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Los sindicatos en el siglo XXI

Respuesta del Secretario General de la CIOSL, Bill Jordan, al discurso principal de Juan Somavia

El Director General de la OIT, Juan Somavía, defiende con elocuencia la justicia social y el papel importante e indispensable que desempeñan los sindicatos en la defensa de los derechos de los trabajadores en el empleo, en la construcción de la democracia y en el cauce que ha de tomar la política en los planos nacional e internacional. Compartimos plenamente su empeño por encontrar un equilibrio en el proceso de mundialización y lograr una distribución más justa de sus efectos positivos y de los sacrificios que implica. La magnitud de los retos que plantea la integración de la economía mundializada a los trabajadores y a sus sindicatos es un importante tema de discusión y de acción en toda la familia de la CIOSL que se aborda en los preparativos del Congreso del milenio que se ha de celebrar el próximo mes de abril en Sudáfrica.

El papel de los sindicatos que consiste en trabajar con otros miembros de la comunidad en la formulación de nuevas estrategias para la política pública, que recalca el Director General, es particularmente importante. Los problemas que enfrentan los trabajadores en la era de la mundialización son de hecho problemas del conjunto de la sociedad. La solución de estos problemas debe empezar por el respeto universal de los derechos esenciales y fundamentales de los trabajadores.

Es importante situar el papel de los sindicatos en un contexto más amplio, a saber, el de los acontecimientos de orden mundial, y contrastarlo con el papel de los mandantes tripartitos de la OIT. Los sindicatos no se desenvuelven como una entidad aislada, y no controlan por completo las riendas de su destino. En realidad, la economía mundializada proporciona mucha asistencia e incentivos a los poderosos, mientras que con frecuencia se espera que los débiles se las arreglen por sí solos. Por ejemplo, en algunos casos, los incentivos que se dan a las empresas multinacionales para que se instalen en zonas francas industriales incluyen la exención de la legislación laboral del país. No es razonable pensar que los trabajadores de esas fábricas puedan sindicarse en tales circunstancias legales. Además, normalmente se niega el acceso a los locales a los representantes sindicales y en algunos casos ni siquiera se permite que los trabajadores hablen entre sí. En estas circunstancias, el hecho de que se explote tan cruelmente a los trabajadores de las ZFI, que son en su mayoría mujeres, ¿debe atribuirse a un fallo de los sindicatos o a un fallo de los gobiernos y de los empleadores de esas zonas?

La presente respuesta al discurso principal del Director General se centrará en cinco esferas: una descripción de algunos de los cambios registrados en el entorno social mundial y sus efectos sobre los sindicatos y otras formas de organización comunitaria, el papel y las responsabilidades de los gobiernos, la democratización de las instituciones de mundialización, la responsabilidad social de las empresas y los retos y oportunidades que tienen los sindicatos.

La mundialización y los trabajadores

La integración de la economía mundial se nota no sólo por el aumento masivo de las inversiones extranjeras directas, que en los últimos años han crecido con más rapidez que el volumen del comercio internacional y que la producción mundial, sino también por el desarrollo de cadenas de producción mundializadas. Hace 20 años, la atención se centraba en las empresas multinacionales, en sus filiales y en otras formas de relaciones directas de propiedad, mientras que en la actualidad se han desarrollado amplios sistemas de producción que abarcan proveedores, subcontratistas e incluso sub-subcontratistas. Incluso las pequeñas y medianas empresas han entrado a formar parte de la economía mundializada. Otra consecuencia es que a menudo resulta difícil determinar las responsabilidades en estos sistemas de producción; asimismo, los trabajadores y sus sindicatos en muchos casos desconocen quiénes toman realmente las decisiones y a quién tienen que dirigirse, debido a que los responsables pueden encontrarse en otro país o trabajar en otra empresa.

