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Los productos químicos han llegado a formar parte de nuestra vida cotidiana:
constituyen la base de muchas de nuestras actividades, previenen y combaten numerosas
enfermedades y aumentan la productividad agrícola. Sin embargo, no podemos ignorar que muchos de estos productos
(sobre todo cuando se usan de modo incorrecto) pueden poner en peligro nuestra salud y envenenar
el entorno. Según se ha calculado, aproximadamente un millar de nuevos
productos químicos se incorporan al mercado cada año y, a escala mundial, se
emplean unos 10+0.000 compuestos. Tales compuestos suelen encontrarse como
mezclas en productos de consumo. La mayor parte de los países industrializados cuentan con entre uno y dos millones de estos productos o
sus marcas comerciales. El incremento observado en el número de compuestos y
en su fabricación se traduce en un aumento en el almacenamiento, transporte,
manipulación, uso y deshecho de los mismos. Al valorar los
peligros y beneficios de un producto químico, se debe tener en cuenta todo
el ciclo que éste recorre. Casi todos los accidentes químicos tienen un
efecto limitado. Sin embargo, de vez en cuando, hay algún desastre, como el
ocurrido en 1984 la localidad india de Bhopal, que provocó que miles de personas
perdieran la vida y muchas otras sufrieran una incapacidad permanente. No
sólo el trabajador que manipula los productos químicos es sujeto de riesgo.
Podemos vernos expuestos en nuestros propios hogares como consecuencia de un uso
inadecuado de algún material o de un accidente, y resultar contaminados por productos
corrientes, incluidos los alimentos. También afecta al entorno: los
productos químicos pueden contaminar el aire que respiramos, el agua que
bebemos y los alimentos que comemos. Pueden alcanzar bosques y lagos, destruir la vida silvestre y
alterar los ecosistemas. Cada
compuesto exige distinto grado de precaución. La evaluación de los riesgos que
los productos químicos entrañan para la salud es un proceso continuado en el
que se va presentando nueva información obtenida de fuentes diversas. Recuerde:
los productos químicos tienen poder, por eso resultan ahora tan importantes para nuestra vida.
Respete ese poder del que están dotados y manéjelos con cuidado.
Ningún compuesto puede provocar un efecto químico adverso sin penetrar
primero en el organismo o tener contacto con él. Las cuatro vías principales
de penetración, o modos de exposición, para que los productos químicos entren en el
cuerpo son las siguientes: - Inhalación (al tomar aire para respirar)
- Absorción
(a través de la piel o de los ojos)
- Ingestión (al comer o
ingerir en general)
- Paso a través de la placenta desde la mujer
gestante al feto
Ilustración 1
Muchos productos químicos empleados en el lugar de trabajo
pueden encontrarse dispersos en el aire -en forma de polvo, niebla, humo, gases o
vapor-, y a partir de ahí ser inhalados. De este modo, hay trabajadores que
aunque no participan directamente en su manejo, sólo por estar en su radio de
acción pueden quedar expuestos a los productos químicos a partir de diversas
fuentes. El manejo de productos químicos sin una adecuada
protección expone al trabajador al riesgo de absorber cantidades
peligrosas de los mismos a través de la piel. Así ocurre normalmente cuando se
manipula un producto químico en estado líquido. También el polvo puede pasar a través
de la piel si se humedece (con el sudor, por ejemplo). La
capacidad de los diferentes productos químicos para penetrar a través de la
piel varía considerablemente. Algunos compuestos pasan sin que el afectado lo
perciba. La absorción cutánea ocupa el segundo lugar en frecuencia, después
de la inhalación, como vía de exposición en el trabajo. La capa externa que
protege la piel pueden debilitarla algunos compuestos (tolueno,
soluciones diluidas de sosa, etc.), lo que facilita que otros productos como la
anilina, el fenol, el benceno, etc. puedan penetrar de forma rápida en el torrente sanguíneo. También los
ojos pueden ser una vía de absorción de productos químicos, ya sea por medio de salpicaduras o de vapores. En
el organismo pueden entrar, por ingestión, compuestos peligrosos como gases,
polvos, vapores, humos, líquidos o sólidos. Es posible que el polvo, una vez inhalado,
se trage; y los alimentos o los cigarrillos pueden quedar contaminados al
manipularlos con las manos sucias. Es necesario prohibir la ingestión de alimentos o bebidas, así como
fumar, en los lugares de trabajo donde se manejen productos químicos
peligrosos. Sea cual sea la vía de entrada, los productos químicos pueden
alcanzar el torrente sanguíneo y distribuirse por todo el organismo.
