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EQUIDAD DE GENERO EN EL MUNDO DEL TRABAJO EN AMÉRICA LATINA.
AVANCES Y DESAFÍOS 5 AÑOS DESPUÉS DE BEIJING
Indice
I.PROMOVER
EL EMPLEO DE CALIDAD PARA LAS MUJERES
A.
Evolución de la inserción laboral de las mujeres en América
Latina en los años 90
B.
Temas especiales
II.
PROMOVER LOS DERECHOS FUNDAMENTALES: IGUALDAD DE OPORTUNIDADES
ENTRE HOMBRES Y MUJERES EN EL TRABAJO
A.
Los derechos de las trabajadoras y la Normalización Internacional
B.
El principio de igualdad y no discriminación por razón de sexo
en las Constituciones y legislaciones laborales
C.
Mecanismos y órganos de control de la normativa
III.
PROMOVER EL DIÁLOGO SOCIAL EN TORNO A LA IGUALDAD DE GÉNERO
A.
La creciente presencia de las mujeres en el mundo del trabajo:
nuevos desafíos para la organización sindical
B.
Negociación colectiva e igualdad de género
C.
La experiencia de las Comisiones Tripartitas para la promoción
de la Igualdad de Oportunidades en el Trabajo
IV.
HACIA LA IGUALDAD DE OPORTUNIDADES Y DE TRATO EN EL MUNDO DEL
TRABAJO: APORTE DE LA OIT: ESTRATEGIAS, POLÍTICAS Y PROGRAMAS
RECIENTES
A.
La equidad de género y los mandatos de la OIT
B.
Temas y áreas prioritarias de trabajo en América Latina
BIBLIOGRAFIA
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CAPÍTULO
III
PROMOVER
EL DIÁLOGO SOCIAL EN TORNO A LA IGUALDAD DE GÉNERO
A.
La creciente presencia de las mujeres en el mundo del trabajo:
nuevos desafíos
para las organizaciones sindicales
Las organizaciones sindicales
se han visto enfrentadas en los últimos años a una serie de dificultades
relacionadas a los profundos cambios que vienen ocurriendo en
el mundo del trabajo. Los procesos de ajuste y reestructuración
productiva, así como las transformaciones en los patrones de estructuración
del Estado y en las relaciones de este con la economía y la sociedad,
han tenido fuertes impactos en las formas de regulación de las
relaciones entre los actores sociales y, en particular, en las
normas e instituciones básicas del mundo del trabajo (Ermida Uriarte,
1996). Los procesos de flexibilización han disminuido la normativa
protectora y provocado, en muchos casos, un debilitamiento del
movimiento sindical y de los sistemas y procesos de negociación
colectiva.
Varios factores contribuyen a
la reducción de la proporción de asalariados en el conjunto de
la fuerza de trabajo, y, consecuentemente, de la base tradicional
de los sindicatos. Entre estos factores se destacan el aumento
de los niveles de desempleo, los cambios en la composición del
empleo y los procesos de externalización y subcontratación, que
subdividen y fragmentan los antiguos colectivos de trabajadores,
expulsando importantes contingentes de estos para fuera de los
ámbitos de la negociación y la contratación colectiva. A eso se
suman los procesos de relocalización productiva, o sea, la tendencia
de muchas empresas a abandonar los centros industriales más antiguos
y consolidados, con fuerte tradición obrera y sindical, buscando
los greenfields (regiones sin pasado industrial y sindical).
Todo eso pone a los sindicatos
frente a nuevos y complejos desafíos (1).
Uno de ellos se refiere a la creciente incorporación de las mujeres
a la fuerza de trabajo. Como se ha visto en el Capítulo 1 de este
documento, a pesar de los cambios cualitativos en los patrones
de participación laboral femenina y de la disminución de algunas
de las brechas entre mujeres y hombres observadas en la presente
década en el mercado de trabajo, las mujeres siguen estando sobrerepresentadas
en formas de trabajo precario y desregulado, que se encuentran,
con frecuencia, fuera del ámbito de la legislación laboral, la
representación sindical o la negociación colectiva. Entre esas
situaciones se destacan, por ejemplo, el servicio doméstico, el
trabajo a domicilio y diversas formas de trabajo subcontratado
(2).
Esa diversidad de situaciones
pone a los sindicatos frente al desafío de desarrollar la capacidad
de representar y organizar colectivamente un conjunto de trabajadores
y trabajadoras que, bajo muchos aspectos, es mucho más heterogéneo,
y que se aleja cada vez más del modelo dominante de trabajador
al cual su actuación estuvo predominantemente dirigida: el trabajador
de sexo masculino, industrial (o minero), blanco, adulto. Crecientemente
se reconoce que esa heterogeneidad se refiere no solamente a la
diversidad de situaciones de trabajo, relaciones laborales y contractuales
en las cuales se encuentran distintos sectores de la clase trabajadora,
sino también a otros factores, entre los cuales se destaca el
sexo, la edad, la raza o etnia.