El progreso social está vinculado de manera inevitable e indisoluble con la economía. De hecho, requiere una intervención en el mercado. Esto no es nada insólito, ya que todos los mercados se basan en reglas: reglas para proteger a los consumidores, para proteger las denominaciones de las marcas, para garantizar normas técnicas comunes, para impedir la formación de monopolios, etc. Sin una legislación social ni reglamentos gubernamentales, ya sea sobre los salarios y los horarios de trabajo, la seguridad y la salud en el trabajo, o incluso sobre la protección de los derechos fundamentales de los trabajadores, los mercados son injustos e ineficientes. La negociación colectiva también es otro mecanismo destinado a corregir y a subsanar las deficiencias de los mercados. Tanto la legislación como los convenios colectivos sustraen, hasta cierto punto, al trabajo de la competencia. La noción de que el trabajo de un ser humano no es una mercancía que se puede comprar y vender en el mercado libre forma parte de los principios básicos de la OIT y se incorporó en la Declaración de Filadelfia. Desarrollar una economía mundializada cuando la reglamentación social sigue siendo exclusivamente de carácter nacional vuelve a situar al trabajo en un contexto de competencia y socava los progresos alcanzados en muchos años. Esto explica en parte las crecientes diferencias de los ingresos dentro de los países y entre los distintos países, que mencionó el Director General. También ayuda a explicar por qué la CIOSL da tanta importancia al establecimiento de un vínculo entre la integración económica y el respeto de los derechos fundamentales en los acuerdos sobre comercio e inversiones.

Los gobiernos y las empresas están reconociendo cada vez más que la economía mundializada necesita una reglamentación mundializada. Así se explica la creación de la Organización Mundial del Comercio (OMC) que tiene más autoridad que el GATT. También explica la gran proliferación de acuerdos de inversión bilaterales, el creciente número de acuerdos regionales sobre comercio e inversiones, y los esfuerzos desplegados para negociar un Acuerdo Multilateral sobre Inversiones en la OCDE. Desafortunadamente, esta reglamentación se ha centrado principalmente en la protección de los derechos de propiedad. La protección de los derechos de los trabajadores sigue estando en el terreno de la autoridad moral. La OIT, que cuenta con los mecanismos de control más eficaces de todo el sistema de las Naciones Unidas, sólo puede valerse de la reprobación moral como arma suprema. Ni siquiera las críticas más fuertes contra las más horrendas violaciones de los derechos de los trabajadores; los asesinatos, la tortura y el encarcelamiento de sindicalistas tienen el impacto económico de un conflicto por el comercio del banano. Existe una competencia injusta entre los imperativos económicos y la fuerza moral, una competencia en la cual, a juicio de muchos, la violación de los derechos fundamentales de los trabajadores no es más que otra forma de ventaja comparativa.

La mundialización también ha tendido a destruir el sentimiento de comunidad. Puede provocar cierto grado de atomización de la sociedad y una desconfianza cada vez mayor entre la gente a medida que las fuerzas del mercado son promovidas como un dogma mundial. Como dice el Director General, hay indicaciones de que esta ideología, que con acierto puede resumirse con la expresión «es bueno ser ambicioso», está empezando a perder terreno, y puede que el péndulo se esté moviendo hacia el otro lado. Menciona el choque de la crisis financiera asiática. Sin embargo, es posible que esa crisis, que mantiene aún a los trabajadores y a sus familias en una situación desesperada, pese a la ligera mejoría de los mercados bursátiles, ni siquiera provoque la adopción de las reformas necesarias; existe el peligro de que no se aprovechen las lecciones que pueden extraerse de esta crisis. Todo parece indicar que se tiende a recaer en una postura de «seguir aplicando la rutina de siempre».

El Director General cita el papel político de los sindicatos y, en particular, la función vital que desempeñan en el respaldo y la construcción de la democracia. La mundialización está produciendo un déficit de democracia así como un déficit social. La construcción de instituciones políticas democráticas y eficaces y una sociedad civil en el plano internacional no sólo va muy rezagada en relación con el desarrollo de la economía mundializada, sino que, de hecho, puede socavar la democracia en el plano nacional. Si se rompe el vínculo entre el acto de votar y el bienestar diario de la población, se considerará la democracia como un proceso de tipo marginal y la población se distanciará aún más de la vida pública.

