Señor Secretario General,
Señoras y Señores Ministros,
Señoras y Señores:
Reciban la más cordial bienvenida a la OIT y al Foro Global del Empleo.
Cuando el Secretario General de las Naciones Unidas y el Profesor Stiglitz aceptaron nuestra invitación a participar en el Foro no sabíamos - claro está - que íbamos a acoger en nuestra casa a dos laureados del Premio Nobel. ¡Supongo que tampoco ellos lo imaginaban en ese momento! Pues bien, estamos encantados de tenerlos hoy entre nosotros. Todos en el sistema de las Naciones Unidas sentimos un gran orgullo por el homenaje y la alta distinción que este Premio conlleva para nuestro líder y nuestra Institución.
Nos encontramos reunidos en un momento en el que una precipitada sucesión de acontecimientos amenaza la seguridad y los medios de subsistencia de tanta gente y sus familias en todo el mundo.
Hoy, estamos sufriendo los efectos conjugados de los problemas no resueltos que se derivan de la pobreza persistente, la desigualdad y un proceso de globalización cuyos beneficios no llegan a todos los habitantes del planeta. Estas circunstancias se han visto agravadas por la aceleración de la fase recesiva en que entraron el año en curso todas las grandes economías y por el impacto multiforme de los escalofriantes sucesos del 11 de septiembre.
Estamos presenciando la primera recesión mundial sincronizada de la era de la globalización.
En la OIT, hemos estimado que la disminución del crecimiento mundial - que ya era, en lo esencial, evidente antes del 11 de septiembre - podría significar para 24 millones de personas la pérdida de su puesto de trabajo o una reducción de sus ingresos durante el próximo año. Valga señalar que se trata de previsiones muy moderadas.
En realidad, antes de producirse estos hechos, el mundo estaba confrontado ya a un enorme déficit de trabajo decente. A lo largo de los años noventa, el número global de desempleados pasó de 100 a 160 millones. En la actualidad, cerca de 1.000 millones de personas están ya sea desempleadas o subempleadas o se encuentran en la condición de trabajadores pobres. El 80 por ciento de la población en edad de trabajar no tiene acceso a una protección social básica.
Todo esto constituye una grave crisis de seguridad humana. Es el mal crónico de que padecen las sociedades en nuestra época. Aunque sus síntomas se han hecho más violentos desde el 11 de septiembre, dicho mal ya estaba alojado antes en el organismo social. Es demasiada la gente que tiene la impresión de haber perdido el control de su propio destino.
Pues bien, el propósito de este Foro es determinar lo que debemos hacer. Después de todo, el mayor riesgo para la seguridad, que afecta a las grandes mayorías en todas las latitudes, es el desempleo y sus secuelas de pobreza. Las cifras sobre el desempleo para el próximo año que he citado más arriba son simplemente previsiones. Si aplicamos las políticas más atinadas, podremos impedir que se conviertan en realidad. Tal es el objetivo del Programa de Trabajo Decente de la OIT y del Programa Global de Empleo que les proponemos ahora.
Los textos más históricos de la OIT nos recuerdan nuestros valores y pueden contribuir a orientar nuestras reflexiones hoy en día. Dichos textos fueron escritos tras terribles conflictos humanos, trágicas guerras de una magnitud sin precedentes.
En nuestra Constitución, de 1919, se afirma que la paz universal y permanente sólo puede basarse en la justicia social.
En la Declaración de Filadelfia, de 1944, se reconoce que la pobreza, en cualquier lugar, constituye un peligro para la prosperidad de todos.
Estas son verdades profundas, que la historia del siglo XX confirmó una y otra vez. Estas son también las aspiraciones que la humanidad plantea a sus dirigentes.
La gente está observando con espíritu muy crítico a quienes, ya sean gobernantes o empresarios, responsables políticos o dirigentes de la sociedad civil, tienen la capacidad de mejorar el mundo en que vivimos. A ellos se les pide que actúen con responsabilidad, que propongan soluciones viables, que pongan su autoridad al servicio del bien común.
