Trabajadores domésticos

  1. ILO Global Action Programme on Migrant Domestic Workers

Al inicio de una crisis relacionada con la prestación de cuidados, habida cuenta del envejecimiento de la población y del incremento continuo de las tasas de participación laboral de las mujeres, las familias recurren con frecuencia a trabajadores domésticos para que cuiden de sus hogares, de sus hijos e hijas y de sus familiares de edad.

El trabajo doméstico se define como “el trabajo realizado en un hogar u hogares, o para los mismos” (Convenio sobre las trabajadoras y los trabajadores domésticos, 2011 (núm. 189)). Por consiguiente, el trabajo doméstico se define en función del lugar de trabajo, que es el hogar privado. En términos generales, los trabajadores domésticos prestan cuidados personales y cuidan del hogar. Las ocupaciones y tareas consideradas trabajo doméstico varían de un país a otro: cocinar, limpiar, cuidar de niños, personas de edad y personas con discapacidades, ocuparse del jardín o de mascotas, o conducir el automóvil familiar. Los trabajadores domésticos pueden trabajar a tiempo parcial, a tiempo completo o por horas, y pueden residir en el hogar para el que trabajan o fuera de él.

Con arreglo a esta definición, la OIT estima que existen al menos 67 millones de trabajadores domésticos mayores de 15 años de edad en todo el mundo, el 80 por ciento de los cuales son mujeres. Aproximadamente el 17 por ciento de los trabajadores domésticos son trabajadores migrantes. Históricamente y en muy diversos países, los trabajadores domésticos provenientes de grupos raciales o étnicos desfavorecidos han solido prestar servicios de cuidado para atender las necesidades de los hogares más prósperos.

En gran medida, gracias al trabajo realizado por los trabajadores domésticos, un número creciente de mujeres se ha incorporado al mercado de trabajo remunerado y ha derribado el techo de cristal que les impedía hacerlo hasta ahora. Cuando las mujeres realizan un trabajo remunerado fuera del hogar, deben reducir su tiempo de descanso y de ocio, solicitar ayuda a amigos o conocidos o a otros familiares o – si la familia o la mujer puede costearlo – pagar a otra persona para que preste los cuidados que normalmente recaerían en ella. Así pues, la contribución de los trabajadores domésticos al crecimiento económico es considerable, al permitir que aumenten las familias con dobles ingresos.

El trabajo doméstico también es una fuente importante de ingresos para las mujeres – el 14 por ciento de las mujeres asalariadas en América Latina y el 11 por ciento en Asia. Todas las estimaciones apuntan a que el sector está preparado para crecer: según las estimaciones de las Naciones Unidas, el porcentaje de personas de 60 años de edad o más se multiplicará por 1,8 de aquí a 2050 y por 2,3 para 2100, en comparación con 2015 (Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas, 2015). Al mismo tiempo, los hogares multigeneracionales son cada vez menos frecuentes, lo que significa que cada vez más personas de edad viven solas, o en instituciones, en los lugares en que éstas existen y son asequibles. Los estudios también han concluido que las personas prefieren recibir cuidados a domicilio que cuidados institucionales.

Pese a sus contribuciones a los hogares y las economías nacionales, el trabajo doméstico se sitúa en el extremo inferior de los trabajadores de la economía del cuidado, ya que las jornadas de trabajo son muy largas y los salarios muy bajos. Estas condiciones se derivan en parte de la exclusión de los trabajadores domésticos de los derechos laborales y sociales en muchos países, lo que legitima efectivamente la discriminación de un grupo de trabajadores dominada por las mujeres. Aun en los casos en que están cubiertos por la legislación, los trabajadores domésticos se enfrentan a graves déficits de trabajo decente debido a los altos niveles de incumplimiento, fomentados en parte por los altos niveles de informalidad, la situación migratoria y el bajo nivel de organización colectiva. En particular, los proveedores de cuidados de larga duración trabajan durante jornadas extremadamente largas a cambio de un salario muy bajo. El impacto en su salud y bienestar está claro, pero a menudo no está reconocido en la legislación y la política. Esta situación de desigualdad refleja y perpetúa la percepción social profundamente arraigada de que el trabajo de cuidados no remunerado que realizan las mujeres para sus familias apenas tiene valor para las economías y las sociedades.

En los hogares, los trabajadores, los empleadores y los beneficiarios de los cuidados se enfrentan a desafíos debido a la falta de políticas integrales y de directrices claras. Los empleadores contratan a cuidadores de larga duración para atender diversas necesidades, que abarcan desde el apoyo ligero y la compañía hasta la supervisión médica regular. Si bien estas necesidades algunas veces son atendidas por personal de atención de salud en el hogar, financiados con fondos públicos, a falta de dichas políticas, muchos hogares recurren a los trabajadores de la economía informal porque es más fácil y menos costoso. Como consecuencia, la OIT estima que aproximadamente 50 millones de trabajadores domésticos trabajan en la economía informal, en la que existe una concentración de déficits de trabajo decente.

La prestación de cuidados de calidad va unida a la garantía de unas condiciones de trabajo decentes. Al garantizar trabajo decente a los trabajadores domésticos se establece el principio de que éstos, al igual que cualquier otro trabajador, tienen derecho a un conjunto mínimo de protecciones de acuerdo con la legislación laboral. El mero hecho de regular el trabajo doméstico es un reconocimiento de la importante contribución social y económica de la prestación de cuidados. A su vez, al garantizar unas condiciones de trabajo decentes a los trabajadores domésticos se contribuirá a reducir la desigualdad de género en el trabajo y a mejorar al mismo tiempo la calidad de los cuidados recibidos por los hogares.