Así pues, el daño puede tener lugar tanto en el punto de entrada como en un
órgano distante de la zona de exposición.
Ilustración 2
Ilustración 3
Al elegir la forma de manejo de los productos químicos sólidos
(tortas, pastillas, gránulos, polvos con aceite, pastas), deberá tenerse
en cuenta la formación de polvo.
Los efectos perjudiciales de los productos químicos dependen de la toxicidad
de cada uno y del grado de exposición a los mismos. La toxicidad es una
propiedad del producto químico, mientras que la exposición depende del modo en
que se utilice el material. El grado de exposición depende de la concentración
del producto peligroso y del periodo de contacto. Muchos compuestos no
desprenden ningún olor que sirva de advertencia ni siquiera cuando su
concentración en el aire del lugar de trabajo es peligrosa.
Efectos agudos - Efectos crónicos
Los efectos pueden ser de carácter agudo (el efecto es
inmediato tras una corta exposición); o de carácter
crónico (la exposición suele producirse en repetidas ocasiones y transcurre
cierto tiempo entre ésta y la aparición de los efectos adversos). Un mismo compuesto puede
originar efectos agudos y crónicos, y los daños de ambos tipos de trastornos pueden
ser permanentes. Los daños derivados de la exposición a
un producto químico pueden ser temporales (es decir, reversibles: desaparecen una vez cesa
la exposición al compuesto). La exposición a disolventes puede provocar
dermatitis de contacto, cefalea o nauseas (efectos que pueden presentarse tanto de
forma aguda como temporal). Por otra parte, los efectos pueden también ser crónicos
y causar un daño permanente e irreversible al sistema nervioso.
Efectos locales - Efectos sistémicos
Los compuestos peligrosos pueden causar efectos locales. Entre los de
carácter agudo se encuentran las quemaduras por la causticidad de ácidos o bases, o los
daños pulmonares provocados por inhalación de gases como el ozono, el fosgeno
y los óxidos de nitrógeno. Muchos otros gases causan efectos adversos
únicamente cuando su inhalación ha sido repetida durante un
periodo prolongado, incluso en bajas concentraciones. A raíz de la exposición
a gases como los óxidos de azufre, el fluoruro de hidrógeno o el cloruro
de hidrógeno, puede aparecer una persistente irritación del aparato respiratorio. Una
vez ha penetrado el tóxico en la circulación sanguínea, puede tener lugar su
distribución por todo el organismo. Así, alcanzará el hígado, órgano de
mayor importancia en cuanto a la detoxificación: el hígado intenta convertir
los tóxicos en compuestos menos perjudiciales, e incluso en compuestos útiles
para el organismo (proceso denominado metabolismo). Algunos compuestos (el alcohol
y el tetracloruro de carbono, por ejemplo) pueden deteriorar el hígado. El
organismo excreta los compuestos que le resultan indeseables. Los riñones los
extraen del torrente sanguíneo por filtración; esta es la principal vía de
excreción de los venenos. Sin embargo, en tal proceso, algunos
productos (tetracloruro de carbono, etilenglicol, disulfuro de carbono) pueden producir un daño renal. En el caso del cadmio, el daño provocado en
el riñón es permanente. Otros medios de excreción son las heces, el sudor y el aire espirado. El sistema nervioso es sensible a
los productos químicos. Los efectos adversos pueden aparecer en el sistema
nervioso central o en los nervios que comunican los impulsos a otras zonas del
cuerpo. En los lugares de trabajo es habitual el uso de disolventes orgánicos
que, según se sabe, son capaces de afectar al sistema nervioso. Hay otros muchos
compuestos que pueden actuar de igual modo: el disulfuro de carbono, el mercurio, el
plomo, el manganeso y el arsénico. Nuestro organismo tiene una considerable
capacidad de excreción, de originar compuestos de toxicidad inferior a la de
los productos originales y, en definitiva, de protegernos. No obstante, nuestro
sistema de defensa puede verse sobrecargado por una exposición dura y repetida y, de este modo, perder su funcionalidad. El tóxico queda almacenado en
alguna zona del cuerpo y, consecuentemente, puede originar problemas de salud. El
plomo constituye un ejemplo de producto cuya eliminación del organismo requiere
un periodo largo. El cadmio no sufre metabolismo alguno en el organismo, es
decir, que una vez que penetra, permanece en él.