Responsabilidades de los gobiernos

Muchos de los aspectos de la mundialización que preocupan a los sindicatos fueron facilitados por los gobiernos que aceptaron lo que el Director General describe como el «consenso de Washington» y, a título individual y colectivo, aplicaron programas de liberalización de la economía, de desreglamentación y de privatización, con pasmosa rapidez. De manera intencionada y agresiva dejaron de lado instrumentos que sirvieron para potenciar el proceso democrático y aplicaron en su lugar procesos centrados únicamente en la rentabilidad. Además, no consiguieron actuar a nivel internacional para compensar esta erosión de la autoridad en el plano nacional. Si la principal tarea económica que ha de tener el gobierno consiste en responder a las «fuerzas del mercado», proteger los derechos de la propiedad y mimar a las empresas, entonces la democracia está en peligro.

Una clara responsabilidad de los gobiernos es garantizar el respeto cabal de los derechos humanos, incluidos los derechos de los trabajadores. Esto es particularmente cierto en el caso de los derechos inscritos en la Declaración de la OIT relativa a los principios y los derechos fundamentales en el trabajo. Si bien las empresas multinacionales desempeñan un papel más importante que en el pasado, los gobiernos no deben utilizar esta excusa para dejar de proteger los derechos básicos de sus ciudadanos y de las personas que residen en él. Algunas cosas, incluidos los derechos humanos, no pueden privatizarse.

Otra esfera, que está relacionada con las presiones internacionales y competitivas, en la cual los gobiernos no han asumido sus responsabilidades es la del empleo precario e informal, que ha ido aumentando tanto en los países desarrollados como en desarrollo. La destrucción de las estructuras del empleo, sobre las que se basa en gran parte la legislación laboral, tiene graves consecuencias para los trabajadores y para sus sindicatos así como para la sociedad en general. Esto ha creado relaciones de trabajo complicadas y confusas. También ha dado como resultado una expansión del sector informal en el que los trabajadores tienen que sobrevivir y en el que la única ley es la ley de la jungla. Por muy innovadores, creativos y activos que sean los sindicatos en la manera de enfocar la sindicación, los gobiernos deben abordar a nivel nacional e internacional, el deterioro de la base de protección de muchos derechos de los trabajadores y esta cuestión debe convertirse en una prioridad tripartita para llevar a cabo una labor seria en la OIT. Estos cambios masivos también incrementan el poder de las empresas y pueden poner a los trabajadores en una situación en la que la decisión de constituir un sindicato también puede equivaler a la pérdida del empleo.

Una responsabilidad básica de los gobiernos es proporcionar un entorno en el que se proteja plenamente la libertad sindical contra las amenazas y los ataques, directos e indirectos, y se aliente la práctica de la negociación colectiva. Ya no basta con establecer ese marco básico y ese entorno propicio en el plano nacional. La OIT, junto con sus mandantes, debe desempeñar un papel importante para obtener que ese marco sea más eficaz en todos los niveles, incluso en la labor que realiza con otras instituciones internacionales.

Democratización de las instituciones de mundialización

Desde el inicio de la crisis asiática, en las reuniones del G8 y del Comité de Desarrollo FMI/Banco Mundial se ha reconocido que la celebración de consultas, el refuerzo de la capacidad, el respeto de los derechos humanos y el papel de los sindicatos son los cimientos necesarios para recuperarse de la crisis y para evitar que se produzcan nuevas crisis. Ahora es necesario que estos nuevos valores sociales se traduzcan en un cambio de las acciones que llevan a cabo las principales instituciones internacionales de mundialización: el FMI, el Banco Mundial y la OMC.

La política social y las instituciones públicas y privadas que desarrollan y aplican políticas no pueden ser relegadas a un segundo plano. En Asia, mucho antes de la crisis, los sindicatos estaban abogando por un replanteamiento importante de las políticas sociales para modernizar la búsqueda de empleos, la educación y la formación y el sistema de relaciones laborales para adaptarlos a la era de la integración en un mercado mundializado.