Las organizaciones internacionales tenemos sólo una alternativa correcta: proponer una acción internacional coordinada. Una acción que tome en consideración las incertidumbres de la gente y que encuentre un buen equilibrio entre las metas económicas y sociales. La OIT basa su contribución en la experiencia no sólo de los gobiernos sino también de las organizaciones representativas de los trabajadores y los empleadores. Ellos son los actores de la economía real, a nivel de las empresas y en el lugar de trabajo. Ellos conocen muy bien los efectos que las decisiones macroeconómicas tienen en la vida de las familias. Por ende, su opinión y su participación son esenciales si queremos llegar a formular respuestas acertadas.
Primeramente, debemos rechazar resueltamente el aislacionismo y el proteccionismo como mecanismos de defensa contra la crisis.
La historia nos enseña adónde nos pueden conducir tales posturas. Las sociedades y las economías abiertas son cruciales para mejorar nuestro futuro común.
Como es lógico, el buen desarrollo de las negociaciones multilaterales cobra una gran importancia. Por ejemplo, en la reunión de Doha, y también posteriormente, cuando se discutan las cuestiones de la financiación del desarrollo, en Monterrey, y el desarrollo sostenible, en Johannesburgo.
Para empezar, el éxito de la reunión de Doha significa llegar a resultados que permitan ofrecer oportunidades reales y prácticas para los países en desarrollo, las familias de trabajadores y los desempleados, que hagan que el comercio actúe como motor de un crecimiento equitativo y de creación de trabajo decente, y que refuercen la seguridad humana en vez de socavarla. Todo estos objetivos son posibles, a condición de que haya reglas justas y buena voluntad.
Pero depender del comercio internacional en un contexto de recesión global no es suficiente. Cada país debe tratar de desarrollar sus mercados internos y su capital social, de acrecentar las capacidades empresariales de sus hombres y mujeres y de crear un entorno favorable en el que las pequeñas empresas puedan prosperar y generar un mayor consumo interno.
En segundo lugar, necesitamos un conjunto de medidas globales para estimular la economía mundial.
Muchos países desarrollados ya han iniciado una fase de expansión. Cuando han contado con los medios necesarios para ello, no se han visto penalizados por los mercados financieros. En verdad, son muchos los que disponen de esos medios. Algunos podrían lograr nuevos avances aplicando políticas monetarias menos restrictivas para hacer frente a la recesión. Esto es, por supuesto, indispensable para restablecer el crecimiento sostenible de la economía globalizada.
Hace falta un entorno propicio para que los países en desarrollo puedan emprender esta misma fase expansiva. Concretamente, necesitan tener acceso a la base de recursos financieros que les permita aplicar las distintas opciones de política expansionista necesarias en un período de recesión. Las medidas de alivio y de reajuste de la deuda, el aumento de la liquidez, la asistencia oficial para el desarrollo y otros flujos de recursos externos cumplen un papel significativo al respecto.
Este proceso implica resolver algunas cuestiones cruciales de gobernabilidad. Si los países en desarrollo las abordan correctamente, pueden poner en marcha un círculo virtuoso que promueva flujos mayores y sostenidos de inversiones privadas y públicas.
El mayor peligro sería aplicar políticas expansionistas en el Norte e imponer una mayor austeridad y un ajuste estructural restrictivo en el Sur.
En el actual contexto de recesión, no hay margen político para exigir que la mayoría de los países en desarrollo se aprieten más aún el cinturón. Estamos en un momento delicado. La aplicación de políticas inapropiadas pondría a millones de familias en situaciones por encima de su capacidad de resistencia. Estas políticas agravarían la pobreza y pondrían en peligro los fundamentos de la democracia.
Hay que evitar esos peligros, tanto por el propio interés de los países del Norte como por solidaridad con los habitantes del Sur.
Por esta razón, necesitamos aportar una respuesta productiva basada en la creación de empresas y de empleos en todo el mundo. Debemos desplegar toda nuestra imaginación para encontrar soluciones a la restricción del crédito que afecta a las empresas y a la reducción de los ingresos que perjudica a los trabajadores. Quienes han sido despedidos o viven en el abismo de la economía informal necesitan mecanismos de protección social y redes de seguridad apropiados. Estos constituyen el fundamento a partir del cual se podrá restablecer la confianza de los consumidores y de los inversionistas.
