Soy un decidido defensor de la igualdad entre los sexos, no sólo por razones de principio (lo cual ya sería más que suficiente) sino también por razones pragmáticas. Toda mi experiencia, tanto en el mundo de la política como en la diplomacia, en la sociedad civil y en el ámbito académico, me ha permitido comprobar siempre que cuando las mujeres tienen la oportunidad de desempeñar una función importante, el resultado suele ser muy positivo. De modo que fomentar la igualdad de género no es sólo una cosa buena desde el punto de vista ético, sino también un acto inteligente.
Continuar atribuyendo recursos humanos y financieros al objetivo de conseguir la igualdad entre hombres y mujeres constituye un verdadero círculo virtuoso para la OIT. Las funciones y responsabilidades de género configuran todo el mundo del trabajo, y ello no sólo en relación con los hombres y las mujeres en sus empleos sino también en las relaciones que se establecen entre el trabajo y la vida. Las funciones de producción, de reproducción, de vida de familia y de vida comunitaria no pueden entenderse de manera adecuada sin utilizar una perspectiva de género. Ni tampoco se pueden establecer y consensuar adecuadamente los objetivos de las políticas si no nos ponemos de acuerdo en el equilibrio anhelado entre las funciones y las responsabilidades de género.
No me propongo abogar por el fomento de la igualdad de género en nuestra Organización. El caso no tiene vuelta de hoja y es imperioso. Está basado en principios morales y éticos. La respaldan consideraciones pragmáticas de rendimiento y resultados. Está incluido en las declaraciones de principios y en los programas de acción adoptados por la comunidad internacional en las conferencias mundiales que se han ido celebrando en el decenio de 1990, y muy especialmente en las de Viena, El Cairo, Beijing y Copenhague. Es importante poner de relieve que este consenso no queda circunscrito a un determinado sector de la población o a un grupo de países. Tanto los gobiernos como las organizaciones de los pueblos del mundo entero han suscrito estos programas de acción. Además de estar abiertos a la diversidad de características y necesidades regionales y nacionales, hemos de reconocer que se trata de un problema mundial, presente en todas las sociedades.
Es igualmente importante subrayar que toda política de género tiene que promover el mayor grado posible de competencia profesional en las mujeres y en los hombres. La igualdad de género no ha de aceptar componendas en la calidad; se trata más bien de que hagamos todo lo necesario para garantizar que exista la igualdad de oportunidades en un terreno de juego que sea igual para todos.
La OIT ha desempeñado un papel destacado en el progreso de la causa de la igualdad entre hombres y mujeres en el mundo del trabajo. Ha participado activamente en el mundo de las conferencias, poniendo de relieve la inmensa aportación que han llevado a cabo las mujeres como guardianas de la familia, como trabajadoras en el hogar y en el sector no estructurado, como una parte fundamental de la fuerza de trabajo rural, y como proporción cada vez mayor de los asalariados del sector moderno. Se olvida con demasiada frecuencia que uno de los datos estadísticos más mentado sobre las mujeres, que se cita en todo el mundo, procedió de la OIT, en 1975. Me estoy refiriendo a la declaración de que "mientras que las mujeres y las muchachas constituyen la mitad de la población del mundo y un tercio de la fuerza de trabajo oficialmente reconocida y llevan a cabo casi los dos tercios de las horas de trabajo, reciben sólo la décima parte de los ingresos mundiales y poseen menos de una centésima parte de las propiedades del mundo".
Así pues, es muy necesario que la OIT siga recurriendo a su aptitud para el saber, el servicio y el apoyo activo a fin de subrayar las desigualdades y las injusticias, mostrar el valor real de la aportación de las mujeres al sustento y al bienestar de la familia gracias al trabajo que realizan en el hogar, en el campo y en los sectores estructurado y no estructurado, promover normas y leyes encaminadas a la solución de los principales problemas de género, y reforzar su labor técnica y operativa.
