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Nada que ver con lo habitual: Cómo la COVID-19 puso de manifiesto el futuro del trabajo

Millones de personas del mundo han estado trabajando a distancia debido a la pandemia de la COVID-19. ¿Podría ser este “nada que ver con lo habitual” el futuro del trabajo?

Opinión | 22 de junio de 2020
Susan Hayter, Consejera Técnica Superior de la OIT sobre el futuro del trabajo
Antes de la pandemia, ya había un debate en curso sobre las consecuencias de las tecnologías en el futuro del trabajo. El mensaje de la Declaración del centenario de la OIT para el futuro del trabajo, adoptada en junio de 2019, es claro: el futuro del trabajo no está predeterminado; perfilarlo depende de nosotros.

Ese futuro se adelantó a lo previsto, pues muchos países, empresas y trabajadores tuvieron que pasarse al teletrabajo a fin de contener la propagación de la COVID-19, cambiando drásticamente la forma habitual de trabajar. Las reuniones virtuales remotas son ahora frecuentes, y la actividad económica en una serie de plataformas digitales ha aumentado.

A medida que van levantándose las restricciones, una pregunta que todo el mundo se plantea es si el “nada que ver con lo habitual” se convertirá en la “nueva normalidad”.

Unas pocas grandes empresas de las economías desarrolladas ya han señalado que lo que fuera un proyecto piloto imprevisto y prolongado –el trabajo a distancia, el trabajo desde el domicilio y el teletrabajo– pasará a ser la forma estándar de organizar el trabajo. Los empleados no necesitan desplazarse hasta el trabajo, a menos que opten por hacerlo.

Puede que esto sea motivo de celebración para la gente y para el planeta. Sin embargo, la idea de un punto y final para “La Oficina” es decididamente pretenciosa. La OIT estima que en los países de ingreso alto el 27 por ciento de los trabajadores podría trabajar de modo remoto desde el domicilio; trabajan en el tipo de trabajo que lo permite y tienen acceso a la tecnología y a la infraestructura de las telecomunicaciones que lo hacen posible. Esto no significa que efectivamente lo harán.

En el momento en que los países van levantando las restricciones, ¿hay un modo de cosechar los beneficios de esta experiencia –para los empleadores y los trabajadores– sin perder el valor económico y social del trabajo como lugar físico? ¿Cómo podemos plasmar nuestra experiencia en el proceso de adaptación al futuro cercano?

El trabajo remoto tiene ventajas e inconvenientes.

© ian munroe
El giro hacia el trabajo remoto provocado por la pandemia permitió a muchas empresas seguir funcionando sin poner en peligro inmediato la salud y seguridad de sus empleados. Confirmó lo que algunos estudios ya habían comprobado: que en un marco de circunstancias adecuado –un despacho doméstico habilitado, acceso a herramientas de colaboración, y una rutina de trabajo predecible– el trabajo a distancia puede ser igual de productivo.

Quienes pudieron asumir la transición al teletrabajo durante la crisis sanitaria tuvieron la posibilidad de sentarse a la mesa cada día con la familia. Así, el trabajo pasó inmediatamente a estar centrado en las personas; pero hubo que combinarlo con la enseñanza escolar desde casa y al cuidado infantil y de los ancianos.

Sí, estas personas han visto desdibujarse los límites entre el tiempo laboral y el tiempo para los propios asuntos, y ello ha aumentado el estrés y ha planteado riesgos para la salud mental. Para muchas personas, el giro hacia el trabajo remoto durante la crisis sanitaria intensificó la sensación de aislamiento, de pérdida de identidad y de determinación. Independientemente de la ropa que nos pongamos para entrar en ellas, las salas virtuales no pueden sustituir el valor social del trabajo y la dignidad y el sentido de pertenencia que nos proporciona.

Ante la inminencia de una crisis económica y del aumento de las tasas de desempleo, surge la ocasión de celebrar consultas sobre la mejor forma de aprovechar las adaptaciones necesarias para ahorrar en los costos, mejorar la productividad y preservar puestos de trabajo. Ello podría suponer semanas laborales más reducidas o fórmulas de repartición del trabajo, para evitar suspensiones en tiempos difíciles. En aras del debido equilibrio, las nuevas medidas deberán negociarse con los representantes de sindicatos, allí donde los haya.

La transformación digital del trabajo y la posibilidad de trabajar a distancia plantea además nuevas posibilidades de inclusión. Los trabajadores mayores y con más experiencia pueden hacer prolongar su vida laboral en las cláusulas contractuales. Quienes vivan en comunidades rurales o fuera de zonas metropolitanas tal vez accedan a oportunidades de trabajo, reduciéndose así la polarización de los ingresos determinada por la situación geográfica.

Al mismo tiempo, la experiencia reciente de teletrabajo ha revelado profundas fisuras. Quienes están en la franja de ingresos altos tal vez elijan entre seguir trabajando a distancia en el futuro, pero los del otro extremo no tendrán elección, tendrán que desplazarse y es más probable que les falte tiempo.

Debemos ser conscientes de que, históricamente, las crisis económicas, las pandemias y las guerras han agudizado la desigualdad.

La cuestión es si esta vez se tratará de un movimiento tectónico que provoque un aumento de la inestabilidad política y social, o una crisis que nos motive para consolidar los cimientos de sociedades justas y los principios de solidaridad y toma de decisiones democrática que impulse a las sociedades, a los mercados de trabajo y a los lugares de trabajo en la dirección de la igualdad.

Por Susan Hayter, Consejera Técnica Superior de la OIT sobre el futuro del trabajo



La OIT está organizando una Cumbre Mundial de alto nivel, virtual, sobre la COVID-19 y el mundo del trabajo, para examinar el impacto de la COVID-19, la respuesta del mundo del trabajo y cómo construir un mejor futuro laboral. Los eventos regionales tendrán lugar los días 1 y 2 de julio, seguidos de tres días de debates mundiales, del 7 al 9 de julio.