.
En situación de especial desprotección
están las ocupadas en el servicio doméstico. Ellas representan
en 1998 el 16% del empleo total de las mujeres en América Latina y explican
el 22% de los nuevos empleos generados por mujeres en la década, sin
embargo tienen los niveles más bajos de salarios y de protección social.
2. OIT, Trabajo decente
para la mujer: una propuesta de la OIT para acelerar la puesta en práctica
de la Plataforma de Acción de Pekín , Oficina para la Igualdad de Género,
Ginebra 2001
3. OIT, Panorama Laboral, 1999, Oficina Regional para
América Latina.