Hacen falta investigaciones sobre cómo proporcionar mecanismos concretos para supervisar y apoyar el desarrollo social y garantizar que en las políticas de ajuste estructural se incluya siempre la protección de los grupos más vulnerables de la sociedad. Por ejemplo, la OIT ha calculado el costo y los beneficios que hubiera supuesto para Tailandia la introducción de un modesto sistema de seguridad social hace diez años. Los resultados demuestran que un gran número de personas hubiera podido protegerse de las pérdidas masivas de ingresos que los sumieron en la pobreza en los dos últimos años. Esos sistemas hubieran podido servir de estabilizadores económicos para limitar la celeridad y la gravedad de la recesión.

La cuestión que se plantea a la comunidad mundial es cómo conseguir la plena integración de los principios sociales en la labor del FMI y del Banco Mundial. El Banco Mundial está examinando ejemplos de prácticas óptimas en materia de política social, en sus reuniones anuales en Washington. A la ONU también se le ha dado un mandato para que examine el tema de los principios sociales que han de tener el FMI y el Banco Mundial, como parte de los preparativos de la importante cumbre que ha de celebrar en junio de 2000 para examinar el seguimiento de la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Social. La OIT está desempeñando un papel vital en la promoción de su nueva Declaración, que requiere un apoyo activo del Banco Mundial y del FMI.

El hecho de contar con directrices eficaces sobre política social, elaboradas de la manera apropiada, puede cambiar de manera fundamental el historial de las políticas de ajuste estructural del FMI y del Banco Mundial. En un primer momento, el FMI y el Banco Mundial deberían incorporar los planes de acción nacionales para el seguimiento de la Cumbre Mundial en sus políticas e instrumentos de préstamo, con inclusión de sus estrategias de asistencia a los países y de los documentos-marco de política económica.

La introducción de políticas sociales en la estructura de la economía mundial no debe detenerse y debe proseguir en la tercera conferencia ministerial de la OMC que se ha de celebrar más adelante en el presente año en Seatle. En los últimos 50 años, a medida que los obstáculos externos al comercio se han ido eliminando, los mercados de productos, de capitales y de trabajo han alcanzado un grado de integración cada vez mayor. El programa del GATT y de la OMC ha empezado a tener efectos más directos sobre las políticas y reglamentaciones nacionales. Esas políticas y reglamentaciones abarcan una amplia variedad de preocupaciones, muchas de las cuales no son puramente comerciales. Las normas de la OMC afectan actualmente a muchas esferas que anteriormente se consideraban principalmente una preocupación nacional. La política comercial implica actualmente la responsabilidad de una amplia gama de departamentos gubernamentales y una comunidad de mandantes, tanto ciudadanos como empresas, mucho más amplia y diversa. Además, la distinción entre el comercio de bienes y el de servicios se ha hecho cada vez más difusa, y en esto el papel que ha tenido la revolución de la tecnología de la información no ha sido insignificante.

El reto que se plantea a la OMC, y en Seatle, es garantizar un mandato político mucho más firme para construir un sistema de reglas multilaterales que cuente con un amplio apoyo popular. En particular, la OMC debe ocuparse de cómo garantizar una repartición justa de los beneficios del comercio mundial entre los países y dentro de los países. Con demasiada frecuencia, los países en desarrollo que desean mejorar sus condiciones de trabajo y de vida tienen que vender en los mercados mundiales a precios más altos que los países cuyos gobiernos suprimen los derechos de los trabajadores. A menudo las víctimas de esta situación son trabajadoras jóvenes y no sindicadas de las zonas francas industriales que anuncian la inexistencia de derechos sindicales como un incentivo para los inversionistas.

Los países que no respetan los compromisos que han contraído con las normas fundamentales del trabajo atentan contra la legitimidad del sistema de comercio mundial, al socavar los derechos básicos de los trabajadores. Este irrespeto de las normas laborales impide que se generalicen los beneficios potenciales del mercado libre. Por otra parte, una mejor observancia de los derechos básicos de los trabajadores constituiría un incentivo para aumentar la productividad y lograr una distribución más equitativa de los ingresos, lo cual a su vez estimularía la producción nacional y aceleraría el desarrollo económico.