La OIT tiene una verdadera trayectoria de logros en el terreno de los derechos de las mujeres. Hay un pleno reconocimiento del papel mundial que ha desempeñado la OIT en el establecimiento de normas dirigidas a crear unas condiciones de igualdad para las trabajadoras y los trabajadores. Me refiero en particular al Convenio núm. 100 sobre igualdad de remuneración, al Convenio núm. 111 sobre la discriminación, y al Convenio núm. 156 sobre los trabajadores con responsabilidades familiares. La OIT fue una de las primeras organizaciones especializadas de las Naciones Unidas en emprender investigaciones serias sobre las trabajadoras y su contribución a la economía. Ha hecho aportaciones conceptuales y empíricas importantes a nuestra comprensión de la función múltiple, pero poco reconocida, de la mujer en los más variados ámbitos de actividad. La labor al respecto ha redundado en libros de gran venta de la OIT.
Al tiempo que reconozco y alabo los muchos esfuerzos serios que se han realizado en los últimos años para ir poniendo las cuestiones de género entre las preocupaciones fundamentales de la OIT, tengo que comunicarles mi intención de acelerar el ritmo y de fortalecer el compromiso institucional con esta política. La OIT se ha ido quedando rezagada respecto a otras organizaciones internacionales en lo que atañe a diversos indicadores de la igualdad de género. En su calidad de Organización dedicada a la justicia social y al bienestar de los trabajadores, es preciso que la OIT esté en la vanguardia de los esfuerzos que las Naciones Unidas están llevando a cabo en este terreno. Por eso, me propongo atribuir una alta prioridad a conseguir que la OIT se cuente entre las organizaciones más progresivas en el ámbito de la igualdad de género.
Ya se ha hecho mucho dentro de la casa al examinarse la situación presente en relación con la incorporación de las cuestiones de género en los programas y actividades, al identificarse las principales limitaciones y obstáculos que impiden avanzar en este terreno, y al proponer una serie de medidas que pueden adoptarse para integrar las cuestiones de género en todas las actividades de la OIT. A ese respecto, desearía encomiar los impresionantes esfuerzos que han desplegado la Oficina de la Consejera Especial para Cuestiones Relativas a las Trabajadoras y sus colegas por establecer una serie de grupos de trabajo encargados de examinar todas las cuestiones de género y hacer recomendaciones concretas y específicas para que el género forme parte de todas las actividades o programas de la Organización. Los miembros de mi Equipo de Transición han tenido el privilegio de discutir con todos ellos sus conclusiones y recomendaciones preliminares. Espero con agrado recibir en breve su informe definitivo.
Lo que hemos de hacer a continuación es aprovechar la labor que ya se ha realizado, organizar una consulta adecuada sobre la cuestión y formular una estrategia coherente e integrada para la incorporación general de las cuestiones de género en la Organización. Dicho de otro modo, necesitamos un plan global de acción que contenga principios, metas y procedimientos de aplicación. Este plan tiene que ser audaz, pero también realista; tiene que dar lugar a un examen y una evaluación. Tengo la intención de asegurar la preparación de semejante plan de acción. Pero, para que tenga credibilidad y amplio apoyo, ha de estar fundado en consultas con los órganos rectores de la Organización, con los miembros de la Dirección y los administradores de los programas y con otros miembros del personal, tanto de la sede como de las oficinas regionales. La última circular sobre la promoción de la igualdad de oportunidades y de trato para las mujeres en la OIT se publicó en 1993. Ya va siendo hora no sólo de ponerla al día, sino también de poner las cuestiones de género en el centro de las actividades de la OIT. He dado un primer paso en esa dirección en las propuestas de Programa y Presupuesto para 2000-2001, donde he dejado dicho que el género y el desarrollo han de convertirse en cuestiones clave entrelazadas de los cuatro objetivos estratégicos que se proponen.
