Trabajo y familia. Familia y trabajo. Éstas
son las dos principales preocupaciones de muchos trabajadores,
hombres y mujeres, a lo largo y ancho del mundo. Pero no fue así
siempre. Podría decirse que antes a los hombres les preocupaba
el trabajo, y a las mujeres la familia. Pero hoy son más que nunca
las mujeres y las madres que desempeñan un trabajo
remunerado. Según las estimaciones del Banco Mundial, entre 1960
y 1997 las mujeres han incrementado su participación en la fuerza
del trabajo total ¡en un 126%! En la actualidad, las mujeres integran
casi la mitad de la mano de obra del mundo. Se ha producido un
colosal aumento de las familias en las que el hombre y la mujer
obtienen ingresos derivados de sus respectivos trabajos, y han
aumentado también mucho las familias monoparentales. A menudo
los ingresos de las mujeres son vitales para la supervivencia
de la familia. Según estimaciones de la OIT, se calcula que en
todo el mundo la proporción de hogares en los que las mujeres
son la principal fuente de ingresos asciende al 30% del total.
Y no sólo están presentes hoy las mujeres en el mundo del trabajo,
sino que muchas se ocupan en los considerados tradicionalmente
"trabajos masculinos".
La perspectiva de género
Este aumento de la participación de las
mujeres en la fuerza del trabajo ha inducido un cambio en los
roles y las expectativas de género, tanto en la familia como en
la propia empresa. A medida que son más las mujeres que pasan
a desempeñar un empleo retribuido, crece también el número de
hombres que comparten mucho más que antes las tareas domésticas
y las funciones de atención a la familia, tradicionalmente consideradas
femeninas. Teóricamente, pues, a medida que aumenta el número
de familias con dos fuentes de ingresos, las mujeres salen de
su papel "familiar" para implicarse en el mundo del
"trabajo", en tanto que los hombres lo hacen de su papel
tradicional en el "trabajo" para asumir nuevas responsabilidades
con la "familia". Pero la realidad es que la redistribución
de las responsabilidades financieras en el seno de la familia
no se ha visto acompañada de una redistribución equivalente de
las responsabilidades de trabajo en el hogar. Que todavía son
las mujeres quienes desempeñan una parte desproporcionada de las
tareas domésticas. Que tienen ahora más trabajo que nunca, hasta
el extremo de que podría decirse que muchas realizan un "segundo
turno" laboral cada día.
Más aún, a pesar de la presencia de las
mujeres en la empresa, todavía se espera del trabajador ideal
que tenga ciertas cualidades de las tradicionalmente consideradas
"masculinas": que él (o ella) anteponga a todo su "carrera
profesional"; que centre su vida en el trabajo; que esté
en condiciones de dedicar al trabajo largas jornadas para adaptarse
al rápido ritmo de producción que requiere el mercado mundializado;
que pueda ajustar su vida familiar a las exigencias del trabajo,
cuando éste lo demande; y que, en fin, no esté coartado por unas
obligaciones familiares que reclamen su dedicación a ellas. En
los nuevos usos laborales, no es infrecuente que las empresas
inicien la jornada con desayunos de trabajo y las concluyan con
sesiones de planificación que se prolongan durante la cena. Y
los programas de formación pueden requerir del trabajador prolongadas
ausencias del hogar. Por consiguiente, a pesar de haber incorporado
a las mujeres en la fuerza del trabajo, la empresa sigue buscando
al hombre en su modelo de división del trabajo entre "hombre
proveedor de ingresos-mujer forjadora de la familia". Ahora
bien, esta idea suya de "trabajador ideal" con cualidades
"masculinas" es discriminatoria tanto contra las mujeres
como contra los hombres con responsabilidades familiares. Lo que
quiere decir que las percepciones sociales sobre el trabajo y
la familia no han cambiado al mismo ritmo con que se ha transformado
el mercado del trabajo a consecuencia de la mayor participación
de las mujeres en él. Y esto trae consigo toda una serie de problemas:
Separación artificial de trabajo y familia
Lo cual lleva a un mayor estrés y a un descenso
de la productividad en la empresa, porque, mientras desempeñan
su trabajo, los trabajadores están inquietos por las funciones
de asistencia que deben prestar en sus hogares. Y esto, a su vez,
da lugar a un elevado índice de abandonos del mercado del trabajo,
puesto que muchos trabajadores, incapaces de compaginar el trabajo
en la empresa y sus obligaciones familiares, abandonan sus empleos.