Ilustración 4
Ilustración 5
Ilustración 6
Los numerosos derivados obtenidos del petróleo: Descripción de los
diversos materiales originados por destilación fraccionada del crudo.
Ilustración 7
Ilustración 8
El polvo puede constituir tan sólo una molestia: su peligrosidad depende del tipo
de materia que lo forme, así como de la cantidad de partículas y del
tamaño de las mismas.
Cuanto menor sea la partícula, más profundamente accederá a los pulmones
al ser inhalada con el aire y mejor sorteará los sistemas defensivos de estos
órganos. Este tipo de polvo es invisible a simple vista por lo que para su
identificación se
emplean técnicas de microscopía. Puede acumularse en los pulmones durante un
tiempo prolongado y causar
pneumoconiosis, una enfermedad laboral habitual causa de incapacidad. Los
polvos que contienen sílice cristalina o amianto son los más frecuentes
causantes de esta enfermedad. La arena y muchos tipos de rocas contienen
sílice cristalina; igual ocurre con muchos minerales, el cemento, los
materiales cerámicos y la tierra de diatomeas. Los procesos en que intervienen
estos materiales originan polvo y pueden derivar en la acumulación de la
sílice en los pulmones. Al cabo de los años, este estado puede causar una
enfermedad pulmonar incurable, aun cuando la exposición haya cesado años antes. El
amianto es una fibra mineral natural muy resistente al fuego y a
muchos productos químicos. Las fibras de amianto son muy resistentes y finas.
Sus formas son diversas y reciben diversos nombres: crisotilo (serpentina fibrosa),
crocidolita, amosita, antofilita, actinolita, tremolita... El crisotilo se usa
para materiales aislantes así como ropas y alfombras protectoras. El polvo penetra en los pulmones y destruye los tejidos locales
(afección denominada asbestosis).
El amianto puede ser también causa de cáncer pulmonar. El riesgo de cáncer es
muy superior cuando la exposición a este mineral se da en fumadores. El uso de
amianto se encuentra restringido o prohibido en muchos países. La exposición
a vapores de metales puede provocar daños en el organismo. La denominada `fiebre
de vapores metálicos' (fiebre y tos con leucocitosis alta) es un conocido efecto sobre la
salud originado por inhalación de vapores metálicos (frecuentemente con zinc).
Suele manifestarse un día después de sufrir la exposición. No
necesariamente presentan Los gases no necesariamente desprenden un olor que
sirva de advertencia de que la concentración en que se hallan es peligrosa. El olor puede ser perceptible sólo en altas concentraciones en el
aire. Los gases pueden ser irritantes o bien llegar a la circulación y provocar
daños internos. Los óxidos de azufre, los de nitrógeno, el cloro y el
amoniaco son gases tóxicos que resultan corrosivos e irritantes para las vías
respiratorias. Su empleo en la industria está muy extendido. El fosgeno se forma
cuando los disolventes clorados, tales como el "TRI" (1,1,2-
tricloroetileno), entran en contacto con llamas o superficies calientes. El
fosgeno puede dar lugar a un envenenamiento mortal incluso antes de que sea
detectable por el olfato. El monóxido de carbono es un gas tóxico, incoloro
e inodoro, formado por una incompleta combustión de materiales de origen
orgánico. Puede llegar a la circulación sanguínea. Algunos gases (el cianuro
de hidrógeno, por ejemplo) son capaces de atravesar la piel.