El reto que se plantea a la comunidad comercial internacional en la actualidad consiste en idear procedimientos eficaces y aplicables para hacer presión sobre la minoría de países que viola de manera flagrante las normas básicas del trabajo, a fin de que cumplan sus compromisos. Es urgente que se adopten acciones para incorporar las normas básicas del trabajo aplicables en las medidas concretas que adopta la OMC para reforzar el peso de las normas de la OIT reconocidas en el plano internacional; la OIT debe seguir siendo la única entidad calificada para formular e interpretar tales normas.

Responsabilidad social de las empresas

Si bien gracias a la mundialización muchas empresas han obtenido los beneficios económicos que esperaban, es cada vez más evidente que muchas de ellas también son vulnerables debido a los vínculos que implica un aparato de producción mundializado y debido a que los consumidores son cada vez más conscientes de los temas de carácter social y ecológico. De allí la proliferación de códigos de conducta voluntarios y unilaterales. A pesar de que en muchos casos se trata de ejercicios de relaciones públicas, demuestran que hay una sensibilización internacional, que gracias a las comunicaciones mundializadas, traduce la preocupación que sienten los consumidores por las condiciones que prevalecen en los países productores de otras partes del mundo. En la medida en que esos códigos se basen en las normas fundamentales del trabajo de la OIT y sean debidamente supervisados por las empresas y verificados por fuentes independientes, pueden contribuir al respeto de los derechos de los trabajadores. Tal vez puedan alentar, aunque no reemplazar, las relaciones laborales. Con la experiencia adquirida hasta el momento, aún es demasiado pronto para saber si esos códigos han contribuido al respeto de los derechos de los trabajadores. Este es el momento crucial para que la OIT defina el papel que ha de desempeñar en la esfera de los códigos de conducta, a fin de garantizar que estos códigos promuevan la misión de la propia OIT.

Otro hecho, más prometedor, es la negociación de acuerdos marco basados en las normas sobre derechos humanos de la OIT entre Secretariados Profesionales Internacionales (SPI) y varias empresas multinacionales. Estos acuerdos han mejorado las relaciones laborales y han proporcionado un método para resolver problemas concretos. También han contribuido a mejorar las comunicaciones dentro de las empresas y han sido útiles a ambas partes. Es importante que las reglamentaciones sobre cuestiones sociales y laborales que se adopten a la postre a nivel mundial se elaboren con los interlocutores sociales y que los gobiernos y las instituciones internacionales, en particular, la OIT, alienten y promuevan las relaciones laborales, que constituyen una forma sumamente flexible de regulación social.

En cuanto a los empleadores, hay graves obstáculos para lograr una asociación social mundializada, a pesar de que pueden citarse algunos ejemplos positivos. Uno de los problemas radica en un problema de actitud, ya que algunas empresas parecen creer que pueden seguir adelante indefinidamente sin dirigirse a los sindicatos y, en lugar de ello, recurrir a las llamadas técnicas de «responsabilización» que en la práctica no modifican el equilibrio del poder y en realidad no son más que otro medio de transmisión de las ideas de la dirección. Otro problema importante es que, en su mayoría, los empleadores no cuentan con estructuras internacionales que correspondan a las estructuras sindicales y capaces de desarrollar relaciones constructivas con el movimiento sindical. Los sindicatos libres tienen estructuras internacionales democráticas, autónomas y basadas en los sectores y la ocupación, es decir, los Secretariados Profesionales Internacionales (SPI). Si bien los SPI llevan a cabo una ingente labor sobre las multinacionales, que abarca desde campañas destinadas a empresas que aplican prácticas particularmente malas en todos los niveles, hasta el mantenimiento de buenas relaciones con acuerdos marco o de relaciones de cooperación más informales, normalmente, no suele haber entidades equivalentes de empleadores de determinadas industrias o sectores. Esto complica con frecuencia la labor en las comisiones sectoriales de la OIT y los preparativos de tales reuniones, lo cual es otro indicio de la debilidad de las estructuras internacionales de los empleadores, que limita su capacidad para establecer una asociación social internacional.

