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TRABAJO
DECENTE PARA LA MUJER.
Una propuesta de la OIT para acelerar la puesta en práctica
de la Plataforma de Acción de Pekín
Índice
La
cuestión del género
en la agenda internacional
La
Plataforma de Acción de Pekín y el mandato
de la OIT
La
mujer en el mundo
del trabajo: progresos
y desfases
La
respuesta de la OIT: La agenda del Trabajo Decente
Conseguir
que se respeten los principios
y derechos fundamentales en el trabajo
Promover
el empleo y
las oportunidades de ingresos
Extender
la protección social
Promover
el diálogo
social
Conclusión
Anexo
Apéndice
1
Apéndice
2
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La mujer en el mundo del trabajo:
progresos y desfasajes
Un contexto cambiante
Los procesos de mundialización, reestructuración
económica y flexibilización de la producción han provocado cambios
en las pautas de empleo. Para todos los trabajadores, el empleo
se ha tornado más inseguro e inestable, y un creciente número
de mujeres necesitan y quieren generar rentas independientes.
En las últimas décadas, los cambios en los perfiles demográficos
y en el empleo han afectado a las vidas cotidianas de los hombres,
las mujeres y las familias. Ha habido un aumento en la esperanza
de vida, una disminución del tamaño de las familias, mayor movilidad
de las personas y se ha incrementado el número de las familias
con dos fuentes de ingresos y de las familias monoparentales.
Los plazos y las condiciones de participación de los hombres y
las mujeres en el mercado de trabajo se han redefinido. A medida
que se ha introducido mayor flexibilidad en los procesos productivos
y se ha expandido el sector de los servicios, la demanda del trabajo
femenino ha aumentado. Pero la reforzada participación de la mujer
en el empleo retribuido no se ha debido sólo a factores y condicionamientos
económicos, sino que responde también a cambios en las percepciones
y aspiraciones de las mujeres con respecto a su papel en la sociedad
y a sus prioridades en la vida. Hoy es mayor que antes la proporción
de la mano de obra que se enfrenta a las exigencias contrapuestas
del trabajo y de las responsabilidades familiares. Han emergido
nuevas tendencias en la participación en la mano de obra.
Tendencias en
la participación femenina en la mano de otra
Desde principios de la década de
1980, la participación de las mujeres en el trabajo retribuido
ha aumentado significativamente y ha disminuido la diferencia
entre las tasas de participación del hombre y de la mujer en el
total de la población activa. Las mujeres representan ahora más
del cuarenta por ciento de la fuerza de trabajo total. Varios
factores explican las diferencias existentes entre los países
en cuanto a nivel y plazos de la participación de las mujeres:
la estructura y la organización del sistema de producción; las
condiciones del mercado de trabajo y sus regulaciones; el sistema
educativo y de formación; y las actitudes sociales dominantes,
incluidas las relativas a los roles atribuidos al género. Pero
en todas partes se han venido creando más puestos de trabajo para
las mujeres que para los hombres. Cada vez son más numerosas las
mujeres mejor educadas que están alcanzando puestos de responsabilidad
y son también más las mujeres que crean sus propias empresas.
Estos cambios positivos en relación
con la participación de la mujer en el empleo retribuido hacen
ciertamente más visible su contribución económica. Pero... )ha
mejorado su situación en el empleo? Las mujeres siguen encontrándose
predominantemente en ciertos tipos de ocupaciones en el sector
de los servicios, en la economía no regulada y en la agricultura.
Como grupo, se concentran en tareas mal pagadas y de baja capacitación,
y la probabilidad de tener que asumir empleos a tiempo parcial
o eventuales las hace más susceptibles que sus homólogos varones
a la pobreza y a la exclusión social. Las mujeres mejor educadas
rara vez consiguen romper el llamado *techo de cristal+ que les
impide alcanzar puestos de máximo nivel directivo y profesional.