Tenemos la imperiosa responsabilidad de ocuparnos de los más pobres entre los pobres de todas las sociedades, y de atender las necesidades particulares de los países más duramente golpeados. Ha llegado el momento de comprometernos plenamente con la Nueva Iniciativa Africana.
Debemos incrementar la demanda sin comprometer las políticas macroeconómicas sólidas, en el contexto de las realidades de cada país. Como latinoamericano que ha vivido la pesadilla de la hiperinflación, conozco muy bien los efectos que ejerce sobre las sociedades y sé que se ensaña sobre todo con los más pobres.
En tercer lugar, debemos reconocer que la globalización sufre hoy de una crisis de legitimidad.
Es triste ver que el debate de las políticas sobre la globalización se haya visto bloqueado tan frecuentemente por polémicas. Sería interesante reflexionar sobre los resultados que podría arrojar un referéndum mundial sobre el actual modelo de globalización. Tal vez nos permitiría comprender mejor el sentimiento reprimido de impotencia que experimentan tantas familias en todo el mundo. Ello se encuentra en el centro de la cuestión de la legitimidad.
Las organizaciones internacionales tienen la responsabilidad de actuar con creatividad ante esta realidad. Los períodos de crisis nos brindan la oportunidad de pensar de manera distinta. Si esto significa que tenemos que salir de la jaula de nuestras ortodoxias, entonces hagámoslo. Debemos aprovechar al máximo la fuerza de nuestros distintos mandatos y la experiencia de nuestros mandantes.
En la OIT, hemos comenzado a desplegar esfuerzos para profundizar nuestra comprensión de la dimensión social de la globalización. He invitado a las secretarías de otras organizaciones a que cooperen en este empeño y deseo agradecerles la reacción tan positiva que han tenido.
Por consiguiente, espero que este Foro Global del Empleo genere ideas y compromisos para obrar juntos en una Alianza Global del sistema de las Naciones Unidas que ponga el trabajo decente en el centro de sus programas en materia de políticas. Y esto es posible. Muchos organismos de las Naciones Unidas, junto con el sector privado y la sociedad civil, han aunado fuerzas para afrontar los retos del empleo.
Alentar políticas para el empleo de los jóvenes y promover el Pacto Mundial, tal como lo mencionó el Secretario General; procurar que en los documentos de estrategia de lucha contra la pobreza (DELP) se destaque el papel del empleo; mejorar la empleabilidad mediante nuevos enfoques de la educación y la formación, y fomentar la oferta de más y mejores empleos para las mujeres son acciones ante las que tenemos oportunidades y responsabilidades compartidas.
Inmediatamente después del Foro y de la reunión del Consejo de Administración de la OIT, trasmitiré a las reuniones anuales del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, que se han de celebrar en Ottawa, el llamamiento a la acción que se formule en este Foro y en el Consejo de Administración.
El Programa Global de Empleo está en el centro del compromiso de la OIT de promover el trabajo decente para todos. Este Programa abarca no sólo el empleo, sino también los derechos fundamentales en el trabajo, la protección social y el diálogo social. Es un todo que presta a la gente una atención prioritaria dentro de la economía globalizada, ayuda a las mujeres y a los hombres a estar en pie de igualdad y le devuelve la infancia a muchos niños y niñas. Su aplicación supone que los beneficios se distribuyan adecuadamente en tiempos de prosperidad, y que se proteja a la gente en los períodos difíciles. Es un Programa que responde a los objetivos del Milenio de hacer nuestro mundo más justo, más seguro y mejor.
Señoras y señores, comparto la convicción del Secretario General de que la globalización o funciona para todos o no funcionará para nadie. El desempleo, la pobreza y la exclusión social son amenazas básicas para la seguridad humana.
El trabajo decente es una de las estrategias más importantes con que contamos para mejorar la seguridad humana, y sobre todo es un fundamento sostenible, a largo plazo, para la paz.
Muchas gracias.
Footnote
1. Para informarse sobre el Foro Global del Empleo le ruego mirar el sitio Web. (Back)