Por otro lado, la creciente incorporación
de las mujeres al mundo del trabajo abre también nuevas potencialidades
para el movimiento sindical. El aumento de su presencia puede
contribuir a visibilizar una serie de formas de inserción laboral
(muchas de ellas bastante precarias) y de problemas que afectan
a los trabajadores de ambos sexos. Entre ellos los relativos a
las insuficiencias de los nuevos modelos productivos en términos
de generación de nuevos puestos de trabajo y a diversos aspectos
relativos a la calidad del empleo. Por ejemplo: como se ha evidenciado
en varios estudios realizados en América Latina, la consideración
de la presencia femenina en los diversos niveles de las cadenas
de subcontratación que se definen y redefinen a partir de las
estrategias de competitividad de muchas empresas dinámicas y vinculadas
al sector exportador evidencia, entre otros aspectos, el carácter
limitado y poco sistémico de muchas de esas estrategias, la manera
desigual como se distribuyen las calificaciones a lo largo de
las cadenas productivas y de los territorios en los cuales ellas
se asientan, la insuficiencia de políticas de capacitación y productividad
que se dirigen solamente a las empresas más modernas y competitivas
ubicadas en la "punta" de las cadenas, las nuevas formas
de articulación entre el empleo formal y el empleo informal, etc
(3).
Otro tema que pasa a ser visibilizado
a partir de la creciente participación de las mujeres en el mercado
de trabajo (y del fortalecimiento de sus demandas) es el de los
conflictos entre la vida laboral y las responsabilidades familiares
y el poco espacio dejado para esa última por un modelo de organización
productiva basado con frecuencia en largas jornadas y en la intensificación
del trabajo. Inicialmente pensado como un problema "específico"
de las mujeres, se empieza a avanzar (en especial en los países
desarrollados) hacia la comprensión de que la armonización entre
esas dos dimensiones fundamentales de la vida es una necesidad
y un derecho de los trabajadores de ambos los sexos, así como
de sus familias.
Esos son solamente algunos de
los ejemplos de las potencialidades que puede significar para
los sindicatos la presencia creciente de las mujeres en el mundo
del trabajo, desde que estos tengan la capacidad de dar respuesta
a esa creciente heterogeneidad, recogiendo e integrando en una
estrategia común de acción la diversidad de problemas e intereses
de distintos sectores de la clase trabajadora (4).
Sin embargo, hasta ahora, en
América Latina, las nuevas situaciones, problemas y desafíos creados
por la incorporación de las mujeres al mundo del trabajo no han
sido recogidos en toda su magnitud por el movimiento sindical.
Muchas demandas de género han quedado sin representación, sea
en las agendas sindicales, sea en los procesos de negociación
colectiva. Con frecuencia, las trabajadoras están subrepresentadas
en la dirigencia sindical, incluso en empresas y ramas productivas
en las cuales responden por un porcentaje significativo, cuando
no mayoritario, de la fuerza de trabajo. En muchos casos se observa
la falta de receptividad de los sindicatos para modificar una
cultura esencialmente masculina, que no reconoce rango sindical
a muchos problemas propios del género y a veces resiste a la incorporación
de mujeres en los niveles directivos. Por otro lado, las dificultades
de tiempo de las propias trabajadoras, que tienen que combinar
sus responsabilidades laborales y familiares, son barreras adicionales
a la participación femenina en la vida sindical.
Aunque se han experimentado avances
significativos en la movilización de las mujeres sindicalistas
y se observa una creciente preocupación de las dirigencias sindicales
por la situación de las trabajadoras, falta desarrollar estrategias
y mecanismos organizativos efectivos tendientes a incorporar la
promoción de la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres
como una línea estratégica y permanente (y no complementaria o
secundaria) de la política sindical (Ulshoefer, 1994).
Para superar estos obstáculos,
las grandes centrales sindicales mundiales han subrayado que la
igualdad y integración de la mujer en los organismos y agendas
sindicales es de primordial importancia (5).
En los últimos cinco años, en varios países de América Latina,
las dirigentas sindicales han desplegado serios esfuerzos para
aumentar su peso en las estructuras sindicales. Con el fin de
establecer una estrategia común a nivel del Mercosur y potenciar
sus acciones a nivel nacional, por ejemplo, fue creada la Comisión
de la Mujer de la Coordinadora de Centrales Sindicales del Mercosur
(CM-CCSCS), integrada por representantes de los cinco países de
esa subregión (Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay).
Uno de los resultados importantes de la actuación de la CM-CCSCS
ha sido la inclusión del tema de género en la Declaración Sociolaboral
del MERCOSUR firmada, en diciembre de 1998, por los jefes
de Estado de los 5 países (6).
