|
TRABAJO
DECENTE PARA LA MUJER.
Una propuesta de la OIT para acelerar la puesta en práctica
de la Plataforma de Acción de Pekín
Índice
La
cuestión del género
en la agenda internacional
La
Plataforma de Acción de Pekín y el mandato
de la OIT
La
mujer en el mundo
del trabajo: progresos
y desfases
La
respuesta de la OIT: La agenda del Trabajo Decente
Conseguir
que se respeten los principios
y derechos fundamentales en el trabajo
Promover
el empleo y
las oportunidades de ingresos
Extender
la protección social
Promover
el diálogo
social
Conclusión
Anexo
Apéndice
1
Apéndice
2
|
|
Promover el diálogo social
El diálogo social es un medio de
promoción de trabajo decente para hombres y mujeres, y para garantizar
la supresión de las desigualdades por razón del género de las
personas. La estructura tripartita de la OIT brinda un excepcional
punto de partida para nutrir la vida democrática y promover el
desarrollo económico con justicia social. Pero es preciso mejorar
la participación y representación de la mujer en el proceso de
diálogo social.
Mejorar la representación de la mujer
en las estructuras del diálogo social
El diálogo social es un eco de las
necesidades y las aspiraciones de quienes lo mantienen. Su importancia
está en función de que todos los segmentos de la sociedad puedan
hacer que sean oídas sus voces. El escaso número de mujeres que
ocupan puestos clave en los órganos representativos actúa como
un freno en el avance de los problemas de igualdad de género y
en proceso de mejorar la situación de la mujer en el mundo del
trabajo. Cuestiones como la discriminación sexual, la igualdad
de remuneración, las responsabilidades del trabajo y de la familia,
incluyendo el cuidado de los hijos, la ordenación de la jornada
de trabajo y el acoso sexual sólo entrarán a formar parte de la
agenda del diálogo social si hay un número suficiente de mujeres
participantes en ese diálogo. Las políticas de género y las dirigidas
hacia la mujer tienen que desarrollarse en colaboración con mujeres.
Existe, por lo tanto, una urgente necesidad de aumentar la participación
en las actuales estructuras del diálogo social (sindicatos, empleadores
y sus asociaciones) hoy todavía dominadas abrumadoramente por
hombres.
Llegar a nuevos interlocutores
También es necesario abrir el diálogo
a nuevos interlocutores, con actores provenientes de más allá
de las estructuras tradicionales del diálogo social. En el nivel
nacional, los organismos que abordan los problemas de la mujer
a menudo no están presentes en el diálogo social porque no se
encuentran ubicados en el ministerio de trabajo, sino en el de
sanidad, en el ministerio de asuntos sociales o en alguna otra
estructura administrativa completamente aparte. En el nivel local,
los grupos activistas de la sociedad civil, con su conocimiento
de primera mano de los problemas y dificultades de las mujeres,
podrían aportar también contribuciones constructivas. Hemos visto
que la desestructuración del empleo ha inducido una fragmentación
de la mano de obra y la multiplicación de diversas condiciones
de empleo. Es preciso encontrar formas innovadoras para llegar
a las mujeres e incluir en el diálogo a los trabajadores no organizados,
a los empleados por cuenta propia y a los empleadores en pequeñas
empresas.
La capacidad organizativa y negociadora
de la mujer tiene que ser fortalecida. La organización de grupos
capacita a sus miembros para negociar desde una posición más ventajosa
un trato y una protección iguales; para reclamar la atención y
el apoyo públicos hacia sus necesidades y participar en las decisiones
que afectan a sus oportunidades de empleo; para construir redes
con el fin de promover sus propios intereses estratégicos. Existen
muchos ejemplos de cómo se ha conseguido movilizar y formar a
mujeres en el empleo por cuenta propia, en la producción a domicilio,
en el liderazgo y la dinámica de grupos. Han mostrado un buen
número de potencialidades bien definidas: actividades económicas
emprendidas sobre una base más amplia, colectiva y, por lo mismo,
más viable; comercialización y promoción de ventas; acceso al
crédito en grupo; consecución, mantenimiento y dirección de instalaciones
y plantas de producción comunes; organización de servicios de
asistencia social; facilitación de la comercialización de productos
o prestación de servicios; y, consiguientemente, potenciación
de la visibilidad y el reconocimiento social de la mujer. La reforzada
capacidad organizativa y negociadora de las mujeres no sólo ha
producido frutos positivos en el sentido de un reparto más equitativo
entre los hombres y las mujeres de las oportunidades y los beneficios
del desarrollo económico, sino que, y esto es lo más importante,
ha ayudado a superar las causas de la discriminación y la vulnerabilidad
de la mujer en razón del género: unas causas que, en gran medida,
se encuentran fuera del mercado de trabajo.

|