Los sindicatos en el siglo XXI

El Director General está en lo cierto cuando menciona que el movimiento sindical internacional tiene la responsabilidad de tratar de influir y de modelar el debate internacional sobre las cuestiones sociales y de otro tipo. Este papel político y sindical ha constituido una tarea fundamental de la CIOSL desde que se creó hace 50 años. Las organizaciones sindicales regionales asumen una función de representación similar, al igual que la Comisión Sindical Consultiva ante la OCDE.

Una de las principales tareas de la CIOSL y que ha fortalecido en los últimos años ha consistido en dar a conocer la opinión de los sindicatos en los debates sobre política internacional, a través de:

- Mejores consultas con los afiliados, los SPI y otros interlocutores, no sólo sobre el fondo de las políticas, sino también sobre las estrategias para alcanzar progresos;

- Campañas para alcanzar objetivos determinados que incluyen campañas sobre los derechos de los trabajadores y el comercio, sobre la igualdad de género y el trabajo infantil (además del apoyo prestado a algunas campañas de los SPI);

- Una utilización más eficaz de la tecnología de la información;

- Una mayor participación de los SPI en las campañas sobre cuestiones generales;

- Una mejor comunicación con los medios de comunicación públicos;

- Una mejor labor en las coaliciones con otros grupos de la sociedad civil;

- Presiones a los gobiernos para que escuchen nuestros argumentos; y

- La ampliación del margen del diálogo con las instituciones financieras internacionales y otras instituciones.

Sin embargo, a pesar de estos progresos, aún queda bastante por mejorar. En todas las esferas antes descritas, es necesario hacer mucho más si queremos convertirnos en voceros más eficaces de los trabajadores en el ámbito internacional. La fuerza de la CIOSL depende del apoyo y de la participación activa que puedan dar nuestros afiliados y nuestros interlocutores internacionales en relación con estas cuestiones. En muchos países, nuestros afiliados han tenido que pelear importantes batallas en el plano nacional, que, en algunos casos, constituyen retos a su existencia misma. Debemos progresar mucho más en la comprensión de los vínculos que existen entre los temas nacionales e internacionales, de manera que se puedan abordar de manera más eficaz y se les pueda dar prioridad. Resulta cada vez más evidente que el debate nacional se está amoldando a la evolución mundial y que ya no basta con adoptar una respuesta puramente nacional.

El Director General menciona la necesidad de que los sindicatos reflejen las grandes preocupaciones de la sociedad y que estén en contacto con otros grupos de la sociedad civil. Por ser organizaciones de masa representativas de los trabajadores de casi todas las actividades de la vida, debemos responder a una amplia gama de preocupaciones de los miembros de los sindicatos, que también son ciudadanos y miembros de sus respectivas comunidades. Los propios sindicatos constituyen amplias coaliciones, que a menudo se encuentran entre las más representativas de la sociedad civil. Ello constituye una base apropiada y firme para trabajar con otros interlocutores en relación con temas de interés común. Sin embargo, para ello es necesario que comuniquemos mejor las opiniones y los principios de los sindicatos entre el público en general. Evidentemente, en muchos países, la prensa sigue estando, en mayor o menor medida, bajo el control del gobierno o de las empresas que lo apoyan. Normalmente, esos gobiernos no acogen con agrado nuestro mensaje y es necesario buscar otros medios para comunicarse. También hemos observado una concentración del capital y del control de los medios de comunicación en un número relativamente pequeño de empresas de nivel mundial. Esto tiene repercusiones sobre la naturaleza y el nivel de cobertura que se da a los sindicatos en los medios de comunicación. Los valores fundamentales del movimiento sindical tienen un gran respaldo popular en la mayoría de los países. Debemos examinar distintos modos de dar una difusión mejor y más amplia a nuestro mensaje en los planos nacional e internacional. Internet y el correo electrónico ofrecen algunas posibilidades de abrir nuevos canales de comunicación y de participación. Esta es una de las razones del interés que tenemos por esta discusión sobre el siglo XXI.