La participación en la toma de decisiones sigue siendo una de
las áreas más reacias a la igualdad entre los géneros. Cuanto
más alto es el puesto, más flagrante es la diferencia por razón
del género: las mujeres ocupan menos del 5 por ciento de los puestos
de máximo nivel en las grandes empresas.
Determinadas categorías de mujeres
son particularmente vulnerables: las mujeres del medio rural,
las que trabajan en el sector no estructurado, las mujeres migrantes,
las jóvenes, las de edad avanzada y las discapacitadas. En los
dos extremos del espectro de edad, las muy jóvenes y las de edad
avanzada han de hacer frente a dilemas particulares en los mercados
de trabajo. Las muchachas tienen mayor probabilidad que los chicos
de convertirse en los trabajadores invisibles y en las víctimas
de las peores formas de trabajo infantil. Las mujeres jóvenes
tienden a presentar tasas de desempleo más altas que las de los
hombres jóvenes. Las mujeres de edad avanzada se encuentran con
una discriminación continuada en el mercado de trabajo y a menudo
tienen que asumir responsabilidades de prestación de cuidados
en sus familias, en lugar de ser ellas las atendidas. A ello hay
que añadir que las mujeres y las jóvenes son particularmente vulnerables
a la trata internacional. E incluso las mujeres que emigran legalmente
como trabajadoras con contrato a menudo se encuentran en el lugar
de trabajo con una grave explotación, que incluye acoso sexual
y otras formas de violencia.
En conjunto, al crecimiento cuantitativo
del empleo de la mujer no le ha correspondido un aumento en la
calidad de su empleo. Se han producido algunas mejoras, pero el
avance ha sido desigual y limitado. Ha habido oportunidades de
mejores empleos para una pequeña minoría, pero la mayoría de las
mujeres trabajadoras siguen en una situación desventajosa:
i) en cuanto a la oferta del mercado
de trabajo: las mujeres están en desventaja con respecto a los
hombres en términos del trabajo que ofertan y de su preparación
para dicho mercado de trabajo. Persiste la desigualdad por razón
del género en el acceso a los recursos productivos y el control
de éstos, así como en las oportunidades de formación y readaptación
profesional. Las mujeres no se han visto respaldadas por las medidas
prácticas y los servicios e infraestructura básicos de apoyo que
necesitan para poder aprovechar realmente las oportunidades en
el mercado de trabajo estructurado;
ii) en cuando a la demanda del mercado
de trabajo: la segregación de los géneros por ocupación representa
aún un importante elemento de rigidez en el mercado de trabajo
y es una gran fuente de desigualdades en él. Las mujeres siguen
encontrándose con discriminación a la hora de ser elegidas para
un puesto de trabajo y con barreras para su movilidad ocupacional.
Siguen existiendo diferentes valores y remuneración asociados
a los empleos de los hombres y de las mujeres, de forma que los
mercados de trabajo se caracterizan aún por diferenciales salariales
y por la discriminación en función del género;
iii) en términos de procesos del
mercado de trabajo: las mujeres tienden a encontrarse con mayores
dificultades que los hombres para acceder a los planes del mercado
de trabajo y a otras diversas formas de asistencia si están desempleadas
o si se hallan en posiciones económicas o sociales particularmente
vulnerables. Puede ser también que necesiten formas especiales
de asistencia que las capaciten para competir por el empleo en
pie de igualdad con los hombres.
En consecuencia, las desigualdades
entre los hombres y las mujeres en el mercado de trabajo no han
disminuido significativamente. La situación inferior de la mayoría
de las mujeres en el mercado de trabajo, en cuanto a salarios
y condiciones laborales y de empleo, crea serios problemas, especialmente
para las que son la principal fuente de ingresos de su hogar.
El desarrollo de ciertos tipos de trabajo asumidos principalmente
por mujeres (trabajo a tiempo parcial, trabajo en el hogar, etc.)
se asocia también con una creciente polarización en el seno de
la mano de obra femenina y entre hombres y mujeres.