Pero la pérdida de trabajadores entraña la pérdida de las destrezas
que poseen y la de la inversión realizada en formarlos, lo que
redunda en mayores costos para la empresa.
- Discriminación
en la empresa
Es más probable que sean las mujeres, y no los hombres, quienes
se responsabilicen de las cuestiones familiares. Por otra parte,
son ellas quienes dan a luz y necesitan dejar el trabajo durante
ciertos periodos de tiempo. En estas condiciones resulta muy
difícil superar la inveterada discriminación contra las mujeres
en las empresas derivada de su papel en la reproducción y de
sus "tradicionales" roles femeninos.
- Adaptación
a los deberes de prestación de cuidados
Para adaptarse a sus deberes de prestación de cuidados familiares,
muchas mujeres trabajan a tiempo parcial, pero los trabajadores
a tiempo parcial rara vez gozan de unas condiciones laborales
comparables y de unos derechos equivalentes a los de los trabajadores
a jornada completa.
Políticas favorecedoras de la familia:
tendencias emergentes
Las nueva realidades reclaman nuevas iniciativas
por parte de los empleadores y de las autoridades, y tanto los
gobiernos como las empresas están empezando a cobrar conciencia
de ello. El Convenio de la OIT sobre trabajadores con responsabilidades
familiares, 1981 (núm. 156), ratificado hasta ahora por 29 países,
buscó promover la igualdad de oportunidades y de trato en el empleo
entre los trabajadores con responsabilidades familiares y aquellos
que no las tienen. Hasta ahora, los enfoques más innovadores para
abordar el problema trabajo-familia han surgido de la empresa
privada. Parte de este esfuerzo ha sido fruto de su "conciencia
social" y su sentido de "responsabilidad social".
Pero lo más importante de todo es que esa experiencia suya ha
demostrado que las políticas destinadas a compaginar trabajo y
vida familiar son un medio eficaz para mejorar la dedicación y
la productividad de los trabajadores.
"Prestación compartida"
En el momento actual, y en muchas partes
del mundo, las mujeres son las proveedoras primarias de cuidados.
A menos que se acometa una acción positiva para compaginar trabajo
y obligaciones familiares, el conflicto entre ambas responsabilidades
seguirá siendo una fuente de estrés y de tensión para las mujeres
trabajadoras. Sin embargo, si los programas para remediar la situación
se dirigen exclusivamente a las mujeres, la prestación de cuidados
seguirá considerándose una tarea femenina y ello, habida cuenta
del coste adicional de tales programas, hará que las empresas
sigan viendo más caro contratar a una mujer trabajadora que a
un hombre. Por lo tanto, si lo que se pretende es promover la
igualdad con respecto al género en la empresa, es obligado que
esos planes trabajo-familia se destinen tanto a los trabajadores
como a las trabajadoras y que busquen promover una "prestación
de cuidados familiares compartida" por un igual por los hombres
y las mujeres. Sólo así las mujeres podrán superar la doble carga
que les imponen sus obligaciones laborales y familiares. Pero
esto requiere un cambio en las percepciones sociales de los hombres
y de las mujeres, así como en su idea de cuál es el papel que
les corresponde en justicia en la sociedad. Hay que reconocer
que no es una meta fácil. Sin embargo, acostumbrarse a ver a los
hombres y a las mujeres como proveedores de cuidados, junto con
la puesta en marcha de políticas para promover esa prestación
compartida, podría ser el principio de una forma más adecuada
de abordar el problema trabajo-familia.

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