El Director General plantea la cuestión de la cooperación con otros elementos de la sociedad. Las ONG están desempeñando un papel cada vez mayor en la sociedad civil, tanto en el plano nacional como internacional. Dentro del movimiento sindical se han llevado a cabo muchas discusiones sobre la experiencia que hemos tenido hasta la fecha trabajando conjuntamente con las ONG. En el plano internacional, en esta discusión han tenido una participación particular la CIOSL y los SPI. Las experiencias examinadas han sido muy variadas, algunas de ellas muy buenas, otras muy malas, algunas se refieren a períodos muy largos y otras a campañas muy cortas centradas en un solo tema. Lo que ha quedado claro en el curso de esta reflexión es que es difícil aplicar una política general relativa a la cooperación de los sindicatos con las ONG. Hay muchos tipos diferentes de ONG que a menudo tienen objetivos y métodos muy distintos. La mayoría de ellos son bastante diferentes a los de los sindicatos, debido a que las ONG no disponen de una base importante de miembros que pagan cotización y no tienen que conciliar una amplia gama de intereses dentro de sus estructuras democráticas. Sin embargo, ya no se trata de saber si hay que cooperar o no con las ONG sino determinar qué tipo de relaciones conviene mantener con ellas, y con cuáles de ellas, para abordar temas que van variando y que pueden fomentar los objetivos comunes.

Como indica el Director General en sus comentarios, los sindicatos son una institución única en el sentido de que cuentan con una base popular, con cierto de grado de poder económico y por ende, con el potencial para convertirse en actores en las esferas social, económica y política. Esta es quizás la razón por la cual los gobiernos, en particular los que carecen de un mandato político legítimo, se sienten amenazados por los sindicatos. Es este papel múltiple el que la CIOSL, junto con sus afiliados y sus interlocutores, en particular los SPI, están tratando de fortalecer en el plano internacional. Partiendo del legado histórico del movimiento sindical internacional acumulado en un siglo, estamos tratando de modelar estructuras que lleguen hasta el lugar de trabajo, hasta las juntas de dirección de las empresas y hasta las cumbres de los jefes de Estado y de gobierno. Algunos han propuesto que la solución de los problemas laborales en el plano internacional consiste en trabajar y actuar como las empresas multinacionales que tienen operaciones en todo el mundo. Pese a que esto suena bien superficialmente y a que sin duda hay cosas que podemos aprender de las empresas multinacionales, en particular en materia de comunicaciones y tecnología, esta solución pasa por alto la naturaleza fundamentalmente diferente de éstas y de los sindicatos. Las empresas son estructuras de mando en las cuales puede tomar decisiones un número limitado de personas, y en algunos casos una sola persona. Esto puede dar a las empresas ciertas ventajas para hacer cambios y modificar la reasignación de recursos con rapidez. Sin embargo, nunca será un modelo para un movimiento sindical democrático, el cual se construye a partir de la base. El reto que tenemos ante nosotros consiste en incrementar nuestra fuerza a partir de las ventajas que nos da nuestro número de miembros y nuestro talante democrático.

Una de las maneras de hacerlo es aumentando y ampliando el nivel de participación nacional de los miembros de las agrupaciones afiliadas al movimiento laboral internacional. Muchos SPI están creando redes que, en el marco de políticas concertadas democráticamente, facilitarán la participación de más miembros. En el caso de la Federación Internacional de los Trabajadores del Transporte (ITF), la movilización de la solidaridad, basada en una participación mayor y más efectiva de las agrupaciones nacionales afiliadas, constituyó el principal tema de examen de su último congreso, y este examen está llevando a la adopción de medidas concretas para aumentar la capacidad de los afiliados para participar eficazmente en el movimiento de solidaridad internacional.