En su mayoría, los disolventes son productos químicos líquidos orgánicos. Su utilidad radica
en que pueden disolver otros compuestos, particularmente las grasas y productos
similares insolubles en agua. Muchos de los disolventes se evaporan con rapidez
a temperatura ambiente. Suelen ser
inflamables y pueden incendiarse por el calor de un cigarro o un soldador o por
cargas electrostáticas. Sus vapores se desplazan con las corrientes de aire y
pueden incendiarse aunque la fuente de ignición esté lejana. La inhalación es la vía de
penetración más
frecuente de los
disolventes en el organismo; no obstante, algunos atraviesan la piel y ésta
queda sana y sin
lesiones. Una vez en el torrente circulatorio, el disolvente puede acceder a
diversos órganos (entre ellos, el cerebro y el hígado). Cada disolvente
ejerce efectos en el ser humano que son variables conforme a su velocidad de
evaporación y a su hidrosolubilidad. El riesgo de causar efectos sobre la salud depende
del periodo de exposición y de la concentración del disolvente en el aire
inhalado. Muchos disolventes provocan un efecto narcótico; pueden causar
mareos, cefaleas, reducción de las respuestas conscientes o cansancio. También
pueden irritar los ojos o el aparato respiratorio. Un frecuente contacto con la
piel se traduce en un efecto detergente sobre la capa protectora de la misma,
lo que provoca
irritación. Algunos disolventes son muy tóxicos para el hígado, los riñones,
la médula ósea o el sistema nervioso. El benceno, el tetracloruro de carbono y
el disulfuro de carbono pertenecen a esta categoría de
disolventes que deberían sustituirse por otros menos peligrosos.
Los metales pueden penetrar en el organismo en forma de polvo o de vapores (labores
de pulverización o soldadura) e incluso a través de la piel. Tal es el caso
del tetraetil-plomo, empleado como agente antidetonante en las gasolinas. El mercurio
suele entrar en forma de vapores inhalados, dada la facilidad con que este metal
líquido se evapora a temperaturas normales. El plomo tiene aplicación en
diversos sectores industriales: baterías, vidrio y minería, fabricación de cables,
fundiciones e imprentas. La protección de las construcciones de acero
mediante pinturas anti-corrosión que contienen plomo puede provocar que este
metal se libere durante las operaciones de soldadura (en buques, por ejemplo). El
mercurio forma parte de muchos plaguicidas y baños de decapado. En el
medio ambiente, puede acumularse concretamente en los peces. El envenenamiento
por este metal provoca graves efectos sobre el sistema nervioso. El níquel está presente,
junto con otros
metales, en diversas aleaciones. Se sabe que, como metal o bien formando
compuestos, es un elemento sensibilizante. Después de una primera reacción
alérgica al níquel, esta se repite tras el contacto con el metal, aunque sea
en cantidades mínimas, que puede aparecer en productos tales como el cuero, el
cemento, o los pomos de las puertas. Algunos compuestos de níquel pueden causar cáncer. Los compuestos del cromo (los cromatos y los dicromatos, en
particular) son muy utilizados en la industria. El cemento contiene pequeñas
cantidades de compuestos de cromo. Tales productos pueden originar alergia e
incluso cáncer de pulmón. A diferencia del cobalto y del níquel, el cromo
metálico puro no provoca alergia. Sus compuestos pueden provocar defectos
congénitos en los hijos de mujeres que hayan sufrido una exposición durante el
embarazo. Los compuestos del arsénico encuentran uso en la fabricación de plaguicidas, insecticidas
y algunos materiales colorantes. El
envenenamiento crónico por arsénico puede comenzar con una
irritación del aparato respiratorio, una inflamación de los ojos o problemas
cutáneos; posteriormente, se manifiestan daños en el sistema nervioso. Tanto
el arsénico como sus compuestos pueden provocar cáncer.
