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4. Balance de las estrategias y programas para jóvenes y poblaciones
desfavorecidas en las IFP en las décadas de los sesenta a ochenta
Si bien la focalización en el tema del desempleo juvenil es un fenómeno
relativamente reciente dentro de las políticas sociales en América Latina,
existe en la región un copioso bagaje de experiencias en las que la
capacitación laboral ha sido aplicada como instrumento en estrategias
de lucha contra el desempleo, de integración de grupos marginales de
población, de apoyo a sectores informales de la economía, etc. Pero
es necesario también reconocer que este es un terreno donde han prevalecido
acercamientos empíricos y voluntaristas y en el que en general se carece
de evaluaciones sistemáticas que arrojen resultados generalizables.
Como punto de partida, hay que señalar un problema de fondo en la mayor
parte de esas experiencias: la tendencia a enfrentar la cuestión de
la capacitación laboral para poblaciones pobres con un enfoque de voluntarismo
político o filantrópico, sobre la base de la alta - y muchas veces ingenua
- valoración social de este instrumento. Esta actitud genera ofertas
de capacitación débilmente estructuradas, sin adecuada fundamentación
pedagógica, con precario respaldo logístico, sin preocuparse seriamente
por su focalización, su pertinencia con respecto al mercado, ni sobre
la eficiencia y eficacia del esfuerzo.
Habría que preguntarse si detrás de esta tendencia no se esconde el
viejo prejuicio de que la educación vocacional, cualquiera que sea su
calidad, es el medio adecuado para la educación de las clases pobres,
porque ellas no pueden tener otro tipo de aspiraciones.
Específicamente, esta actitud se expresa en los siguientes problemas:
- La tendencia de las instituciones de educación técnica y de formación
profesional a convertirse en servicios orientados desde la oferta,
a partir de la necesidad de dar uso a sus capacidades instaladas,
es reproducida en el caso de los programas dirigidos a poblaciones
pobres, agravada por el hecho de que a estos se suele asignar los
equipamientos más obsoletos y deteriorados y los recursos técnico-pedagógicos
más improvisados. Ello conduce a una capacitación muy distante de
los requerimientos de los sectores productivos, aún los informales,
que con frecuencia disponen de tecnologías más avanzadas. Lo anterior
en gran medida es determinado por el alejamiento de la realidad de
los sectores productivos entre las instituciones y los funcionarios
que ejecutan la capacitación.
- Se tiende a sobrevalorar el sector informal como salida ocupacional
para los egresados de la capacitación laboral. Se desconoce que una
de las características esenciales del sector informal es su facilidad
de acceso, por que requiere baja calificación laboral y poca dotación
de capital, y que es precisamente ese hecho el que conduce a una intensa
competencia interna cuyo resultado es mantener los ingresos y la calidad
del empleo en niveles de gran precariedad. En consecuencia, una capacitación
que por su baja calidad y/o su desarticulación con otros servicios
complementarios termina de hecho reproduciendo el autoempleo informal,
es un esfuerzo redundante y un despilfarro de recursos.
Si bien en teoría todas las experiencias proclaman su articulación
con servicios que complementen su acción para el logro de resultados
concretos de empleo o autoempleo, como son los de información sobre
mercado de trabajo, colocación, crédito, asesoría administrativa y asistencia
técnica, etc. (o por lo menos reconocen esa necesidad), en la práctica
son pocos los casos en que se produce una confluencia coherente y orgánica
de estos con la capacitación laboral.
La desarticulación de la capacitación laboral con sus servicios complementarios
no sólo es imputable a la inexistencia o ineficiencia de los mismos.
También es dificultada por fallas en la focalización y caracterización
de la población objetivo, que dificultan el diseño y canalización de
mecanismos adecuados para grupos específicos de población.
Se registra una casi completa desarticulación de los programas de capacitación
laboral analizados con los sistemas formales de educación técnica o
formación profesional, lo que impide la vinculación de los egresados
a cadenas de formación continuada que son en última instancia el medio
para superar las barreras de la marginalidad.
Otro campo en donde hay pocas respuestas prácticas a pesar del reconocimiento
generalizado a su necesidad, es el de la integración de la capacitación
en destrezas específicas laborales con la formación de competencias
sociales y la atención remedial a las carencias de educación básica,
aspectos estos fundamentales para el acceso al empleo/autoempleo y el
desempeño en el mismo.
Sea por las fallas en focalización, por el interés de aumentar coberturas
por razones políticas, o por limitaciones de recursos, se registra en
la mayor parte de las experiencias analizadas una tendencia a realizar
intervenciones puntuales y de corta duración, que dificultan la articulación
de la capacitación con los servicios complementarios, y que impiden
la profundización y consolidación de aprendizajes en los usuarios.
5. El surgimiento del modelo Chile Joven
Desde principios de esta década, fuertemente impulsado por el Banco
Interamericano de Desarrollo (BID), se ha extendido rápidamente por
diversos países de América Latina un tipo de programas de capacitación
laboral dirigida a jóvenes que se encuentran en situación de desempleo
estructural y alto riesgo social, cuyo modelo se experimentó y sistematizó
inicialmente en Chile durante la segunda mitad de la década de los ochenta
bajo la denominación de "Chile Joven".
El contexto institucional bajo el cual se diseñó y operó inicialmente
"Chile Joven" (en adelante CHJ), fue el de los programas que,
bajo la forma de Fondos de Inversión Social (FIS), surgieron como mecanismos
de compensación a los duros efectos sociales de las políticas de ajuste
estructural y de apertura al comercio de las economías de la región,
con sus correspondientes procesos de reorganización de los servicios
sociales estatales, que se han adelantado en los años setenta (para
el caso de Chile) y posteriormente durante los ochenta y principios
de los noventa en la gran mayoría de países de la región.
El modelo CHJ está específicamente dirigido a poblaciones juveniles
en situación de riesgo social y/o de desempleo estructural. Como se
verá en el cuerpo de este documento, esa focalización explícita es una
de las características que en su conjunto conforman un modelo muy elaborado
y sistemático, especialmente si se le compara con experiencias anteriores
adelantadas en la región, en las que la capacitación laboral también
se colocaba al servicio de proyectos de lucha contra la pobreza, pero
generalmente con estrategias de intervención pobremente sustentadas
y por lo tanto difíciles de evaluar en su eficiencia y su efectividad.
Desde el principio, tanto en Chile como en cada país donde el modelo
ha sido implantado, este ha provocado agudas reacciones y controversias
entre los diversos agentes involucrados, no sólo en el ámbito de las
instituciones del "establecimiento" tradicional de la capacitación
laboral sino también en el de nuevos actores institucionales tales como
las Organizaciones No Gubernamentales (ONG). Pero, a pesar de muchas
posiciones escépticas - algunas incluso muy críticas - la actitud general
ante el modelo es de gran expectativa ante sus rasgos innovadores y
su sofisticado diseño operativo e institucional.
Son comprensibles la expectativa y las controversias generadas, y no
sólo por el hecho de que apunta a uno de los problemas medulares del
desarrollo social de muchos países y concretamente de la región latinoamericana:
la inserción laboral de poblaciones jóvenes que no cuentan con las competencias
requeridas por los sistemas productivos modernos, especialmente en contextos
de alto desempleo.
Pero, además, las implicaciones del modelo son muchas: no sólo en el
terreno concreto de la práctica de la capacitación laboral sino especialmente
en el de su arreglo institucional y - por supuesto - en el de sus articulaciones
con las políticas sociales. Ello lo convierte en un interesante objeto
de análisis y sin duda su difusión provocará profundos impactos en la
conceptualización y la práctica de la capacitación laboral en América
Latina. Por otra parte, el modelo ha experimentado una evolución en
el país donde surgió y donde por tanto su aplicación práctica ha sido
más prolongada, además de que ha sufrido adaptaciones en los demás países
donde se ha implantado, si bien en ellos aún la aplicación es muy reciente.