No puede haber cambios efectivos en una Organización si no existe un compromiso firme y sostenido en los niveles decisorios. Los esfuerzos encaminados a incorporar consideraciones de género en toda nuestra labor deben contar con el respaldo inequívoco del Consejo de Administración, de sus mandantes tripartitos -- tanto individual como colectivamente --, del Director General, del personal directivo superior y de los directores de programa.
Como Director General de la OIT, me comprometo a dar todo mi apoyo al fomento de la igualdad entre los hombres y las mujeres, y a conducir los esfuerzos encaminados a lograr un vigoroso consenso en torno a este objetivo en el seno de nuestra Organización. Ese compromiso tiene muchas consecuenciass, pero me limitaré a mencionar sólo algunas de ellas. En primer lugar, significa que la incorporación del género en la corriente dominante ha de convertirse en uno de los patrones con respecto al cual mediremos nuestros resultados. A su vez, esto significa que tendremos que concebir indicadores cualitativos y cuantitativos realistas para poder evaluar los progresos que realicemos. Por consiguiente, nuestros sistemas de control y de evaluación han de estar concebidos para cumplir también esa finalidad. Significa asimismo que habrá que celebrar discusiones periódicas sobre política en materia de género en los principales órganos rectores de la Organización, a saber, la Conferencia, el Consejo de Administración y el Equipo de Gestión. Además, significa que todos los directores de programa deberán asumir responsabilidades a este respecto y rendir cuentas sobre los resultados obtenidos. Habrá que incentivarlos adecuadamente para que den prioridad al logro de la integración del género en sus labores. Esto exigirá un análisis de las necesidades financieras que habrá que atender para avanzar.
La obtención de resultados óptimos exige que los esfuerzos de incorporación de las cuestiones de género en los programas y actividades de la OIT se lleven a cabo simultáneamente en varios frentes, de manera que sus efectos se conjuguen y refuercen entre sí. Permítanme señalar, en particular, algunas esferas en las que habrá que potenciar aún más las medidas ya puestas en práctica. En aras de la brevedad, las llamaré cuestiones de representación, de sustancia y de estructura institucional.
Con respecto a la representación, es importante que avancemos hacia un mejor equilibrio entre hombres y mujeres en los órganos decisorios y deliberativos de la Organización, así como en su Secretaría. Es un hecho que hay un déficit de participación de las mujeres en la Conferencia y en el Consejo de Administración. Pediré encarecidamente a los Estados Miembros y a las organizaciones de empleadores y de trabajadores que dediquen un empeño sistemático a lograr una mayor representación de mujeres calificadas y experimentadas en sus delegaciones a la Conferencia, el Consejo de Administración y las distintas comisiones tripartitas, seminarios y cursos de formación. Estoy convencido de que esto servirá no sólo para mejorar la calidad de nuestras deliberaciones, sino también para darles mayor pertinencia en cuanto atañe a las dificultades concretas que se plantean a los trabajadores y las empresas del mundo entero cuando abordan los múltiples problemas que relacionan la producción con la vida.
También nos queda mucho por hacer para alcanzar la igualdad entre funcionarias y funcionarios de la Secretaría. En 1980, las mujeres constituían el 15 por ciento del personal de los servicios orgánicos. Esta proporción se elevó al 23 por ciento en 1991, para situarse en la actualidad en cerca del 31 por ciento. A pesar de estos avances, la OIT se cuenta entre los organismos que presentan los peores resultados de todo el sistema de las Naciones Unidas. Esta situación debe ser corregida. La realidad es, por cierto, muchas veces peor en lo que atañe a los niveles de dirección: por ejemplo, a fines de 1997 había sólo un 10 por ciento de funcionarias de grado D2, un 14 por ciento de grado D1 y un 17 por ciento de grado P5. Estoy seguro de que ninguno de nosotros puede considerarse satisfecho con semejante estado de cosas. Quiero agradecer la labor del Grupo de Acción por la Igualdad y del Sindicato del Personal sobre esta y otras cuestiones.