Cuando se usan ácidos o bases fuertes, suelen emplearse soluciones
acuosas de los mismos que producen un efecto cáustico en los tejidos humanos.
Al trabajar con ácidos o con bases, es posible que se generen nieblas de
causticidad equivalente a la de las
soluciones. La mezcla de un ácido con una base origina un fenómeno
denominado neutralización, en el que es
habitual que se produzca un intenso desprendimiento de calor. Los efectos de tal
fenómeno pueden ser particularmente graves si se mezcla agua con el ácido sulfúrico concentrado: el calor generado
proyecta el líquido, muy corrosivo, que puede alcanzar al trabajador. Algunos ácidos son explosivos en contacto con
materia orgánica (serrín, por ejemplo). Los tratamientos de piezas de metal
en baños ácidos pueden ser fuente de graves daños: el baño puede contener
más de un ácido en una mezcla y liberar hidrógeno gaseoso, que es inflamable, así
como nieblas de los ácidos al introducir las piezas metálicas. El ácido
fosfórico encuentra aplicación en el tratamiento de metales. Al entrar en contacto
con superficies calientes, este ácido puede desprender gases tóxicos. Entre
las bases habitualmente empleadas se encuentran el amoniaco y los hidróxidos de sodio y de
potasio, que son
cáusticos para los tejidos humanos (el efecto se percibe después de cierto
tiempo). Las bases atraviesan la piel y causan úlceras profundas. La limpieza
de estos compuestos es dificultosa. Cuando se encuentran como soluciones acuosas
diluidas, provocan irritación. Los hidróxidos de sodio y de potasio tienen
aplicación, por ejemplo, en los baños calientes para desengrasar metales.
La misión de los plaguicidas es destruir o, al menos, controlar todo tipo de plagas.
Encuentran numerosas aplicaciones tanto industriales (para impregnar la madera,
etc.), como agrícolas (control de insectos, maleza, hongos, roedores...). Hay
muchos tipos de productos plaguicidas; además, pueden presentarse en forma de
mezclas. Varios países imponen
restricciones al uso de ciertos compuestos (incluso llegan a prohibir por
completo el empleo de algunos) como consecuencia de los graves efectos adversos
que provocan. En Europa, la lista de plaguicidas prohibidos comprende,
por ejemplo, los derivados inorgánicos del mercurio, el canfecloro, el
clordano,
el dieldrin, el DDT, el HCH (lindano), el heptacloro, el hexaclorobenceno y el
nitrofén. Entre los insecticidas, es posible diferenciar los siguientes
grandes grupos:
- Compuestos organofosforados - Suelen ser venenos de
efecto agudo tanto para los insectos como para el ser humano. Pueden dañar
el sistema nervioso e incluso provocar la muerte. Resultan eficaces aunque
se encuentren en bajas concentraciones. Pertenecen a este grupo: diclorvós,
demeton, paratión, tioazin.
- Compuestos organoclorados - Provocan un
efecto de toxicidad aguda menos intenso que el de los organofosforados.
Sufren una degradación lenta, de modo que pueden acumularse en el entorno y
en el organismo. Pertenecen a este grupo: aldrin, dieldrin,
heptachlor, DDT.
- Carbamatos (fungicidas, además de insecticidas) - Venenos
que provocan en el hombre el mismo tipo de síntomas de los organofosforados.
Pertenecen a este grupo: ditiocarb, carbaryl.
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Ilustración 10
Ilustración 11
Ilustración 12
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