Según el sistema de que se trate, la certificación de
competencias laborales puede ser realizada por:
La institución de formación profesional en la que se han
cursado los programas formativos o donde se han demostrado las competencias
requeridas para obtener el certificado.
Un organismo independiente dedicado a la certificación de competencias.
Un debate, a veces latente y otras explícito, se verifica en
torno a esta doble opción. En muchos casos, el conocimiento limitado
del funcionamiento de los sistemas de certificación hace que
se tome partido por una u otra alternativa, sin realizar mayores análisis.
Como en todo lo que significa un diseño institucional, la opción
menos afortunada es siempre la que busca trasladar, sin mayor consulta,
un modelo exitoso en una realidad y determinado contexto, hacia otro
nuevo ambiente, casi siempre distinto.
Las experiencias sobre certificación en América Latina
están demostrando que lo más importante no es quién
certifica, sino la calidad e imparcialidad con que se desarrolla el
proceso. Un proceso de evaluación con calidad, puede ser perfectamente
desarrollado por la misma institución que realizó la formación.
Igualmente, esta institución debe realizar arreglos con representantes
de empresas y trabajadores, para garantizar que los estándares
de competencia y las acciones de evaluación son pertinentes y
confiables. En la evaluación se ha de garantizar la confiabilidad,
la imparcialidad y la validez de los resultados; pero además,
una buena evaluación requiere disponer de ambientes apropiados,
la conexión con el mundo del trabajo y el conocimiento sobre
las técnicas de recolección de evidencias y en esto, las
instituciones y centros de formación tienen grandes ventajas.
En la discusión sobre la adopción o la adaptación
de un determinado modelo hay que introducir este argumento ya que en
muchos casos se tiende a trasladar automáticamente la lógica
de la certificación de procesos o de bienes al ámbito
de la certificación y reconocimiento de las capacidades de las
personas. Las instituciones de formación están muy bien
equipadas para desarrollar el proceso de la formación, y la evaluación
que conduce al certificado es, ante todo, una evaluación formativa.
Una reciente investigación en la Unión Europea demostró
las diferencias entre varios modelos nacionales de certificación(1)
de Alemania, Bélgica, Francia e Inglaterra. Aunque todos los
países comparten el objetivo común de mantener un modelo
formativo capaz de responder con calidad a la demanda de las empresas
y atender la mayor cantidad posible de jóvenes y adultos, los
arreglos institucionales no son los mismos. En el cuadro de la página
siguiente se muestra una comparación
de los rasgos distintivos en varios casos nacionales.(2)
La insistencia en la separación entre el formador, el evaluador
y el certificador, proviene del modelo del Reino Unido. Sus raíces
están emparentadas con los orígenes de dicho modelo, aunque
el objetivo perseguido no es deleznable; dicha separación se
realiza como medio para asegurar la calidad y transparencia del certificado.
Allí los organismos certificadores son, en muchos casos, instituciones
de antigua data que representan los intereses gremiales desde sus inicios
y no existe una tradición de instituciones nacionales de formación
ni del diálogo social que se suscita en los procesos de elaboración
de competencias.
En Gran Bretaña, no fue sino hasta finales del
siglo XIX, con la promulgación del Acta de Educación
Técnica en 1889, que organizaciones como City and Guilds
of London Institute fueron habilitadas a realizar acuerdos para
la educación técnica y su certificación, trabajando
con los consejos locales. La certificación fue dejada a la
iniciativa de una amplia serie de mesas examinadoras, para las cuales
aquella era un negocio, pero que intentaron establecerla en todas
las profesiones.
Fuente: CEDEFOP, Certification and legibility
of competences, 2001.
En América Latina se están realizando grandes avances
hacia la conformación de modelos que respondan a las necesidades
de los países, antes que a un argumento basado en el éxito
de una experiencia no comprobada. En México, después de
más de siete años de trabajo, el CONOCER está concentrando
su actividad en dar más significado a sus normas de competencia
en relación con las necesidades y el lenguaje de las empresas.
Después de un amplio esfuerzo de desarrollo de estándares,
se registró un cuello de botella, justamente en la certificación.
Ello enseñó que no se demanda certificaciones para todas
las áreas de desempeño y que se requiere afinar los mecanismos
relacionados con las barreras que su costo puede imponer a los trabajadores
más carenciados.
En Colombia, SENA ha desarrollado, en los últimos cinco años,
una amplia experiencia de conformación de mesas sectoriales
en las cuales, con la participación de empresarios, trabajadores
y representantes locales y de establecimientos educativos, se desarrollan
procesos de caracterización sectorial, de identificación
de competencias y de elaboración y validación de los programas
de formación.(3)
El programa Chile Califica ha avanzado en experiencias
de normalización y certificación y ha apostado por la
independencia entre la certificación y la formación. Recuérdese
que el modelo de Chile se caracteriza por la separación entre
el financiamiento y la ejecución; ahora, con el advenimiento
de organismos certificadores, se desarrolla un mecanismo de aseguramiento
de calidad sobre los organismos ejecutores de capacitación. Sin
embargo, una característica interesante en el caso de Chile,
que hasta ahora prevalece en las aplicaciones, es la no separación
entre quien evalúa y quien certifica. Luego de las diferentes
pruebas han notado que es más conveniente en su contexto, no
realizar estos dos procesos en instituciones diferentes.
Pero ese no es el único arreglo posible: en la norma ISO 17024
aplicable a los organismos de certificación, se lee: un
órgano certificador podría proveer capacitación,
si lo hace deberá demostrar claramente cómo maneja la
separación entre evaluación y capacitación para
asegurar la confidencialidad, objetividad e imparcialidad.(4)
En suma, la respuesta a esta pregunta depende del diseño institucional
y de lo que los actores sociales juzguen más conveniente para
disponer de un sistema de certificación transparente, efectivo
y de calidad. Incluso en el análisis del diseño institucional
conviene colocar la perspectiva de las motivaciones para la certificación.
Al respecto Alexim y Lopes (2004) describen tres vertientes; la primera
originada en las empresas de gran tamaño que se interesan en
generar la certificación como un mecanismo asociado a las políticas
de inclusión. La segunda es la vertiente educativa en la que
se encuadran los esfuerzos por crear sistemas nacionales en los que
el reconocimiento de las competencias se asocia, tanto a la posibilidad
de ingresar o reingresar a la educación, como al mercado de trabajo.
Por último, la vertiente del mercado de trabajo cuyo sello distintivo
es el reconocimiento de las competencias adquiridas y acumuladas en
la experiencia laboral.(5)
En cada una de estas vertientes hay diferentes actores y motivaciones,
también distintos arreglos institucionales. Los mecanismos de
diálogo social son, sin duda, claves en el momento de definir
las opciones con las que se diseña un sistema específico.
1 Bouder, Annie y otros, Certification and legibility
of competences, CEDEFOP, 2001. 2 Vargas, F., Cuatro afirmaciones sobre certificación.
Todas falsas, Boletín Cinterfor/OIT Nº153,
2002. 3 Más información en http://www.sena.edu.co/Sistema+de+Formación+para+el+Trabajo/ 4 Norma ISO 17024 "Requerimientos generales para
organismos que operan sistemas de certificación de personas". 5 Alexim, João Carlos; Lopes Evangelio, Carmen
Lucia, "A Certificação profissional revisitada",
Boletín Técnico SENAC, 2003.
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