No cabe duda de que el logro de un mejor equilibrio en cuanto al género en la categoría de servicios orgánicos, tanto en la sede como en las regiones, contribuirá de por sí y en una medida importante a incorporar las cuestiones de género en el trabajo de la OIT. Pero esto, considerado aisladamente, no será suficiente. Incorporar las consideraciones de género en las actividades técnicas de la OIT es una tarea difícil, que exigirá esfuerzos intensos y prolongados. Pero creo que si llevamos adelante este empeño, la incorporación plena de la igualdad entre hombres y mujeres en todos los aspectos de nuestra Organización será mucho más fácil. Ahora bien, ¿qué significa incorporar las cuestiones de género en nuestras actividades técnicas? Significa que la Organización tome en cuenta los problemas relativos a la igualdad entre hombres y mujeres cuando concibe sus actividades de investigación, de asesoramiento y de aplicación operativa. Significa que las facetas de género que hay en toda actividad sean estudiadas sistemáticamente. Significa, por ejemplo, que la OIT debe prestar atención a los aspectos de género que encuentre en su labor relativa al sector no estructurado, a las pequeñas y medianas empresas, al acopio de datos, a la seguridad social, al fomento de las organizaciones de trabajadores, a la formación profesional, a los programas de creación de empleo y a la proposición y evaluación de normas. La Oficina ya ha emprendido en estos campos varios programas que abordan con seriedad la problemática del género. El Programa internacional de más y mejores empleos para la mujer es sólo uno entre muchos de ellos.
Sé que no es fácil lograr la incorporación de las cuestiones de género en temas sustantivos. Pero sí existen muchos medios para avanzar en este terreno. Contamos, por ejemplo, con las sesiones de sensibilización sobre igualdad entre hombres y mujeres para todos los funcionarios, con la presencia en todos los departamentos técnicos y en los equipos multidisciplinarios de expertos en problemas de igualdad, con cursos especializados impartidos por eminentes especialistas en cuestiones de género y con el esfuerzo consciente de los miembros del personal para que, en todas las etapas de la preparación de un proyecto tengan presentes las consideraciones de género. Con el respaldo de una política que recompense esos esfuerzos y con el aliento de los directores de programa, podremos lograr grandes progresos en esta compleja materia.
Por último, quisiera referirme al tema de las disposiciones institucionales que han de sustentar nuestro empeño por incorporar las cuestiones de género en todos los niveles de la Organización. Tengo la intención de ascender en nuestro organigrama la unidad FEMMES, y de ponerla bajo mi autoridad directa. Considero también que necesitamos buscar nuevos medios para lograr que las preocupaciones sobre las cuestiones de género estén realmente presentes en la labor de los distintos departamentos, servicios, oficinas regionales, oficinas de zona y equipos multidisciplinarios. El actual sistema de puntos focales ha logrado bastantes resultados, pero tiene muchas deficiencias.
Sé muy bien que los cambios en este campo tropiezan con una oposición silenciosa, a veces inconsciente. La problemática de la desigualdad entre hombres y mujeres genera numerosos y profundos sentimientos de inquietud. Tengo plena conciencia de tales dificultades y me esforzaré por abordarlas de manera apropiada. No obstante, confío en que todos estaremos de acuerdo en que, a la larga, la existencia en la Oficina de un entorno que dé acogida favorable a las cuestiones de género es beneficiosa para la Institución.
En esta perspectiva, he respaldado la creación de una guardería infantil en la OIT. Estoy sinceramente convencido de que, al hacer que a la familia le resulten más acogedores los locales de la Oficina, tanto las mujeres como los hombres podremos poner empeño en nuestro trabajo sin sacrificar nuestra eficiencia, nuestras posibilidades de promoción o nuestra vida familiar. Esto no puede ser sino provechoso para todos. De ello no puede caber duda alguna.