Nexos cruciales
Hay tres nexos cruciales que han
de tenerse en cuenta si se pretende mejorar la situación de la
mujer en el mundo del trabajo:
El nexo entre economía de asistencia
y trabajo retribuido. Los ámbitos del trabajo de asistencia
y del trabajo retribuido están entrelazados. La economía de asistencia
incluye algún trabajo no retribuido, la provisión de servicios
públicos sociales y servicios que pueden adquirirse en el mercado.
Los trueques entre trabajo no retribuido y trabajo pagado conllevan
un costo que recae principalmente sobre las mujeres y se hacen
más tangibles en épocas de crisis. Esto es particularmente oneroso
en el caso de las mujeres pobres. Sólo una combinación de estrategias
dirigidas tanto al ámbito de la asistencia como al mundo del empleo
lucrativo conseguirá cambiar la desigual distribución del trabajo
no remunerado. La eliminación de la discriminación por motivos
de género y la mejora de las condiciones de empleo en el trabajo
retribuido tendrán un efecto positivo sobre la asistencia. No
es posible pensar en una mejor distribución del trabajo asistencial
sin igualdad en el trabajo retribuido.
El nexo entre la economía estructurada
y la no estructurada. Desde la década de 1980 la economía
no estructurada ha aumentado en todas las regiones del mundo:
tanto en los países en desarrollo como en los desarrollados. Se
compone de heterogéneas actividades productivas y generadoras
de ingresos. Un primer segmento consiste en el llamado tradicionalmente
*sector no estructurado+ o informal, en el que las actividades
de baja capacitación y baja productividad actúan como una inmensa
*esponja de trabajo+ que absorbió el exceso de mano de obra incapaz
de encontrar empleo en el sector estructurado. Un segundo segmento
emerge de los cambios en la organización de la producción, mundialización
y cambios tecnológicos. Un número creciente de empleos está siendo
objeto, ya de una *desestructuración+ en empresas estructuradas
(por ejemplo, con trabajadores que desarrollan su actividad en
las instalaciones de la empresa sin un contrato escrito), ya de
un aprovisionamiento y subcontratación por parte de empresas del
sector estructurado (grandes, registradas, visibles) a pequeños
talleres, microempresas y trabajadores a domicilio del sector
no estructurado. Esto se atribuye al afán de las empresas por
conseguir flexibilidad y menores costos laborales, por transferir
al exterior de ellas el costo de las fluctuaciones de la demanda,
por evitar los costos que entraña aumentar la capacidad de la
empresa y por evitar los conflictos laborales y el sindicalismo.
Un tercer segmento, mucho menor, consiste en servicios de alta
productividad proporcionados por profesionales independientes.
La mayoría de los nuevos empleos se crean en la economía no estructurada
y, en la mayoría de los países, la proporción de mujeres ocupadas
en la economía no estructurada es significativamente mayor que
la de los hombres. La estrategia de supervivencia adoptada por
las familias pobres proporciona al sector no estructurado una
mano de obra femenina poco capacitada y de baja productividad.
Y aunque no todo el trabajo que se da en la economía no estructurada
se compone de *malos+ trabajos, en su inmensa mayoría se trata
de empleos precarios, vulnerables y de baja calidad.
El nexo entre calidad de empleo
y protección social. Las pequeñas empresas, los trabajadores
del sector no estructurado, trabajadores a domicilio, trabajadores
domésticos y trabajadores migrantes, en los que predominan o están
altamente representadas las mujeres, a menudo no se hallan contemplados
en los sistemas tradicionales de protección social. Pero, además
de las formas de empleo tradicionalmente excluidas de los sistemas
convencionales de protección, han aparecido nuevas y alarmantes
tendencias: la desregulación de los convenios de trabajo y las
crecientes medidas de flexibilidad han desembocado en una situación
en la que muchos trabajadores, como los trabajadores a tiempo
parcial o trabajadores a domicilio y subcontratados, que anteriormente
estaban amparados por medidas de protección social han dejado
de estarlo.