En Brasil, las Comisiones de
la Mujer de las tres principales centrales sindicales (CUT, CGT
y Força Sindical) lograron establecer cuotas mínimas para mujeres
en todos sus niveles de dirección (7). En el
resto de los países existe un esfuerzo de fortalecimiento de las
Comisiones, Departamentos o Secretarías de la Mujer, a través
de diversas estrategias destinadas a incorporar las demandas de
género en las pautas sindicales y a promover el liderazgo sindical
de la mujer (como, por ejemplo, programas de capacitación). Aún
cuando existe poca información al respecto, se estima que alrededor
del 15% en Chile y del 10% en Paraguay de la dirigencia sindical
está ocupada por mujeres.
Como ejemplo de este esfuerzo
por lograr la igualdad de oportunidades en el mundo del trabajo
a través de la efectiva incorporación de una perspectiva de género
en la agenda sindical, se destaca la experiencia de elaboración
del "Mapa de las cuestiones de género", una iniciativa
conjunta de las tres principales centrales sindicales brasileñas
(CUT, CGT y Força Sindical), con el apoyo del DIEESE (Departamento
InterSindical de Estadísticas y Estudios Sócio-Económicos) y del
Fondo para la Equidad de Género de la Agencia Canadiense para
el Desarrollo Internacional.
(1) Muchos sindicatos
y centrales sindicales latinoamericanas vienen desarrollando un
gran esfuerzo para enfrentar de manera creativa y propositiva
esa situación. La OIT, tanto en escala mundial, como en América
Latina, busca apoyar ese proceso a través de todos sus instrumentos
de acción (en especial la investigación, la capacitación y la
asistencia técnica). Veáse a ese respecto, los resultados del
reciente Coloquio Internacional organizado en Ginebra en octubre
de 1999 por la Oficina de Actividades con Trabajadores de la OIT
sobre los sindicatos y el sector no estructurado (OIT, 1999d y
OIT, 1999e).
(2) En varios países de la región, la
única forma reconocida de organización sindical y de negociación
colectiva está en el ámbito de las empresas (a partir de un determinado
tamaño), lo que excluye objetivamente de esa posibilidad una parte
importante de la fuerza de trabajo, no sólo debido a las restricciones
legales relativas al quorum necesario para organizar un sindicato,
sino debido al mayor control social de la fuerza de trabajo de
parte de los empleadores, que con frecuencia oponen resistencia
a la organización de los trabajadores (Feres y Henríquez, 1995;
Espinoza y Yáñez, 1998). Con relación a las trabajadoras de servicio
doméstico, vale señalar su esfuerzo de organización, que se expresa
en la existencia de la Confederación Latinoamericana de Trabajadoras
del Hogar y en la afiliación de algunos de los sindicatos a centrales
nacionales, como la CUT en Brasil
(3) Véase a respecto, Abramo, 1999a y 1999b,
Leite, 1999, Tomei, 1999 y Valenzuela, 1999. Las conclusiones
del Coloquio Internacional organizado por la Oficina de Actividades
con Trabajadores de la OIT sobre los sindicatos y el sector no
estructurado (OIT, 1999c) afirman que una de las necesidades de
los sindicatos en su esfuerzo para responder al creciente problema
de los trabajadores del sector no estructurado es entender la
dinámica de composición y recomposición de las cadenas productivas.
Para lograr ese objetivo, y conforme señala el documento, es fundamental
entender las viejas y nuevas formas de segmentación del mercado
de trabajo que se producen y reproducen en el contexto de la reestructuración
productiva, entre las cuales se destacan las de género y raza
o etnia.
(4) El hecho de que, en Estados Unidos, a fines
de los 90, el índice de aprobación de los sindicatos era mayor
entre las mujeres (y los no blancos) que entre los hombres (y
los blancos) (Cornfield, 1999) puede ser tomado como un otro indicador
de esa potencialidad.
(5) Veáse por ejemplo, el Proyecto de conclusiones
y recomendaciones aprobado en la 7ª Conferencia Mundial de
la Mujer de la CIOSL realizada en Rio de Janeiro, del 8 al 21
de mayo de 1999. La OIT viene dedicando creciente atención a esos
temas en los desde hace varios años y buscando contribuir a la
superación de esos problemas a través de varias formas de acción.
Véase, a ese respecto, OIT, 1993, Ulshoefer, 1994 y Sepúlveda
y Vega, 1998.
(6) El primer y el tercer artículo de la Declaración,
que se refieren a los derechos individuales, afirman el compromiso
de los Estados Miembros con la no discriminación de los trabajadores
por cualquier motivo (entre los cuales se incluyen los de sexo
y orientación sexual) y la promoción de la igualdad de oportunidades
y de trato entre hombres y mujeres, que deberán ser garantizadas
por "la normativa y las prácticas laborales".
(7) La meta es lograr el 30% de presencia femenina
en la dirigencia sindical en sectores de fuerte concentración
de mujeres, y obtener una participación equivalente a su peso
en el sector en aquéllos con baja participación femenina.

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