En el plano internacional, se han desplegado ingentes esfuerzos para aumentar la capacidad de organización de los sindicatos en el plano nacional. La CIOSL y sus organizaciones regionales disponen de programas de este tipo, al igual que la mayoría de los SPI. Uno de los enfoques utilizados consiste en ampliar el margen de organización y de negociación que ofrecen los acuerdos marco entre los SPI y las multinacionales. También hay muchas otras oportunidades de utilizar su ascendiente a nivel mundial y la solidaridad sindical para apoyar la labor de organización e influir en el comportamiento de las empresas además de las labores de educación y de formación sobre el terreno. En este campo se podría contar con la cooperación tanto de las estructuras sectoriales como confederales. El hecho de compartir la información sobre los progresos y los enfoques utilizados en la organización también cumple una útil función internacional. Esto ya se está dando a iniciativa de las agrupaciones afiliadas a la CIOSL en Europa central y oriental.

Hay que prestar especial atención a la organización de las trabajadoras y garantizar que los sindicatos reflejen sus intereses y sus preocupaciones. Es necesario que las mujeres se afilien a los sindicatos para luchar por la igualdad y la justicia y superen el legado de una discriminación en el lugar de trabajo, con frecuencia muy arraigada. También es necesario que los sindicatos acojan a las mujeres entre sus miembros y alienten su plena participación en el proceso de toma de decisiones para aumentar su fuerza y vitalidad.

Juan Somavía menciona la cohesión social en su discurso principal como una importante contribución de los sindicatos. Hace bien en llamar la atención sobre una característica poco valorada de los sindicatos. Afiliarse a un sindicato es uno de los pocos medios con que cuentan los excluidos socialmente y los marginados para dar a conocer sus problemas. La solidaridad no es sólo un eslogan para los sindicatos, es el motor de su capacidad para adoptar medidas en nombre de sus miembros. Tiene una importancia especial en un mundo en el que las divisiones étnicas y de otro tipo constituyen una grave amenaza para la paz. Los sindicatos constituyen una de las pocas instituciones, y en algunos casos las únicas, que reúnen a diferentes grupos de personas que tal vez no se asociarían o trabajarían juntas en ningún otro lado. Uno de los muchos ejemplos posibles es el de Irlanda del Norte, en donde a todo lo largo de este siglo, los sindicatos han sido las únicas instituciones importantes que cuentan a la vez con miembros católicos y protestantes. Al concentrarse en el desarrollo de ese papel, incluido el fomento de la participación de las minorías y de las mujeres en los sindicatos y en la dirigencia, los sindicatos pueden fortalecerse, organizarse de manera más eficaz incluso entre los jóvenes, y ser una parte importante de las fuerzas que mantienen unidas a las sociedades. Del mismo modo, el movimiento sindical internacional es uno de los pocos foros en los que las personas que no pertenecen a las elites y que no son diplomáticos tienen la oportunidad de trabajar juntas y de comprender las preocupaciones y los intereses ajenos.

El Director General se refirió a los valores del sindicalismo. Los valores son constantes y fundamentales para nuestra propia existencia y supervivencia. No obedecen a los caprichos del mercado ni a la voluntad de los tiranos, públicos o privados. Su vigencia ha quedado demostrada y se ha afianzado en el campo de batalla. Responden y nutren esa chispa de solidaridad humana que tenemos en todos nosotros. Dudo que en este sentido el siglo XXI sea diferente al siglo XX. La gran diferencia es que tendremos que cambiar nuestras estructuras y métodos para obtener resultados tanto a nivel local como internacional.

Para concluir quisiera dar las gracias al Director General Juan Somavía por iniciar esta discusión mundial por Internet y por su estimulante discurso electrónico. También quisiera dar las gracias a los miembros de la Secretaría de la OIT por la labor que han realizado para llevar a cabo este experimento. Me complace poder aprovechar las posibilidades que ofrece este foro mundial informal, que ya cuenta con más de 600 participantes, en su mayoría del movimiento sindical y de círculos académicos, de poder llevar a cabo una discusión libre y abierta sobre el rumbo que debe tomar el movimiento en el próximo siglo. Estoy seguro de que todos aprenderemos de los demás y podremos aprovechar ideas que nos ayudarán a fortalecer el movimiento sindical libre internacional.

Gracias a todos por su participación.


Puesto al día por RS. Aprobada por AVJ. Ultima actualización: 14 de octubre de 1999.