Los principales
retos
A pesar de los avances de las últimas
décadas hacia la igualdad de los géneros en el mundo del trabajo,
la cuestión del género sigue siendo en él una fuente constante
y ubicua de desigualdades y de inadecuado empleo de los recursos
humanos. Hay varias áreas críticas para las mujeres trabajadoras
que requieren especial atención:
- pobreza y crecientes desigualdades,
- la economía no estructurada,
- la economía de prestación de asistencia,
- nuevos sistemas de protección
social para todas las mujeres y hombres,
- las implicaciones con relación
al género de un mercado de trabajo excedente en el contexto
de las economías abiertas,
- equilibrio de oferta y demanda
de trabajo en el contexto de los avances en las comunicaciones
y la tecnología de la información,
- el impacto del trabajo o de la
falta de trabajo en las vidas de las familias y de las personas,
- mercados inestables y vulnerabilidad
a las crisis.
Muchas causas básicas de la discriminación
en razón del género y de la vulnerabilidad de la mujer radican
fuera del mercado de trabajo. Los prejuicios de género arraigan
ante todo en percepciones sociales y en normas sociales que repercuten
económicamente para las mujeres en casi todos los órdenes, ya
sea sus derechos de propiedad, en el empleo o en la asignación
de los recursos de la familia.
En el nivel de las percepciones,
a menudo se da una divergencia entre las capacidades reales de
una persona, sus contribuciones y necesidades, y la forma como
se ven éstas. En el mercado de trabajo, los roles de género suelen
definir percepciones sobre capacidades y pueden llevar a prácticas
discriminatorias en cuanto a contratación y remuneración. En la
mayoría de las políticas públicas se encuentran también percepciones
incorrectas relativas al género. Las transferencias de tierras
casi exclusivamente a hombres por parte de los gobiernos están
vinculadas a la percepción de la responsabilidad masculina y la
dependencia de la mujer, más que al hecho real de que, en las
actuales sociedades agrarias, son más numerosas las mujeres que
trabajan la tierra que los hombres. A menudo se concibe a los
hombres como principales responsables de ganar el pan de la familia,
y a las mujeres, en el mejor de los casos, como colaboradoras
auxiliares; este prejuicio aparece reflejado frecuentemente en
muchos planes de seguridad social, por ejemplo.
Al igual que las percepciones, las
normas sociales se aplican a casi todas las esferas de actividad.
Y allí donde definen la división del trabajo en razón del género
entre trabajo externo y trabajo en el hogar, pueden llegar a dictaminar
asimismo si la mujer debe o no trabajar fuera del hogar. Las normas
sociales pueden restringir así severamente las opciones económicas
de las mujeres, desanimándolas a asumir empleos, limitando la
gama de tareas que pueden realizar, definiendo como deber suyo
el cuidado de sus hijos, restringiendo su movilidad, promoviendo
determinadas opciones de empleo, etc.
La desigualdad entre los trabajadores
por razón del género asume, por consiguiente, tanto una forma
material como una forma ideológica: la primera se condensa en
quién controla los recursos de producción públicos y privados,
y la segunda en las normas y prejuicios sociales. Ambos aspectos
deben ser abordados para que se produzca un cambio. Las políticas
sobre el mercado de trabajo deberían dirigirse en la medida de
lo posible a las causas de la discriminación entre los géneros
y no meramente a compensar sus efectos; pero, a la vez, han de
contemplarse en relación con el medio favorable o desfavorable
a la capacitación en el que se supone que han de actuar. Por consiguiente,
las estrategias de amplio alcance destinadas a proporcionar a
la mujer un empleo pleno, productivo y libremente elegido tendrán
como elemento integrante políticas sobre el mercado de trabajo,
pero a la vez tendrán que incluir reformas legislativas, campañas
de apoyo y sensibilización, políticas macroeconómicas, presupuestarias
y financieras, de creación de instituciones, movilización y organización
de grupos, etc.

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