Las reformas políticas y sociales han traído
consigo cambios fundamentales en los mercados del trabajo de los
países en transición. Las crisis de transición, la necesidad de
ajustarse a nuevas condiciones de mercado y el aumento de la productividad
del trabajo han conducido a grandes pérdidas de empleo, que en
parte se han traducido en un alto nivel de paro manifiesto y en
parte en abandonos del mercado del trabajo, a menudo motivados
también por la falta de empleos. Y las mujeres son quienes más
han padecido a consecuencia de estos cambios. Porque el impacto
de las pérdidas de empleo, del alto paro y de los cambios estructurales
que han vivido estos países se ha repartido desigualmente por
géneros y ha recaído en especial sobre las mujeres.
Empleo en transición
La composición del empleo por sectores ha
cambiado también espectacularmente. Las pérdidas más graves se
han dado en el sector industrial. Los subsectores de la industria
con mayor valor añadido fueron los más perjudicados por la recesión
económica. Por el contrario, otros han sufrido menores pérdidas
y en muchos países incluso han aumentado su participación en la
producción y en el empleo.
La contribución de la agricultura al empleo
ha menguado rápidamente en aquellos países en que la población
rural puede encontrar importantes fuentes de ingresos en sectores
distintos del agrícola. En otros países, la agricultura se ha
convertido en un tampón de absorción del desempleo a través del
aumento de la producción de subsistencia, lo que ha hecho crecer
la participación de los agricultores en el empleo total.
El sector de servicios ha experimentado un
fuerte crecimiento en la mayoría de los países en transición,
puesto que en él se han creado la mayor parte de los nuevos empleos,
particularmente en los servicios financieros y de producción,
en la administración pública, y en el comercio, turismo y otros
servicios al consumo. Pero, por contra, también ha habido unos
pocos países que no han experimentado ningún aumento sustancial
en el sector de servicios, salvo en la administración del estado
y en el subsector financiero. Debe observarse, con todo, que estos
datos se refieren tan sólo al empleo regulado y que son muchos
los servicios que se prestan en el sector no estructurado de la
economía.
¿Cómo les ha ido a las mujeres?
Las tensiones del mercado del trabajo en las
economías en transición se han resuelto a menudo en detrimento
de las mujeres. Ellas se han enfrentado a la discriminación en
el despido y en la contratación, y, con mayor frecuencia que los
hombres, no han encontrado más salida para solventar su incómoda
situación que la de abandonar el mercado del trabajo. Como resultado
de esto, en la mayoría de los países en transición, las tasas
de participación de las mujeres en el empleo se han reducido más
que las de los hombres. Aun así, la participación de las mujeres
en la economía de los países en transición se ha mantenido entre
las más altas del mundo; y con otra circunstancia notable: que
más del 90% de las mujeres empleadas en esos países lo son a jornada
completa. Sin embargo, la comparación de las tasas de desempleo
por géneros no ofrece pruebas unívocas de que el desempleo haya
afectado a las mujeres con mayor frecuencia que a los hombres,
sino más bien de que el desempleo de las mujeres depende de factores
específicos para cada país, tales como la estructura económica,
el sistema de protección social, las actitudes de los empleadores
hacia las mujeres trabajadoras y, finalmente, la calidad de los
datos estadísticos recogidos.
Las mujeres en el empleo
La participación de las mujeres en el empleo
total se ha reducido en la mayoría de los países en transición.
En aquellos que contaban con participaciones relativamente más
altas de industrias en que predominaban tradicionalmente las mujeres,
y que se han recuperado de la crisis económica, a las mujeres
les ha ido muy bien. En el sector de servicios dominan aún las
mujeres, pero su participación ha disminuido en la mayoría de
los países a consecuencia de nuevas tendencias de desarrollo en
ese sector que han provocado cambios significativos en la segregación
del trabajo por géneros. Por un lado, unos servicios en rápida
expansión, que ofrecen oportunidades de trabajo de alta capacitación
y dinamismo, tienden ahora a contratar a más hombres, con lo que
la participación de las mujeres ha declinado en ellos. Por otro,
algunas industrias que ofrecían buenas oportunidades para pequeñas
empresas, tales como el comercio, los hoteles y los restaurantes,
así como ciertos servicios domésticos, han comenzado a atraer
a más hombres que antes. Por contraste, los servicios sociales,
como la educación, la cultura y la atención sanitaria, que ya
antes estaban notablemente feminizados y, en su mayoría, financiados
con fondos públicos, muestran hoy tasas de participación todavía
más altas de trabajadoras.
Diferencias salariales
El común denominador de todos estos cambios
estructurales con relación al género son las diferencias salariales.
Los hombres tienen a dejar sus empleos por otros mejor remunerados,
muchos de los cuales han surgido ahora en sectores tradicionalmente
dominados por las mujeres. Estos empleos son, comúnmente, o bien
puestos de dirección y altos cargos en la administración pública,
cuyos salarios han aumentado a un ritmo superior al de los demás
empleos, o bien se trata de trabajos por cuenta propia y/o como
empleadores. En cambio, los empleos en servicios sociales, que
son más seguros y requieren con frecuencia altas capacitaciones,
pero en los que, por financiarse con cargo a unos presupuestos
públicos recortados, son inferiores los salarios, están siendo
desempeñados sobre todo y cada vez más por mujeres. La participación
de las mujeres en puestos directivos, que en el pasado era muy
baja en comparación con la de los hombres, pero que estaba creciendo
gradualmente, ha caído de nuevo en la mayoría de las economías
en transición. Entre los empleadores privados, las mujeres están
muy poco representadas: menos de un tercio, de ordinario. Pero,
por contra, la concentración de mujeres en los servicios en general
ha aumentado todavía más. Esta cambiante segregación sectorial
y ocupacional en el trabajo por razón del género se atribuye a
la persistencia de prejuicios en contra de las mujeres, en virtud
de los cuales se dice que no quieren o no son capaces de supervisar
grupos grandes de trabajadores, o de dirigir satisfactoriamente
departamentos de producción. Los empleadores suelen discriminarlas
también a la hora de la contratación y de facilitarles ulterior
formación escudándose en que tienen que cuidar a sus hijos (los
permisos por maternidad/paternidad, que en la mayoría de los países
van de 2 a 4 años, son tomados aún casi exclusivamente por las
mujeres), y en algunos países los directivos incluso instan a
las mujeres a prolongar esos permisos, como recurso para reducir
el exceso de mano de obra en la empresa. Los estudios de la OIT
por empresas revelan también un acceso más limitado de las trabajadoras
a la puesta al día de su formación. Consiguientemente, puede decirse
que durante la transición se ha retardado todavía más el avance
de las mujeres en sus carreras profesionales. Esta nueva segregación
en el empleo, unida a los diferenciales salariales, ha ensanchado
aún más la brecha existente entre las remuneraciones de los hombres
y de las mujeres en muchos países en transición.
¿Qué se puede hacer?
Los esfuerzos para reducir el impacto negativo
de los cambios estructurales sobre las mujeres, así como las desventajas
y la discriminación con que se enfrentan en estos mercados del
trabajo cambiantes, deberían centrarse en varias áreas: