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Formación y trabajo en general Gallart, María Antonia (1997) "La interacción entre la sociología de la educación y la sociología del trabajo", Revista Latinoamericana de Estudios del Trabajo, 3(5): 83-93. San Pablo: Asociación Latinoamericana de Sociología del Trabajo.
Este número de la Revista Latinoamericana de Estudios del Trabajo reúne once artículos presentados en el II Congreso Latinoamericano de Sociología del Trabajo, cuyo tema central fue "El mundo del trabajo en el contexto de la globalización". Excediendo la delimitación temporal y conceptual sugerida por este título, la amplitud temática del contenido de los artículos es puesta en evidencia por el encabezamiento de este número de la revista: "Trabajo y sociedad: desafíos teóricos". En efecto, los artículos abordan, desde diversas perspectivas teóricas, el lugar que el trabajo ocupa en tanto actividad humana productora de bienes y servicios pero también, y fundamentalmente, en tanto actividad socializadora y constituyente de la identidad de las personas. Así, los artículos van desde la ética hasta la antropología del trabajo; desde la subjetividad y el lenguaje del trabajo hasta la división sexual y sus efectos de exclusión social; desde la flexibilidad del trabajo en América Latina hasta el rol de los sindicatos europeos en la unificación continental. De entre todos los artículos, el de María Antonia Gallart resulta de interés para nuestros objetivos por cuanto se sitúa en la línea de contacto entre los mundos del trabajo y la educación, en base a un abordaje histórico que apunta a marcar las características más notorias de la situación actual. En el marco de la transformación provocada por los nuevos modelos de organización de la producción y de inserción internacional de los diversos aparatos productivos nacionales, el interés principal del artículo consiste en identificar y describir el nuevo principio de categorización y valorización de la fuerza de trabajo: las competencias, entendidas como conjunto de habilidades manuales e intelectuales -aprendidas y adquiridas- orientadas a la resolución de problemas concretos, a partir de la capacidad de abstracción y de aplicación de conocimientos teóricos. La autora señala que existen tres puntos de vista desde los cuales la interrelación educación-trabajo ha sido abordada y por los cuales ha merecido la atención de la sociología. En primer lugar, la educación es, en las sociedades contemporáneas, un factor fuertemente determinante de la estratificación social y, por ende, de las condiciones de vida de las personas. En segundo lugar, los sistemas de educación técnica y profesional, y en menor medida la escuela general, están claramente orientados a la inserción laboral de los educandos; la brecha tecnológica entre la escuela y la empresa es, entonces, un problema importante a ser tenido en cuenta, en la medida en que pone en cuestión la función de la educación. Por último, las distintas racionalidades de esas dos instituciones son una fuente de potencial conflicto. La racionalidad de la escuela está determinada por sus características: fuerte burocratización, planificación de mediano y largo plazo, atención de grandes volúmenes de "clientes". Las organizaciones productivas, en cambio, están sometidas a presiones externas provenientes de las condiciones del mercado, la existencia de competencia, y a procesos acumulativos al interior de la firma, cambios organizacionales, etc. Las estructuras ocupacionales "surgidas" del sistema educativo no tienen, entonces, por qué coincidir con las "requeridas" por las organizaciones productivas. En relación a los nuevos modelos de organización de la producción, la autora identifica tres procesos fundamentales: globalización y flexibilización laboral; una división del trabajo más horizontal y menos piramidal; y crecimiento del sector servicios. Estos procesos están fuertemente conectados con las necesidades de los países de fortalecer la competitividad de sus sectores productivos, en razón de la mayor exposición al comercio internacional. Estos cambios pusieron en crisis el modelo tradicional de interacción entre la educación y el trabajo. Según ese modelo de organización, los trabajadores debían adquirir un conjunto de habilidades manuales, conocimientos técnicos y responsabilidades que permitían organizar a la fuerza de trabajo a partir de una jerarquía que después encontraba su correlato en las escalas salariales. El correspondiente modelo de formación técnica profesional recibió tres objeciones: 1) demandaba una temprana definición vocacional del educando; 2) carecía de flexibilidad para adaptarse a los cambios tecnológicos; 3) definía compartimientos estancos entre tecnologías cuando en la actualidad las tecnologías son integradas. Con la imposición de nuevas reglas de competitividad tiende a desaparecer el concepto de formación para puestos de trabajo específicos. Ahora las ocupaciones, o más bien las familias de ocupaciones, exigen que los trabajadores dominen un conjunto de habilidades que han sido conceptualizadas bajo el nombre de competencias. Éstas constituyen la resultante del nuevo compromiso entre la educación y el trabajo, en tanto su adquisición supone el seguimiento de trayectorias ocupacionales que comienzan con la educación formal y no concluyen hasta la finalización de la vida laboral del individuo. Las competencias pueden definirse como un conjunto de conocimientos, capacidades y actitudes que deben poder afrontar la prueba de resolución de problemas imprevistos vinculados a técnicas específicas. Exigen, por lo tanto, la combinación de conocimientos teóricos, capacidad de pensar en abstracto y con una percepción global, por un lado, y experiencias concretas adquiridas mediante la práctica en el lugar de trabajo, por el otro. Las nuevas reglas de competitividad exigen nuevas calificaciones que no se adquieren en cursos cortos de perfil técnico, sino que, por el contrario, requieren años de educación formal que aseguren el dominio de principios tecnológicos y la conformación de actitudes mentales proclives a la adaptación a condiciones cambiantes. La autora enfatiza que el nuevo escenario constituye un desafío al mundo de la educación en la medida en que, durante la transición, la reconversión puede constituirse en un poderoso mecanismo de exclusión social. En efecto, los jóvenes egresados de un sistema educativo aún no reconvertido encuentran problemas de inserción en el mercado, así como los adultos desplazados por el cambio tecnológico ven imposibilitada su reinserción laboral. La exclusión y el desempleo son entonces la consecuencia de la coexistencia de un sector productivo que marca el ritmo del cambio y una fuerza de trabajo que todavía no se ha adaptado. A esto debe sumarse el carácter diferencial que este proceso adquiere entre países y al interior de los países: se generan así islas de modernidad dentro de un tejido caracterizado por los sectores atrasados. Las competencias se definen entonces a partir de trayectorias individuales educacionales, familiares, sociales, laborales. Estas historias definen las carencias y potencialidades del trabajador y deben constituir el punto de partida para definir las necesidades de reaprendizaje a lo largo de la vida laboral. En un contexto de mercados flexibilizados con altos niveles de desocupación es preciso reforzar las competencias de empleabilidad de los trabajadores: habilidades básicas de expresión oral y escrita, matemática aplicada y capacidad de pensar en abstracto (9 ó 10 años de enseñanza sistemática y gradual, aunque el número de años de escolaridad no es, por sí mismo, garantía de dominio de esas habilidades) más la capacidad de saber racionalizar la utilización de recursos, aprender a trabajar en grupo, transmitir y recibir conocimientos, liderar, negociar; adquirir y evaluar información; conocer y usar nuevas tecnologías. Como se ve, el énfasis puesto en el valor de la formación general no va en desmedro del valor de la educación técnica, la formación profesional y la práctica en el taller, aunque su estructuración haya mutado en favor de cursos modulares de contenidos alternativos, que ofrecen sucesivas instancias de elección para el trabajador en permanente formación. No debe tratarse de conocimientos aislados para prácticas específicas, sino que deben ser puestos en relación con la educación básica y la capacidad de resolver problemas prácticos, alternando períodos de trabajo y de aprendizaje, ya sea a partir de un curriculum estructurado (educación dual) o de trayectorias delineadas sobre la marcha por el trabajador y su empleador. Como principio general, válido tanto para las currícula formales como para las trayectorias individuales, la autora concluye que los tipos de competencias requeridos deben definirse conjuntamente entre empresarios, trabajadores y educadores, así como las competencias deben ser certificadas por instituciones en las que tengan participación todos los actores del mercado. No obstante, y en consonancia con las mencionadas temáticas de los restantes artículos que componen el número de la revista, la autora se interroga acerca de las implicancias en materia de "desarrollo de la libertad" y "construcción de un espíritu crítico" que se siguen de un sistema educativo volcado exclusivamente a la satisfacción de los requerimientos del aparato productivo. Tal sesgo en la educación, sumado a las tendencias actuales hacia la precarización del empleo y la exclusión de gran número de trabajadores, podría poner en peligro los principios de la cohesión social. Como cierre, el artículo deja abierta esta cuestión, que no hace sino revitalizar el interés por la educación y el trabajo entendidos, ahora ambos, como actividades socializadoras y constituyentes de la identidad de las personas.
(Articulación formación-empresas) (Cambio tecnológico y formación profesional) (Capacitación y empleo de jóvenes) (Competencias laborales) (Formación y trabajo en general) (Gestión ambiental y formación profesional) (Gestión de la formación profesional) (Pequeñas y medianas empresas y formación profesional) (Temas varios) |
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